El ADN
es infalible. No hay dos personas en el mundo que posean la misma
identidad genética, a no ser que esas dos personas fuesen
gemelos univitelinos.
Ante
tan asombrosa efectividad, escritores como George Simenon, Agatha
Cristhie, Chesterton, Edgar Alan Poe o incluso el mismísimo Arthur Conan Doyle, se hubiesen rendido a los pies de este fenomenal
investigador -el ADN- y hubieran repudiado sin ningún género
de dudas a los personajes que en su día crearon como paradigma
del ideal detectivesco.
Imaginemos
la entusiástica admiración que hubiera provocado
el conocimiento del ADN en estas mentes preclaras de la literatura
universal.¡Qué ridículas les hubieran parecido
las grandes, las geniales deducciones de sus personajes! Nadie
hablaría en la actualidad de investigadores tan acreditados
y famosos como Sherlock Holmes, Hercules Poirot, el padre Brown
o el obeso y parsimonioso inspector Maigret.
El
ADN es infalible. No hay dos personas en el mundo que posean
la misma identidad genética, a no ser que...
Serían
considerados poco menos que unos vacíos charlatanes de
feria sin un fondo sólido en sus apreciaciones. Hoy en
día, todo podría ser más sencillo. Bastaría
con apoderarse de una pequeña partícula orgánica,
correr tras el ADN contenido en todas y cada una de sus células y escribir en un cuaderno a su dictado: varón, uno ochenta,
ojos azules, piel blanca... ¿Qué más, qué
más?. Y el ADN iría, así, gritando toda una
serie de datos esenciales en la resolución del caso.
Lo que hemos
contado no son elucubraciones. Son hechos reales que se producen
en todo el mundo. Hoy en día no existe ningún cuerpo
de policía, ningún estado civilizado y moderno que
desprecie el ADN como el procedimiento más efectivo y valioso
dentro de sus investigaciones y de su praxis genética forense.
Pongamos
como ejemplo las actuaciones de exculpación llevadas a
cabo por la Asociación Innocence Project de Estados Unidos.
Mediante pruebas analíticas de ADN se demostró de
manera fehaciente que 95 personas se hallaban encarceladas cuando
eran totalmente inocentes y merecían estar en libertad.
Otro caso
-espectacular y bochornoso porque A. B. Butler ya había
cumplido 16 años de privación de libertad de un
total de 99 años impuestos- saltó a la opinión
pública internacional cuando se realizaron pruebas de ADN
a Butler y a los restos de semen que la policía le atribuía
a él y que pertenecían al raptor y violador de una
joven. Se constató, sin ningún tipo de dudas, que
ambos ADN no coincidían y que por lo tanto la sociedad
había mantenido entre rejas a un inocente y lo había
inculpado de unos actos execrables que, evidentemente, jamás
cometió. Y no estamos hablando del siglo XIX. Estos hechos
ocurrieron tan sólo veinte años atrás.
El F.B.I.,
basándose en pruebas de ADN que comparó con su banco
de datos de perfiles genéticos, creado en 1989, solicitó
la excarcelación de 54 presos a los que consideraba injustamente
culpabilizados.
Actualmente,
la sociedad española se halla convulsionada por una tremenda
duda. La policía inglesa alertó a las autoridades
españolas respecto a la peligrosidad que suponía
para las mujeres un individuo como Alexander King. Éste
situó su residencia en la Costa del Sol malacitana. Por
propia inculpación suya tras ser arrestado, se sabe que
el británico asesinó en Mijas a Rocío Vanninkhof,
abandonando en el lugar del crimen una colilla con restos de saliva.
Averiguado el ADN del individuo que arrojó esa colilla,
¿qué otras agresiones y crimenes se hubieran evitado
de contar la policía con el referente genético de
King? ¿Estaría viva en estos momentos su segunda
víctima, Sonia Carabantes, entre cuyas uñas quedaron
evidencias de un ADN idéntico al hallado en la colilla
del primer asesinato?
Consciente
de todo este tipo de ventajas, el Consejo de Ministros de la Unión
Europea promulgó una resolución, en junio de 1997,
en la que alentaba a la creación de bancos genéticos
en todos los estados miembros como una forma eficaz de combatir
los actos delictivos cometidos en Europa. Hoy en día, se
aplica la identificación por ADN en nuestro continente
para tratar de resolver no menos de 25.000 asesinatos.
Pero si en
el terreno de la inculpación o exculpación de determinadas
personas el ADN es un auxiliar de primerísimo orden, donde
está tomando un auge inusitado es en la identificación
de cadáveres no sólo recientes, sino de cualquier
otra época histórica. Conviene conocer que el ADN
es hereditario y que permanece estable más allá
de la muerte, con lo que es posible conocer detalles y factores
conformantes de personalidad a partir de una pequeña parte
de restos orgánicos.
En
España desaparecen anualmente, sin llegar luego a
encontrarse, más de 2.000 personas.
En
este campo, valoremos su importancia para los familiares de víctimas
en dictaduras tan crueles y sanguinarias como la argentina o la
que lideró Augusto Pinochet, en Chile. Determinar la identidad
de personas enterradas de cualquier manera en fosas comunes, sin
ningún tipo de señal identificativa, hubiera resultado
imposible sin la participación de inspectores biólogos
o químicos extrayendo los respectivos ADN y comparándolos
luego con los de algún familiar directo. Sólo de
esta manera se pudieron, posteriormente, dar sepulturas individuales
dignas en las que figuraba con absoluta certeza el nombre y los
apellidos del enterrado.
En España
se hallan debidamente registrados y en disposición de ser
comparados los perfiles genéticos de una serie de personas
desaparecidas en extrañas circunstancias y no halladas
hasta la fecha. Recuérdese el caso, en 1986, de Juan Pedro
Rodríguez Martínez, un niño de diez años.
Viajaba con sus padres en la cabina de un camión. Cruzaban
el Puerto de Somosierra. Veinte mil litros de ácido sulfúrico
les acompañaban. Se produce un accidente a consecuencia
del cual mueren los dos adultos. Del niño nunca más
se supo.
También
ha quedado grabado en la memoria de los españoles el caso
de David Guerrero Guevara, conocido como "el niño
pintor" porque a sus trece años ya había elaborado
una producción pictórica digna de exponerse y de
causar general admiración. Corría el mes de abril
de 1987 cuando desapareció tras salir de su domicilio.
Nadie ha dado cuenta de él hasta la fecha.
¿Y
quién no recuerda a Gloria Martínez Ruiz? La joven
desapareció en 1992 de una clínica privada para
enfermos mentales de la provincia de Alicante, sin dejar el más
mínimo rastro tras de sí.
La lista
podría extenderse casi ilimitadamente poque sólo
en España desaparecen anualmente, sin llegar luego a encontrarse,
más de 2.000 personas. Su localización -lenta y
dolorosa localización- en muchos casos sólo puede
lograrse con ayuda del ADN.
Piénsese, asimismo, en los genocidios perpetrados por el
terrorismo internacional. Los medios que utiliza en sus desesperadas
acciones, frecuentemente dan como resultado cuerpos fragmentados
y diseminados en una macabra mezcla en la que ni el espíritu
más sereno y preparado hallaría la manera de aplicarse
en tareas de reconocimiento contrastadas al cien por cien. En
estos casos, también el ADN le devuelve a cada víctima
su individualidad perdida y contribuye a paliar, en lo posible,
el dolor lacerante de los familiares y de los amigos que pueden
recoger sus restos y ofrecerles un último adiós.
Gracias al ADN las sombras -tristes y repugnantes sombras- del 11-S neoyorquino y del 11-M madrileño son un poco menos
alargadas de lo que se propusieron los terroristas que diseñaron
la muerte para tantos seres humanos.