El
enigmático mundo de las sirenas ::
Orfeo, el hombre que pudo vencerlas ::
Cuenta
la leyenda helénica que las Sirenas también sufrieron
la vergüenza de verse burladas por otro hombre que no fuera
Ulises: el divino Orfeo, el de la voz cálida, dulce y sedosa.
Atravesaban
los Argonautas sobre nave cóncava las inmediaciones de
los islotes ocupados por las Sirenas, esos seres tan cautivadores
y a la vez tan despiadados. Los valientes navegantes, capaces
de enfrentarse a todo tipo de peligros, victoriosos en innúmeras
hazañas, se hallaban a un paso de sucumbir. Y tal vez de
la manera más irremediable y frente a la cual de nada valen
la pica de alargada punta ni la espada de afilado borde: la seducción,
el hechizo, el encantamiento.
La nave surca
las onduladas aguas. De pronto se detiene el flujo de Céfiro.
Las velas caen desmayadas sobre el enhiesto mástil. Una
niebla cálida envuelve el cielo, las aguas, la nave y a
los hombres. Éstos se miran desconcertados. Y atravesando
la espesa tela de la atmósfera, llega el canto de las Sirenas.
¡El canto de las Sirenas! Es irresistiblemente seductor.
Es inmensamente tierno. Los hombres lloran como niños.
Se miran a los ojos entre sí y no se reconocen. Sólo
buscan a las autoras de aquellos cantos. Las buscan desesperadamente.
Al fin, lo comprenden: la llamada viene del mar; las voces emergen
de las profundidades de la masa acuosa. A esas alturas, la locura
ya ha hecho presa de sus cerebros. Como locos, andan de un costado
al otro de la embarcación como quien busca tomar impulso
antes de saltar por la borda.
Las
escarpadas sierras, los profundos precipicios, los desiertos
ilimitados que tienen que atravesar en su camino de regreso
no son nada para unos corazones movidos por el amor.
Pero
cuando la locura colectiva ya parece irrefrenable, comparece la
voz de uno de los marineros. Su voz es dulce y sedosa como la
de un dios. Entona una canción sumamente cálida,
íntimamente hermosa. Es Orfeo, uno de los Argonautas, que
blande una lira para acompañar sus versos. Por unos momentos,
las voces de las Sirenas y la de quien se dice hijo de Apolo se
unen en un solo himno de sobrenatural belleza. Los oídos
humanos no han sido creados para albergar sones que ni los mismos
dioses hubiéranse creído dignos de oír. Muchos
de los Argonautas, no pudiendo soportarlo, caen desmayados en
cubierta. El resto, van librándose del encantamiento y
de la seducción de las Sirenas, y se aproximan embelesados
junto a Orfeo. Su voz es aún más hermosa que la
que poseen las Sirenas y produce un hechizo más intenso.
A su lado permanecen mansos y obedientes, como el cordero junto
al pastor en una tarde en la que el aullido del lobo se expande
amenazador por la pradera.
Así
fue como Orfeo, el hombre con voz de dios, venció a las
Sirenas, impidiéndoles que devorasen ni a uno solo de sus
compañeros. Los rescató del hechizo de los seres
más irresistiblemente seductores que pueblan esos mundos
donde mora el misterio y donde la fantasía anda envuelta
en velos multicolores; aunque tras esa policromía envolvente
se encuentren los negros arapos de la mismísima muerte.
La fortuna
que tiene Orfeo en el suceso de las Sirenas no es la misma que
le acompaña cuando trata de recuperar a su esposa Eurídice,
rescatándola del reino de Hades. Éste gobierna en
los Infiernos y hasta allí se ha precipitado Eurídice
tras la mordedura mortal de una serpiente. Orfeo cree morir de
dolor. Ama apasionadamente a su joven esposa y no se resigna a
vivir sin ella. De su voz ya no fluyen esos cantos que hacen las
delicias de los dioses y de los hombres. Su lira yace olvidada
en un rincón. El mundo se torna triste. A Orfeo sólo
lo anima un deseo: recuperar a Eurídice, gozar de la miel
de sus labios y de su mirada sedosa.
Dispuesto
a terminar con la tristeza que invade todo lo creado, Zeus transgrede
las normas más sacrosantas y le permite realizar un viaje
al reino de Hades sin que para ello la muerte tenga que cerrarle
antes los ojos. Orfeo se muestra exultante. La alegría
le embarga. Volverá a ver a su mujer y regresará
con ella al mundo de los vivos o se quedará junto a ella
en los Infiernos.
Orfeo
realiza el viaje en compañía de su lira. Su voz
vuelve a llenar los aires. Su corazón destila de nuevo
esas canciones que seducen y que encantan, que emocionan y que
embelesan. Todos los seres que lo oyen sucumben a su hechizo.
Los pájaros envidian su canto. Los árboles y las
plantan agitan su follaje y embellecen sus colores. Los hombres
y las mujeres rebosan de placer y la felicidad se instala en sus
pechos. Sólo Caronte, el temible barquero del lago Estigia,
único lugar por el que se accede a los Infiernos, permanece
imperturbable. Se niega a que pise su barca un ser vivo. El mandato
de los dioses es demasiado severo para que Caronte se atreva a
transgredirlo. Sólo los muertos pueden realizar el viaje
en su vetusta y desgastada barca.
Ni
siquiera el permiso de Zeus que trae Orfeo resulta suficiente
para que Caronte modifique su determinación. El joven enamorado
se siente inerme. Si hubiera tenido una espada habría luchado
o se habría dado muerte a sí mismo para vencer la
obstinada resolución de aquel anciano tan severo. Pero
en las manos sólo tenía su lira. Presa de la desesperación,
sintiéndose roto por dentro, Orfeo entona la canción
más emotiva de su vida. Las aguas del lago Estigia, frecuentemente
tan negras y turbulentas, amansan su curso, aclaran su rostro
y semejan el plácido torso de un cielo sin nubes. El rostro
de Caronte se reblandece, sus ojos pierden el fuego que tanto
pavor infunden y se vuelven tiernos como los de un corderillo.
Incluso una lágrima resbala desde su interior y atraviesa
la tórrida piel de su cara, confiriéndole por unos
instantes un tenue y leve aire de bondad.
La
desdichada Eurídice regresa al mundo de los muertos,
sin que los brazos tendidos de Orfeo puedan remediarlo. Éste
ya no encontrará consuelo hasta el día en que
viaje de nuevo al Hades, esta vez para quedarse eternamente
tras una trágica y cruel muerte.
Es
así como Orfeo logra trasponer el lago Estigia y entrar
en el reino del temible Hades.El
aspecto de éste es todavía más terrible que
el del viejo Caronte. A su lado se halla la imponente figura de
Perséfone, su esposa. Ésta es, si cabe, más
dura e inquebrantable que su regio compañero. Miran con
desconfianza al primer ser vivo que holla sus dominios. Un hecho
tan insólito los tiene confundidos y acrecienta su desconfianza.
Pero al igual
que el hielo se funde ante la proximidad del fuego, el corazón
y el semblante de los dos terroríficos soberanos de los
Infiernos modifican su gesto cuando el divino Orfeo entona sus
canciones. Él sabe que su amada se halla en aquellos reinos
y que a sus oídos pueden llegarle las tonalidades de su
voz. Por ello, ésta vibra con una emoción cálida,
tierna y amorosa que conturba a todo el que la oye. Hades se emociona.
Perséfone se sorprende ante la trémula reacción
que experimenta su propia alma. Los Infiernos, en su más
completa plenitud, se alteran y por unos instantes se asemejan
al mundo de los seres vivos, lugar en donde luce el sol, brillan
los ojos ambarinos de las estrellas y refulge el verde claro de
los vegetales. Ante la seducción en la que caen, Hades
y Perséfone le otorgan a Orfeo el deseo que éste
expresa: llevarse al mundo de los vivos a su esposa Eurídice.
Antes de emprender el regreso, Hades le impone una condición
a Orfeo: "Mientras permanezcáis en el reino de los
Infiernos", le dice el imponente soberano, "no podrás
mirar a tu esposa. Sólo cuando el sol moje vuestra piel
podrás volver tu cabeza y contemplarla". Orfeo acepta
esa condición que le parece fácil de cumplir. La
dicha de los años venideros justifican este pequeño
sacrificio.
Orfeo y Eurídice
inician el camino de regreso. Las escarpadas sierras, los profundos
precipicios, los desiertos ilimitados que tienen que atravesar
en su camino de regreso no son nada para unos corazones movidos
por el amor. La penumbra los envuelve, el silencio y la soledad
los acompaña. Uno y otro caminan hacia el mundo de la belleza.
Orfeo va siempre delante. Permanece callado. No quiere que la
voz de su amada lo obligue a volverse. No quiere que su propia
voz la haga enloquecer de deseo a ella. Es necesario el silencio
y caminar sin descanso.
Al cabo de un tiempo, que Hades no permite que se mida como en
nuestro mundo, la pareja vislumbra una luz. Esa luz es la voz
del sol que los llama, que les indica el camino que han de seguir.
La vida les aguarda a un tiro de piedra. Los Infiernos quedan
atrás como un eco sordo, como un mal recuerdo que se desvanece
al contacto con aquella luz. Ya quedan unos pocos pasos que dar.
Un airecillo fresco se cuela por algún lugar y envuelve
sus rostros, animándolos a proseguir. Sobre la piel de
Orfeo se derrama un haz de luz solar. Levanta sus ojos y contempla
la cara azul de los cielos. Ya se halla en el reino de los seres
vivos. Entonces prorrumpe en el grito de los vencedores, en el
alarido de los hombres libres. Pletórico de confianza en
sí mismo, creyendo cumplida la misión, gira su cabeza
con el ferviente deseo de contemplar a su mujer, sin percatarse
de que ésta aún se halla unos pasos en el interior
de los Infiernos. Y entonces se produce la hecatombe. El sueño
largamente acariciado se desvanece. La desdichada Eurídice
regresa al mundo de los muertos, sin que los brazos tendidos de
Orfeo puedan remediarlo. Éste ya no encontrará consuelo
hasta el día en que viaje de nuevo al Hades, esta vez para
quedarse eternamente tras una trágica y cruel muerte.