Seres y lugares misteriosos

Vida extraterrestre
:: Una hipótesis ::

Un cielo negro. Lejano. Miles de estrellas remotas curiosean en el espacio infinito. Presidiéndolas, fulge la luna. Es oronda y un tanto clueca. Quien haya podido visitarnos desde el exterior, ha tenido que pasar frente a los ojos de tantas luces abiertas. Muy en el fondo nuestro sabemos que en el pozo blanco de sus caras esconden secretos jamás confesados.

 
¿Alguien ha entrado en nuestra pequeña bola azul, sin previo aviso, aprovechando el sueño profundo y eterno de los seres humanos?

Si la luna o las estrellas hablaran podríamos salir de muchas dudas y cerrar muchos capítulos de discordias entre los hombres. ¿Alguien ha entrado en nuestra pequeña bola azul, sin previo aviso, aprovechando el sueño profundo y eterno de los seres humanos? ¿O rodamos solos, fríamente solos, en torno a un gran fuego y siguiendo un camino que tal vez desemboque en la Nada?

Las respuestas a tales preguntas flotan lejos de nosotros; al menos, de la gran mayoría. El testimonio que nos ofrecen unos pocos suena a fantasía, a cuento oriental, a extravío de la mente. No obstante, deja abiertas las puertas a la posibilidad de no hallarnos solos en algo tan pavorosamente grande como es el Universo. La soledad absoluta se parecería demasiado a la muerte y contra ella se debate con furia el género al que pertenecemos, el de los seres vivos.

Desde la más remota antigüedad el hombre ha creído que otros seres nos han visitado tras atravesar largos senderos espaciales. Muchos de esos testimonios han sido recogidos en libros sagrados de innumerables religiones, y predicadores sesudamente formados nos hablan de ellos sin que les tiemble la voz y sin que se les desarregle la compostura. Millones de fieles de esas religiones creen ciegamente en la existencia de dichos seres extra-terrenales, e incluso piensan con absoluta fe que seguirán influyendo en todos los seres humanos, más allá de su muerte.

Por lo común, los oriundos de otros planetas poseen unos dones que los hacen superiores a los habitantes de La Tierra y ante los ojos de éstos aparecen como dioses o como enviados de ellos. Se divulgan sus gestas, se festejan sus triunfos, se les ofrece ofrendas y sacrificios y, en suma, se les enaltece y se les aúpa a unos altares diseminados por todo el mundo.

Esta creencia está perfectamente asimilada por una parte de la sociedad; y el cuerpo doctrinal que la compone, e incluso la liturgia que la reviste, adquieren la categoría de sagradas.

¿Por qué hay, pues, testimonios a los que concedemos un valor sacro, y sobre el que no admitimos bromas, y otros a los que rechazamos de...  

Sin embargo, hay testimonios, referidos también a hechos extramundanos, que inmediatamente son condenados al rincón de los desperdicios; lugar en donde se les descalifica, se les denosta y se les desautoriza sin contemplaciones. Veamos un caso. Lugar: SE de México, en el cielo de El Campeche. Vuela el escuadrón 501. Pertenece a las fuerzas del aire mexicanas. Son las 17:00 horas del 5 de marzo del año 2004. Misión: controlar el espacio aéreo del país, especialmente para detectar posibles movimientos de drogas. Son aviones dotados con cámaras especiales de rayos infrarrojos que horadan la oscuridad. La proximidad de la noche no puede representar, pues, ningún inconveniente. De pronto, esas cámaras registran 16 formas circulares desconocidas, no identificadas. Brillan como si el fuego las circundara. Los pilotos tienen la orden de controlar cualquier movimiento en aquellas alturas. Deciden acercarse lo más posible a esos cuerpos luminosos. Puede tratarse de avionetas dotadas de potentes focos. Se mueven a una velocidad -180 Km./h- totalmente accesible para los aviones militares. Pero, sorprendentemente, esos objetos desconocidos incrementan su velocidad a más de 540 Km./h y se separan de sus perseguidores. Desaparecen por la lejanía en unos segundos. Los pilotos mexicanos quedan sorprendidos y profundamente impresionados. Esta pasmosa situación se agrava cuando, pasados unos momentos, ven como esos platos incandescentes se les aproximan desde la lejanía. Vienen en formación. Constituyen una verdadera patrulla, perfectamente alineada. Los militares mexicanos enfilan sus aviones hacia las bases de aterrizaje. Temen lo peor. La persecución a la que son sometidos dura unos minutos. Afortunadamente, no se produce ningún ataque. No hay bajas ni intercambio de disparos. Únicamente perdura el testimonio de los miembros del escuadrón que están seguros de la autenticidad de lo que han visto. Ninguno de ellos se quedó dormido mientras pilotaba su avión ni ninguno de ellos doblegó su raciocinio a los desvaríos de una pesadilla inoportuna.

¿Por qué hay, pues, testimonios a los que concedemos un valor sacro, y sobre el que no admitimos bromas, y otros a los que rechazamos de plano o como máximo los colocamos al nivel de un mal cuento, entre chanzas y risas mal disimuladas? Para acabar de complicar la madeja de las incongruencias, en los últimos tiempos las posibles visitas sin previo aviso no se producirían únicamente en La Tierra. También el hombre, o artefactos inventados por éste, comienza a protagonizar episodios en los que representa el papel de intruso.

 
¿Qué nos deparará el futuro, con una tecnología capaz de emprender en otros planetas excursiones...

Corre el año 2004. Dos robots norteamericanos se han paseado recientemente por el torso enrojecido de Marte. Sus nombres son Spirit y Opportunity. Su caminar sobre el desierto marciano ha sido lento, fatigoso. Pero la ciencia ha corrido a velocidades vertiginosas gracias a ellos. Se sabe que hay agua. Que bajo la aridez, la esterilidad y la sequía salvaje de esas tierras discurre el líquido vivificador que engendra la multiforme existencia. Es muy posible, pues, que haya seres, similares o no, a los de nuestro mundo, dotados del hálito de la vida. Lo que parece seguro es que Marte fue habitáculo de seres vivos 4000 millones de años atrás, cuando la atmósfera entoldaba ese planeta y le confería unas características ambientales parecidas a las que tiene La Tierra actualmente.

Que esos seres vivos se asemejasen a los descritos en tanta y tanta literatura de ciencia-ficción ya es harina de otro costal. Como lo es, e incluso de un costal que raya en el esperpento, afirmar que la raza humana desciende de civilizaciones marcianas que tuvieron que emigrar por hecatombes nucleares, o simplemente climáticas, que dejaron convertido aquel planeta en un auténtico infierno, con temperaturas que obligarían a los ríos, si los tuviese, a llevar sus aguas en ebullición.

La vida en Marte ya no es una utopía ni una aberración de ufólogos más o menos desconcertantes. A comienzos del siglo XXI, forma parte de una probabilidad científica muy seria. Pertenece al grupo de los hechos probables que en las aguas subterráneas pueda haber vida; y si acaso no la hay, millones de años atrás la hubo, puesto que había atmósfera y el agua discurría por la superficie. De ello nos hablan los numerosos canales, surcos y hondonadas, lechos casi seguros de grandes masas de agua similares a nuestros mares y océanos.

Queda, pues, en entredicho, esa férrea teoría científica, tantos años sustentada, de que la vida en el Sistema Solar sólo podía existir en nuestro planeta. La compostura de estos científicos sale bastante maltrecha si consideramos que Marte es el primer planeta donde se ha podido hurgar con un mínimo de paciencia y los resultados, por ahora, son realmente asombrosos. ¿Qué nos deparará el futuro, con una tecnología capaz de emprender en otros planetas excursiones similares o incluso mucho más ambiciosas que las de ahora?

A la luz del baño de humildad que ha supuesto para el ser humano el prodigioso descubrimiento de agua en Marte, cabe preguntarnos si muchos de los testimonios despectivamente archivados sobre avistamientos y contactos con seres venidos del espacio cabría contemplarlos desde una óptica diferente. Podríamos acercarnos de nuevo a estos casos , al menos con una duda instalada en la mente. Y podríamos mirar cada noche hacia el hueco negro donde viven las estrellas con un poco menos de desconsoladora soledad. La vida extraterrestre es hoy por hoy una hipótesis perfectamente formulable sin correr el riesgo de suscitar entre gente culta las clásicas sonrisas burlonas o despreciativas.

...por Ana Sanel

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