La controvertida figura del Yeti hay que situarla en esa delgadísima
línea que separa lo real de lo ficticio.
Lo que para un occidental suena a escéptica palabrería
relativa a un ser de muy dudosa existencia, para los habitantes
de otras zonas de la Tierra representa un fenómeno que
entronca con sus convicciones y con sus creencias más profundas.
Pero
antes de seguir, convendría formularse la siguiente pregunta:
¿quién es el Yeti, en realidad? ¿Es un ser
humano, o acaso un animal? ¿Puede ser algo o alguien indeterminado?
¿Quién no ha visto una
roca, un ramaje, un tronco, una nube, una sombra que le han
parecido tal o cual cosa?
La parte del mundo donde con mayor
insistencia se ha ubicado al Yeti es la que cruza la portentosa
Cordillera del Himalaya. Resulta ocioso recordar que en ella se
encuentran las alturas más sobresalientes de la Tierra.
Enormes moles levantan sus cabezas blancas hacia la tersa superficie
de un cielo inmensamente azul. Hay picachos afiladísimos
al lado de escabrosos roquedales. Y en las alturas medias, amplias
manchas verdes de una vegetación enmarañada se alternan
con bosques de rododendros y de enebros. En un lugar así,
las luces y las sombras pueden producir unos efectos espectaculares
sobre la retina del ojo humano.
¿Quién no ha visto
una roca, un ramaje, un tronco, una nube, una sombra que le han
parecido tal o cual cosa? ¿Quién puede negar la
posibilidad de que un rayo fugaz o de que una sombra entre las
sombras pueda "crear" aquello que la mente se muestra
dispuesta a admitir como cierto en base al cúmulo de creencias
ancestralmente adquiridas? Un ser que pudiera reinar sobre unos
parajes tan monumentales, ocuparía para el nativo la categoría
de un dios y, como tal, es lógico que admita su existencia
aunque no haya pruebas físicas que lo certifiquen. Esa
es la razón por la que para un tibetano es incuestionable
la existencia del Yeti, mientras
que para un occidental resultan necesarias las evidencias y las
pruebas.
Desde que el explorador inglés
Erik Ship pusiera sobre el tapete de los estudiosos la primera
prueba de la existencia del Yeti, una pisada de 31 centímetros
de largo por 18 centímetros de ancho, hallada, según
él, entre Nepal y el Tíbet, han sido numerosos los
investigadores que han tratado de encontrar más indicios.
Analizadas esa huella y otras encontradas sobre la blanda nieve
de las alturas, muchos de estos estudiosos han convenido que se
trataba más bien de la huella dejada por el animal más
grande de la fauna himaláyica, es decir, del oso isabelino.
Eso es lo que un explorador tan prestigioso como Ernst Schäfer
cree sin tapujos. Incluso sir Edmund Hillary, aventurero, escalador
y explorador inglés, el primero que culminó el Everest
sin máscara de oxígeno, tan proclive a creer en
la existencia del Yeti como un ser muy próximo al género
humano, tuvo que sufrir en 1960 la tremenda desilusión
de comprobar que el famoso escalpelo atribuido al Yeti que guardaban
los lamas en el monasterio tibetano deKhumjung, no era más
que un triste, vulgar y descolorido pellejo de cabra. Que el Yeti
sea un ser humano es una teoría que no sustenta ningún
estudioso del tema por muy imaginativo que sea. Su denominación
de "El Abominable Hombre de las Nieves" no
intenta, ni mucho menos, trasladar la idea de que se refiera,
efectivamente, a un hombre. Más bien hace referencia a
su apariencia de homínido. Pero de un homínido no
catalogable con ningún otro conocido y tratándose,
por lo tanto, de un ser con identidad propia diferenciada.
Quienes esto piensan nos describen
al Yeti como a un ser que supera los dos metros de altura, muy
corpulento y cuyo cuerpo se halla recubierto de una densa pelambrera
al estilo de un gorila. Desarrolla una vida nocturna y nadie le
atribuye el más mínimo signo de hostilidad frente
al hombre, del que huye despavorido y con grandes muestras de
alarma. Se desplaza rápidamente por la montaña y
por la misma nieve, al amparo de la sombra o de la oscuridad y
buscando, como último recurso, el refugio de la vegetación
densa y de los bosques de rododendros. Sus huellas se han visto
en zonas alejadas de poblados y en unas alturas que rondan los
4000 o incluso los 5000 metros.
Resulta, no obstante, curioso
que mientras los nativos consideran al Yeti como un componente
más de su fauna y admiten la bondad de su carácter,
también subsista entre ellos la creencia de que cruzárselo
en un camino es signo de mal agüero y que la muerte puede
encontrarse al acecho. La ciencia ortodoxa se muestra clara y
taxativa: ante la ausencia de pruebas evidentes y contrastadas,
el Yeti seguirá ocupando un lugar entre los seres ideados
por la credulidad o la imaginación del hombre, como lo
fueron en su día, por ejemplo, los Héroes, las Sirenas
o el Minotauro para los griegos.
Hay un sector de estudiosos, muchos
de ellos salidos de las aulas universitarias con títulos
como el de zoólogo, que realizan gestos de aproximación
hacia el fenómeno del Hombre de las Nieves y tratan de
esbozar una explicación. Para estos expertos, el Yeti podría
muy bien constituir un eslabón desgajado del proceso de
evolución seguido por el Homo Sapiens. Ser, en definitiva,
un representante del antepasado del hombre, denominado Neanderthal.
Para quienes defienden esta tesis resulta hasta cierto punto admisible
la posibilidad de que un grupo de neandertalenses quedasen "atrapados"
entre las paredes del Himalaya y "desconectados" del
resto de seres semejantes a ellos, sufriendo un evolución
diferente o dejándolos anclados 30 millones de años
atrás.
Hay cientos de personas -exploradores,
alpinistas, aventureros, sherpas- que aseguran haber visto al
Yeti. Indefectiblemente lo describen como a un homínido
recubierto de pelo y con una altura sobresaliente que supera los
dos metros. El alpinista español César Pérez
de Tudela asegura haberse cruzado con él una noche en las
montañas del Himalaya a 4000 o 5000 metros de altitud.
Para el escalador español los ojos del Yeti resultaban
impactantes, reflejando la luz de la linterna que él portaba
en la mano de igual manera a como la reflejaría un espejo.
La única prueba que pudo presentar es únicamente
su testimonio; porque, según cuenta Pérez de Tudela,
el Yeti salió huyendo tan pronto como vislumbró
la luz de la linterna.
El
Yeti se resiste, oculto tras el velo de lo inaccesible.
El explorador tirolés Reinhold
Messner se pasó 12 largos años buscando al Yeti
por el Tíbet oriental. Por fin, en 1997, llega al monasterio
Sosar-Gompa. Allí están los Lamas, quienes le muestran
lo que para ellos es una momia del Yeti. Messner se espanta: se
trata de un ser mitad oso mitad hombre. Messner queda convencido
de haber hallado la prueba definitiva del Yeti. Edmund Hillary
también anduvo tras este ser portentoso. Pero en 1980 sólo
halló la piel de una cabra. El ruso Dimitri Bayanov asegura
que el Yeti vive y corre por los Urales.
En agosto del año 2003
el japonés Yoshiten Takahashi realizó una expedición
al Nepal. Como no podía ser menos dada su condición
de japonés, dispuso de 15 cámaras estratégicamente
distribuidas para captar la fugaz e inaprensible imagen del Yeti
con la ayuda de modernos sensores infrarrojos. Pero el Yeti se
resiste, oculto tras el
velo de lo inaccesible. Tal vez ése sea su mayor encanto.