El
compositor español, concretamente gaditano, Manuel de Falla
simbolizó el ápice del renacimiento musical español,
interpretó el espíritu de su tierra con un lenguaje
moderno, adoptado tras su contacto con la cultura francesa, en
París y junto a Paul Dukas y al ambiente de vanguardia.
Precisamente
en la música de Falla se manifiesta la transición
que va desde el clima ochocentista, en el que se reivindicaba
una identidad nacional, a la vocación cosmopolita y a la
voluntad de incorporar el canto popular español más
antiguo, el cante jondo en la música occidental de vanguardia.
El
verdadero iniciador de de Manuel en la música fue un
violoncelista, amigo de familia, de apellido Viniegra.
La
infancia del músico español transcurrió en
Cádiz, donde había nacido el 23 de noviembre de
1876 (poco más de un año después de Ravel),
en el seno de una familia bastante acomodada y amante de la música.
Su padre, un comerciante oriundo de Valencia, era muy amante de
las melodías de Bellini, que tocaba al armonio. En la educación
de Manuel, que dispuso de un profesor particular al igual que
sus otros tres hermanos, entraron como era natural las leyendas
y cantos del folclore español, introducidos en las casas
de la alta burguesía a través de las nodrizas. El
pequeño Manuel dio muestras muy pronto de una viva fantasía:
redactaba un periódico familiar titulado La industria Española,
e incluso fundó una ciudad, Colón, en una habitación
apartada de la casa.
En lo que
se refiere a los estudios musicales, el verdadero iniciador de
Manuel en la música fue un violoncelista, amigo de familia,
de apellido Viniegra. Posteriormente el joven Falla fue enviado
a la capital española para tomar lecciones de piano donde
obtendría el primer premio de piano en el Conservatorio
de Madrid, en 1899. Sin embargo, si el maestro gaditano quería
afirmarse con rapidez, debía dedicarse al teatro musical
y, en particular, a la zarzuela, género muy cultivado y
apreciado sobre todo en Madrid. Falla decidió, por tanto,
componer zarzuelas y entre 1899-1902 escribió cinco, de
las cuales sólo una fue puesta en escena, Los amores de
Inés, representada el 12 de abril de 1902 en el Teatro
Cómico de Madrid. Este intento de incorporarse en el teatro
musical no fue muy fructífero. Afortunadamente, el compositor,
en el umbral de los treinta años, conoció a Pedrell
y reunió conocimiento también con sus ideas y con
su música. El encuentro con este gran estudioso espoleó
la inspiración de Falla, que compuso su obra maestra de
juventud, La vida breve, dotada del primer premio en un concurso
celebrado por la Academia de Bellas Artes de Madrid. Gracias a
numerosos premios que le fueron otorgados Falla pudo hacer una
tournée de conciertos por España.
En
los años pasados en Madrid, el joven compositor había
tenido ocasión de conocer la producción musical
francesa de vanguardia. Los autores más destacados eran
Debussy con Soirées dans Grenada y Estampes, y Ravel y
Dukas, respectivamente con la Sonatina y la Sonata. El ambiente
provinciano de Madrid, donde estaba despertándose apenas
la cultura musical y poniéndose al día con referencia
a lo que había sido la vanguardia de medio siglo atrás,
los jóvenes compositores parisinos representaban un punto
fuerte de referencia así que, todos estos motivos indujeron
a Falla para trasladarse a París en 1907, cuando contaba
con 31 años.
Su
vocación de compositor ya era irreversible: las enseñanzas
de Pedrell, la experiencia de La vida breve y el descubrimiento
de un manual de armonía, Acoustique nouvelle, del francés
Louis Lucas, le habían dado conciencia de su propia originalidad.
La
vida de Falla en París fue muy difícil y mísera:
vivía de las lecciones que daba, tocaba el piano en una
compañía de revistas, sus frecuentes cambios de
casa a causa del sonido del piano que molestaba a los vecinos
y su aspecto físico lucía trajes raídos.
Pero, el ambiente musical de París era activísimo
y a pesar de las miserias que sufría, tenía un interés
máximo para el músico español. Entabló
muy buenas relaciones con los grandes compositores de la época:
Debussy, Ravel o Paul Dukas, entre otros.
Con
El amor brujo (donde se recrea el ambiente musical gitano)
y Noches en los jardines de España, Manuel de Falla
entró en su madurez artística.
Hasta
su regreso a Madrid, en 1914, después de haber estallado
la guerra, Falla compuso varias composiciones artísticas
de gran éxito en París: Noches en los jardines de
España, para piano y orquesta, interpretada en 1916 y en
este mismo año compuso Tres melodías sobre textos
de Théophile Gautier, interpretadas en 1910, también
en París. La ultima composición de Falla antes de
regresar a su patria e interpretada en París fue la colección
de Siete canciones populares españolas. A su vuelta a la
capital española, el músico estrenó La vida
breve, el 14 de noviembre de 1914 en el Teatro de la Zarzuela,
el público madrileño lo acogió con gran éxito.
En aquella ocasión se plantó la semilla de una segunda
obra para la escena, El amor brujo, encargo de la famosa bailarina
gitana, Pastora Imperio, esta composición musical para
la gitana supuso la única pasión conocida del músico
que tanto amaba las enseñanzas gitanas. Con El amor brujo
(donde se recrea el ambiente musical gitano) y Noches en los jardines
de España, Manuel de Falla entró en su madurez artística,
destinada a continuar con El sombrero de tres picos, compuesto
en 1917 y representado en 1919 en Londres por los Ballets Russes.
Finalmente,
con El Concierto (cuya parte solista estaba destinada a la célebre
clavicembalista Wanda Landowska) y el Retablo de maese de Pedro,
el compositor gaditano obtuvo un gran éxito y se convirtió
en una presencia significativa en los festivales de música
contemporánea.
Después
de haber renunciado definitivamente a volver a España,
Falla se instaló en un chalet, llamado Las Mimosas, en
Alta Gracia, donde la mañana del 14 de noviembre de 1946
fue encontrado muerto en la cama, probablemente a consecuencia
de una crisis cardíaca. Entre los papeles del músico
estaban los esbozos de una gran composición conmemorativa
de España, La Atlántida. La reconstrucción
de la obra inacabada fue confiada a su alumno Ernesto Halffter.
Gracias
a las enseñanzas de Petrell en relación con el canto
popular y a las experiencias vividas en contacto con los músicos
de vanguardia de París, Manuel de Falla había llegado
a una síntesis en contacto entre sus raíces culturales
y el color español en la música francesa.