A mediados
de los años noventa un estudio sorprendente de la universidad
de California demostraba ante la opinión pública
que la música clásica tenía efecto beneficioso
sobre el organismo humano.
Era el llamado
"efecto Mozart", una investigación que consistía
en exponer a una treintena de estudiantes a escuchar durante diez
minutos al día música del compositor austríaco,
en particular la "Sonata para dos pianos en D mayor".
Los resultados indicaban
una mejoría de más de ocho puntos en las pruebas
de inteligencia efectuadas a estos mismos alumnos al concluir
el experimento. Esto no era más que la punta del iceberg
de una metodología conocida como musicoterapia, tan antigua
como el mundo.
En el límite
entre la ciencia convencional y las terapias alternativas, la
musicoterapia ofrece una vertiente muy válida de
curación, prevención y rehabilitación y utilizando
todas sus vertientes de ritmo, armonía, sonido y melodía.
Campos como el autismo infantil o el alzheimer, han conseguido
sonados logros y tratamientos constantes consiguen paliar los
efectos negativos de la sociedad moderna mejorando el bienestar
personal y las relaciones interpersonales, desarrollando la creatividad
y combatiendo el estrés. En el terreno de la mente es donde
los resultados están más probados pero recientes
estudios están intentando demostrar empíricamente
sus bondades en los aspectos estrictamente físicos.
El uso de la música
ha sido un recurso habitual en terapeutas y sanadores de todos
los tiempos pero son las peculiaridades de nuestra sociedad moderna
las que han acarreado un resurgir de estos nuevos tratamientos
que planteados desde la modernidad han tomado un nuevo cariz.
La musicoterapia no es la única ciencia que recurre
a elementos no médicos. Los colores son usados en la cromoterapia
como técnica común de relajación, la aromaterapia
recurre a los olores para sus objetivos y el contacto con animales,
en particular con caballos, constituye la base de la equinoterapia
usada ya de forma experimental en centros de disminuidos psíquicos.
Todas ellas han arrojado resultados muy beneficiosos para la salud.
Si ahondamos en
nuestra tradición cultural hallamos numerosos referentes
que avalan las bondades de la música. Las creencias populares
heredadas atribuyen a la música unos valores más
allá de su perfil lúdico. Este reflejo lo encontramos
en refranes; "La música amansa a las fieras",
"Quién canta su mal espanta" o en la creencia
popular de que una nana es el mejor remanso de paz para un recién
nacido. Partiendo de todas estas premisas, ¿ por qué
no aplicar el sonido musical a todos los niveles terapéuticos
y con una técnica más científica y elaborada?
Esta es la dirección en la que trabajan diferentes entidades
que han elevado la musicoterapia a niveles de disciplina
médica en toda regla y en la que se utilizan los recursos
musicales como vehículo de sanación psicosomática
y con fines de prevención y curación.
La relación
entre música y salud cuenta con un respaldo histórico
milenario. Ya existen evidencias en los primeros papiros egipcios,
que nos desvelan la importancia que esta civilización otorgaba
al sonido musical. Los escritos médicos del año
1500 a.c lo recomiendan para favorecer la fertilidad femenina
aunque esta civilización consideraba todavía el
origen de la música como sobrenatural. El primer documento
escrito que se conserva sobre la influencia de la música
en el comportamiento humano fue encontrado en Kahum, Egipto y
data del año 2500 a.c. Pero todas las civilizaciones primitivas
realizan sus ritos por medio de cánticos y danzas, bien
para alejar a los espíritus o como remedio para males enviados
por los dioses. Los ritos de curación y la aparición
de curanderos y brujos siempre han estado acompañados de
sesiones de cánticos y rituales a ritmo de música.
Son los griegos
los que van un paso más adelante y se desligan de este
talante mágico. Continúan trabajando con la música
para calmar dolencias pero ya de un modo mucho más científico.
Podemos considerar a Platón o Aristóteles como los
primeros musicoterapeutas y sus escritos establecen las primeras
pautas para el desarrollo de la música como ciencia. Y
avanzando en el tiempo, en la antigua Roma se hablaba ya de curar
el insomnio, las malas digestiones, picaduras de animales o incluso
la temida peste. En el siglo XVIII aparecen las primeras referencias
a aspectos puramente físicos. Se comienza a estudiar los
efectos del ritmo en el pulso cardiaco y en la respiración.
Todos estos antecedentes son los que los musicoterapeutas estructuran
y estudian para dar cuerpo a una ciencia cuyas posibilidades son
ilimitadas y que no nacerá como tal hasta el siglo XX.
Es a partir de los años cuarenta cuando se popuraliza e
institucionaliza en parte gracias a la labor pionera de Emile
Jacques-Dalcroze considerado el precursor de la musicoterapia.
A través de congresos y asociaciones se establecen los
principios y normas generales que la encauzan como disciplina.
Una de las eminencias en este campo, la norteamericana Melanie
Ruth Nevis, dirige el Healing Connections International Music
Therapy Center, una de las más importantes organizacines
de terapeutas de la música en el ámbito internacional.
Buceando en todo
este material encontramos indicaciones sorprendentes como recetas
para curar las cefaleas, migrañas o gastroenteritis. Un
simple dolor de cabeza se paliará según estos estudiosos
escuchando la canción de primavera de F. Mendelssohn. Para
la ansiedad podemos recurrir a un clásico de Joaquín
Rodrigo, "El concierto de Aranjuez" o las "Cuatro
Estaciones" que firmó Vivaldi también puede valer.
Haendel para las dolencias estomacales y Debussy compuso "Preludio
para la siesta de un Fauno" pensando quizá en paliar
el insomnio, aunque estas afirmaciones pueden encontrar para los
poco amantes de la música clásica otra explicación
menos empírica.
Una ciencia, un
arte o una disciplina natural; en todo caso, una realidad que
aglutina todo un conocimiento milenario encaminado a exprimir
al máximo los recursos musicales para curar y prevenir
dolencias psicosomáticas y de la que no se conocen, por
el momento, efectos secundarios.