República
Árabe de Egipto ::
El museo de la Historia ::
El
griego Herodoto, considerado el "padre de la historia",
conoció Egipto en el siglo V a.C. Tras viajar por sus tierras
y observar lo que el país africano le ofrecía, el
sabio afirmó que "en ningún otro lugar hay
tantas maravillas como en Egipto" y añadió
que "fuera de Egipto no se verá nada de tan inefable
grandeza".
SUPERFICIE 997.739
km²
POBLACIÓN 70.712.345 habitantes
DENSIDAD
71 hab/km²
CAPITAL El Cairo
LENGUA
Árabe, inglés y francés
RELIGIÓN
Musulmanes
94%
Cristianos coptos 6%
Desde
entonces, millones de viajeros han recorrido el país de
los faraones y han comprobado por si mismos la majestuosidad a
la que Herodoto se refería.
Además, por si fuera poco, durante los últimos siglos
el patrimonio egipcio no ha hecho más que enriquecerse.
Al arte y la arquitectura que se conserva
desde el antiguo imperio hay que sumar el legado que allí
dejaron griegos y romanos, los monasterios y las iglesias que
construyeron los primeros cristianos y todas las influencias que
se han filtrado de sus vecinos. Todo ello sin olvidar lo que aportaron Francia e Inglaterra, que lucharon por el control de la zona durante
décadas.
En la actualidad Egipto es un
mundo de contrastes. En pleno siglo XXI, el viajero se encontrará
con pueblos de adobe y repletos de ruinas milenarias pero también
admirará rascacielos y edificios de acero y cristal en
los núcleos urbanos. Núcleos donde un tráfico
caótico de automóviles convive con los carros tirados
por burros que todavía circulan sobre el asfalto. Claro
que el antagonismo también se observa en las gentes. Por
las aceras se cruzan jóvenes modernos adscritos a la "cultura
de la marca" con otras personas que prefieren los largos
trajes tradicionales.
Mientras, en los desiertos, los beduinos
habitan en tiendas hechas de piel de cabra y utilizan los mismos
artilugios con los que trabajaban sus ancestros hace miles de
años.
El Cairo es la
ciudad donde mejor se aprecia esa doble cara de Egipto. Con 16
millones de egipcios, árabes y africanos repartidos en
214 Km²., la capital no deja indiferente a nadie. Como cualquier
gran urbe árabe, los sentidos disfrutarán de una
enorme variedad de sensaciones en sus calles, aunque depende de
que zona se recorra. El Cairo antiguo se caracteriza por sus casas
de piedra que forman, sin aparente control, cientos de callejuelas
estrechas y sin pavimentar en muchos casos. Dos elementos dominan
la vida diaria en la zona, las más de 400 mezquitas que
se aglutinan en ella y los bazares que aparecen allí donde
existe un hueco para ellos. Por su parte, El Cairo nuevo retrata la vida moderna como cualquier otra ciudad, con
grandes avenidas, edificios de oficinas, un intenso flujo de vehículos
en sus calzadas y la contaminación inherente a las ciudades
de gran tamaño.
A unos diez kilómetros
al sur de la capital se encuentra Giza, con casi
un millón de habitantes y con unos de los enclaves más
reconocibles del planeta, sus pirámides. Situadas en la
margen derecha del Nilo, las pirámides
de Keops, Kefrén y Micerino constituyen una de las siete maravillas del mundo antiguo y la única que se conserva hoy en día. Con más
de 4.000 años de antigüedad, las tres enormes construcciones
han servido como tumba a los grandes faraones egipcios, cuyos
cuerpos momificados se cubrían de tesoros y objetos personales.
Pero para las civilizaciones posteriores,
las pirámides siempre han sido mucho más que meros
sepulcros. El interés que despertaron ya en los griegos
y romanos sobrevive en la actualidad. Si la versión oficial
sostiene que su edificación tuvo únicamente fines
funerarios, el filósofo Aristóteles defendía
que se levantaron con la intención de mantener ocupada
a la población para no conspirar contra el faraón.
Una teoría que choca con las que aseguran los esclavos
del país realizaron el trabajo de trasladar y colocar las
piedras. Hay incluso historiadores que no dudan en relacionar
el conjunto de Giza con las pirámides
del continente americano y estudiosos que apuntan a un posible
origen extraterrestre. Más allá de leyendas e hipótesis,
las pirámides asombran al visitante y obligan a preguntarse
cómo se consiguieron elevar tales proyectos arquitectónicos
con la precisión matemática que se demuestra en
cada uno de sus grandes sillares. Todo ello sin olvidar su interior,
repleto de galerías secretas que aún hoy no se han
podido examinar en su totalidad.
Si el conjunto de Giza demuestra que los egipcios no sólo amaban las ciencias
sino que las dominaban, Alejandría lo
confirma. La ciudad se asienta a la derecha del delta
del Nilo, en la costa sur del mar Mediterráneo.
Su fama se debe en gran parte a su mítica biblioteca, fundada
a lo largo del siglo III a. C. como centro del saber del "Museion",
una especie de comunidad de sabios instaurada por el rey Ptolomeo
I y su hijo Ptolomeo II. Se estima que la biblioteca llegó
a contener entre 500 mil y 700 mil pergaminos en sus años
de mayor esplendor. Aunque se piensa que algunos de los rollos
pudieran ser copias de otros que se guardaban en el mismo lugar,
la cifra es aún inmensa para aquel momento.
Por desgracia, ninguno de los
documentos han llegado enteros hasta nuestros días. Cuando César conquistó la ciudad, en el año 47 a.
C., una parte importante del edificio ardió. Aunque los
expertos no se han puesto de acuerdo, parece que los romanos pudieron
compensar las pérdidas tras regalar a Cleopatra unos 200
mil ejemplares, pero de poco sirvieron. Unos siglos después,
seguramente en el año 391 d. C., el Arzobispo Teófilo
de Antioquia guió a los cristianos que invadieron y destruyeron
el templo de Serapis con los manuscritos en su
interior.
Nilo abajo, tras
pasar por El Cairo, Giza y cientos
de localidades, se llega a Luxor. El gran río
africano siempre ha servido de nexo en el antiguo y nuevo Egipto.
No en vano, de los 60 millones de habitantes del país,
el 99% vive en sus orillas, unas tierras de una fertilidad que
contrasta con los desiertos circundantes. Luxor
ocupa el espacio que antes perteneció a Tebas,
una de las capitales del antiguo imperio. En los tiempos de los
faraones, la ciudad se dividía en dos partes como muestra
de la importancia que para los egipcios tenía la muerte
y la vida tras ella. La mitad oriental albergaba los palacios
reales, los templos y los edificios administrativos. Por su parte,
en el extremo occidental sólo tenía cabida todo
lo relacionado con los fallecimientos, las tumbas y el culto a
los difuntos.
En Luxor el turista
se encuentra con otra de las maravillas del país del Nilo.
El templo de Karnak es en realidad un conjunto
de edificios y se construyó durante varias dinastías,
pues cada mandatario hacía levantar un monumento en su
honor. Se suele dividir en tres partes y la más interesante
es, sin duda, la sala Hipóstila. Se trata de un espacio
de 102 metros de ancho, 53 metros de profundidad y 134 columnas
de más de 20 metros de altura cuya decoración revelaba
el nombre de la divinidad a la que el faraón consagraba
sus ofrendas. Un conjunto de una grandeza sobrecogedora que llegó
a necesitar más de 80 mil trabajadores para sus ampliaciones
y mantenimiento. Sin duda, un motivo más para que Herodoto
calificara a Egipto como "el don del Nilo".