Québec es una ciudad histórica, arquitectónica y llena de cultura. Todas estas virtudes, que definen a esta capital provincial, contribuyeron a que la ONU la declarada Patrimonio de la Humanidad en 1985.
Una manera interesante de empezar a conocer esta ciudad es paseando por la parte antigua.
El río San Lorenzo que baña la ciudad, junto con los montes Laurentinos que se elevan sobre su orilla, hacen de esta metrópoli un lugar encantado en el que el paisaje posee su propia vida. Sólo hace falta pisar Québec para darse cuenta de que los paraísos también existen en el mundo real.
La belleza de la ciudad, considerada el corazón del nacionalismo francocanadiense, es incuestionable. Pero ante todo, Québec es una villa práctica y animada, la mayoría de los sitios de notable interés turístico pueden recorrerse a pie. Por todas partes de la ciudad hay celebraciones, entre las más conocidas, el carnaval de invierno y las festividades de San Juan Bautista.
Esta ciudad canadiense se extiende a lo largo del río San Lorenzo, justo al pie del cabo Diamante. Una manera interesante de empezar a conocer esta ciudad francófona de tan sólo 93 Km². es paseando por la parte antigua de la ciudad. Las calles de su parte vieja son estrechas y adoquinadas y aglutinan la mayoría de los monumentos de interés turístico. Impresionante es la Basilique Notre-Dame-de-Québec, que aunque en varias ocasiones ha tenido que ser reconstruida, todavía guarda el encanto de su primera construcción del año 1647. Su interior alberga auténticas obras de arte de viejos maestros de renombre, pero lo más impresionante son sus luminosas vidrieras que ofrecen un hermoso espectáculo de luz.
Muy cerca de la Basílica encontraremos el Museo de la Civilización, formado por tres edificios antiguos que reúnen cuatro siglos de historia de Québec. Desde esta interesante exposición hasta el puerto hay una pequeña caminata. Lo que antes se conocía como el viejo puerto de la ciudad, hoy se ha convertido en un amplio paseo lleno de atracciones modernas. El lugar indicado para los amantes de las travesías en barco. Desde este punto parten continuamente barcos que recorren el río San Lorenzo, uno de los encantos más preciados de la ciudad de Québec. Esta capital ha crecido entorno de este torrente, que ha marcado su historia. El San Lorenzo posee una inaudita fauna marina y una flora autóctona. En alguna de las travesías incluso es posible avistar ballenas francas o focas.
Desde el mismo puerto se divisa a lo lejos parte de la Ciudadela. Esta fortificación construida por los ejércitos francés y británico tenía como objetivo defender Québec de un posible ataque estadounidense. La ofensiva nunca llegó y hoy el edificio ha dado paso a un lugar de interés turístico, todo un paseo a través de la historia del sistema defensivo de la ciudad.
Otro de los sitios de recomendable visita es la Plaza Royale, situada en uno de los barrios más antiguos de la ciudad está rodeada de casas de piedra y calles angostas que nos recuerdan el pasado de Québec. Este patio adoquinado es conocido por su movimiento y centro de actividades culturales y de ocio.
Casi obligado es un paseo por la Terrasse Dufferin, una extensa pasarela de madera repleta de quioscos y bancos desde donde poder disfrutar de unas magníficas vistas al río San Lorenzo y a los montes Laurentinos. Es un lugar pintoresco durante todas las estaciones del año. A lo largo del invierno en la terraza se instala una rampa de hielo donde los quebequenses bajan con sus trineos.
Desde la Terrasse Dufferin llegamos caminando al imponente Château Frontenac. Este castillo es uno de los hoteles más pomposos del mundo y se complementa perfectamente con el esquema arquitectónico de la única ciudad amurallada del continente al norte de México. Ya hace años que las fortificaciones que protegían Québec pasaron a formar parte de la historia y hoy en día son una de sus mayores atracciones turísticas. En la parte septentrional y oriental de la localidad, las bajas murallas repletas de cañones guardan el acantilado, y las murallas del lado occidental, donde se abren las puertas de Saint-Jean y Saint-Louis, alcanzan los dos metros de altura.
Es un destino idílico para combinar unas vacaciones de cultura y festividad con interesantes excursiones.
En Québec la fiesta está asegurada. Sus habitantes son auténticos festejadores a quienes les gusta participar de las celebraciones y organizar todo tipo de acontecimientos. Por este motivo, siempre encontraremos alguna parte de la capital animada y preparada para la fiesta. Comer fuera también es otro de los pasatiempos de los quebequenses, por eso la villa goza de una gran diversidad culinaria. Con un gran dominio de la cocina francesa, en Québec se puede gozar de una gran variedad de restaurantes de cocina internacional.
Uno de los lugares más sagrados a las afueras de la ciudad es la basílica de Santa Ana. Su construcción se debe a un grupo de marineros que lograron desembarcar en Québec después de un naufragio. El interior de esta iglesia del siglo XVII está adornado con mosaicos de oro que narran la vida de la Santa.
La vía más pintoresca de Québec tiene nombre propio, la calle del Trésor. En esta travesía, repleta de artistas callejeros, podemos encontrar acuarelas de paisajes de Québec, un buen recuerdo para llevarse un trozo de esta atrayente ciudad. Los aficionados a las caricaturas y a los retratos también tienen en esta calle la oportunidad de ser retratados.
En Québec también hallamos uno de los parques más extensos de Norteamérica. Nadie diría que antiguamente este parque fue el escenario de una sangrienta batalla protagonizada por británicos y franceses, a no ser por los monumentos en honor a los caídos en el enfrentamiento. Esta zona verde, conocida como las Llanuras de Abraham o Parque del Campo de Batalla, alberga otro de los museos de renombre internacional de la ciudad, el Museo de Québec, donde podemos admirar una colección de arte autóctono.
Québec es un destino idílico para combinar unas vacaciones de cultura y festividad con interesantes excursiones donde poder disfrutar de sus bellos paisajes. Es una ciudad muy viva, acogedora, que mantiene esa calidez de las pequeñas ciudades que crecen a la orilla de un río. Es una villa para disfrutar de su estilo de vida alegre, para pasear o para enamorarse.