República
de Cuba ::
El paraíso centroamericano ::
Elegir
un destino tan lejano como Cuba da la oportunidad al visitante
de pensar durante el viaje en lo que se va a encontrar a su llegada.
Las reflexiones se hacen más intensas cuanto más
cerca de tocar suelo se encuentra el avión, momento que
se anuncia de forma paulatina.
SUPERFICIE 114.525
km²
POBLACIÓN 11.224.321 habitantes
DENSIDAD
98 hab/km²
CAPITAL La Habana
LENGUA
Español
RELIGIÓN
Católicos
85%
Tras
varias horas en las que el mar domina el horizonte que se contempla
desde las ventanillas, de repente comienzan a aparecer varias
islas en la inmensidad cerúlea
Un anuncio del piloto asegura
que el archipiélago que flota no es otro que las Bahamas
y que, pasados unos minutos, el morro del avión enfilará
la pista de aterrizaje del aeropuerto José Martí de La Habana. Las guías de viaje se cierran, las revistas
se recogen, las luces se apagan y la sensación de impaciencia
se intensifica más aún si cabe. Por fin, después
de un leve traqueteo y un lento rodar por el asfalto, la mole
voladora se detiene y el viajero se apea. En ese instante, el
calor abofetea al recién llegado, la humedad se deja sentir
en todos sus poros y el visitante, con un deje de emoción
en sus ojos, da sus primeros pasos sobre el Caimán
Verde.
Un breve paseo por la historia
de un país nunca viene mal antes de recalar en él,
pero en este caso se hace totalmente necesario. El pasado cubano
se caracteriza por lo mismo que el de la mayoría de sus
vecinos americanos. Salvo en pequeñas épocas, los
designios de la política y de la vida isleña los
han dictado terceros países, en este caso España durante cuatrocientos años y Estados Unidos durante otros
tres. Y para cumplir la tradición, cuando los oriundos
lograron sacudirse el control extranjero, los problemas de gobierno
y las dictaduras hicieron su oportuna aparición.
De esta manera, desde que Colón
echó el ancla en la isla en octubre de 1492 y hasta 1898,
los dirigentes españoles manejaron el destino de Cuba en
una mezcla de periodos de paz y cierta prosperidad y otros de
conflictos e intentos de independencia. A finales del siglo XIX
llegó por fin la oportunidad para los cubanos. Con el pretexto
del hundimiento en La Habana del Maine, un buque
de guerra estadounidense, la potencia norteamericana declaró
la guerra a España. La contienda duró poco y en
1902 Estados Unidos cedió el poder recién adquirido
al Gobierno local, no sin antes asegurarse ciertos privilegios
comerciales y militares.
Desde entonces, el pueblo cubano
ha pasado por dos etapas. La primera mitad del siglo XX se podría
llamar la etapa democrática, con elecciones periódicas
y participación en foros internacionales. Sin embargo,
en 1952 la dictadura se instaló en la isla y ha permanecido
inmutable hasta ahora con un violento cambio de protagonistas
como única novedad. En un primer momento Batista pasó
por el sillón presidencial, pero en 1959 un golpe militar
perpetrado por Fidel Castro, con la inestimable ayuda del Che
Guevara, obligó a Batista a abandonar La Habana.
Aún hoy, el Comandante dirige con mano férrea el
destino de uno de los últimos bastiones comunistas del
planeta, a pesar de las presiones internacionales y del embargo
estadounidense.
La Habana es
el centro económico, social, turístico y, en definitiva,
de todo lo cubano. La ciudad engaña pues aunque su población
no es excesivamente numerosa, cuenta con unos dos millones de
habitantes, su extensión si destaca. Como ejemplo, durante
el trayecto de 25 Km. al aeropuerto, en ningún momento
dejan de aparecer construcciones.
Como casi todas las localidades
con un pasado importante, las zonas de La Habana se limitan con respecto a su época de construcción.
La "Vieja Habana" centra todas las miradas
del visitante y muestra, con más dignidad de la esperada
en un principio, edificios de todo tipo levantados por los españoles.
Así, en el centro de La Habana se pueden
admirar desde fortalezas hasta un sinfín de iglesias, sin
olvidar palacetes y mansiones que forjaron un pasado de gloria
y viven un presente honroso gracias a décadas de reconstrucciones. Pero tanto en la parte antigua
como en los barrios de reciente construcción, el principal
atractivo de La Habana lo rubrica su vida, el
ambiente que empapa al viajero y lo acepta desde el primer día.
Los grandes coches americanos de los años 50 surcan el
asfalto impulsados en su mayoría por pequeños motores
japoneses. En las calles, los habitantes de la capital forman corros en las maltrechas aceras y charlan y sonríen sin
parar acompañados de un buen cigarro y, por supuesto, del
magnífico ron cubano. Aunque los isleños viven en
una situación de pobreza alarmante, en sus caras no se
atisba rastro de preocupación. Se trata de un modo de vida
opuesto al europeo.
A pesar de las dificultades, el cubano se
divierte, disfruta con la compañía del extranjero,
con quién comenta las vicisitudes de la dictadura sin ningún
temor, y pasa horas y horas en la calle. Tanto es así que
a veces uno se pregunta cuando se trabaja en la ciudad.
La segunda urbe isleña, Santiago de Cuba, no envidia el pasado habanero
aunque su importancia actual se ve ensombrecida por la capital.
Ante el viajero se alza la más caribeña de las localidades
de la isla y un importante foco cultural. Es cierto que no puede
competir con el aura de la Universidad de La Habana,
fundada en 1728, pero su trascendencia alcanza cotas destacables.
A pesar del patrimonio histórico de la ciudad, Hernán
Cortés ocupó por primera vez la alcaldía
y su influencia permanece, el tesoro más buscado de Santiago
de Cuba se encuentra en su cementerio. En el campo santo
de "Santa Ifigenia" descansan
numerosos héroes de la revolución, entre ellos José
Martí, uno de los mártires de la patria, cuyo cuerpo
embalsamado se exhibe al público como resultado de la admiración
castrista.
La Isla de la Juventud permanece entre los lugares olvidados por las rutas turísticas,
y muchos prefieren que siga así. El hecho de que las hordas
de visitantes no la hayan invadido aún supone que la isla
presente un aspecto un tanto salvaje, maquillado casi en exclusiva
por la poderosa mano de la naturaleza. En épocas pasadas
sus costas constituyeron inviolables escondites para piratas como
Francis Drake, Thomas Baskerville o Henry Morgan. Por lo que no
es de extrañar que Robert Louis Stevenson se inspirase
en la Juventud para escribir su gran obra, La Isla del Tesoro.
Hoy en día, la escasa población
se asienta en el norte mientras que el resto de la superficie,
totalmente llana, se ve anegada por el segundo mayor pantano de
Cuba. Tras la ciénaga, en Punta del Este,
unas cuevas con pinturas rupestres recuerdan una escasa pero antiquísima
presencia humana. Al sur de otra punta, la del Francés,
se sitúa un pequeño paraíso para los buceadores
de baja profundidad, un arrecife de coral habitado por tortugas,
iguanas y pelícanos indiferentes a la presencia de los
viajeros. Como se puede comprobar, la Isla de la Juventud contiene atractivos al gusto de casi todos.