República
Popular China ::
Entre
las grandes urbes y las tradiciones milenarias
::
China
da nombre a una ingente superficie de territorio repleto de contrastes.
Por su población y dimensiones, más de 1.000 millones
de habitantes repartidos en diez millones de km², la nación
asiática podría representar una de las mayores potencias
del planeta.
SUPERFICIE 9.571.300
km²
POBLACIÓN 1.284.303.700 habitantes
DENSIDAD
134 hab/km²
CAPITAL Pekín
LENGUA
Chino estándar o mandarín,
yue...
RELIGIÓN
Oficialmente
aconfesional
Sin
embargo, su nivel de vida actual no se puede comparar al de ningún
país puntero y su PIB per cápita es 20 veces menor
al español. Aún así, sus enormes ciudades
crecen al amparo de cierto capitalismo y el Gobierno acomete extraordinarios
proyectos como la presa de las Tres Gargantas o el lavado de cara
de Pekín en busca de la candidatura olímpica. Pero
no hay que olvidar otros aspectos que hacen pensar que el aperturismo
queda lejos aún, como el férreo control de natalidad,
un claro ejemplo del inusitado poder del Estado sobre sus ciudadanos.
La
capital, Pekín, también llamada
Beijing, comparte sus peculiaridades con el resto de China. Los
14 millones de pekineses viven un momento, si no difícil,
sí desconcertante. Los valores que los han rodeado durante
décadas cambian a una velocidad de vértigo sin posibilidad
de que el proceso pueda detenerse. Los jóvenes no sólo
se acostumbran a los nuevos vientos sino que los acogen con entusiasmo.
La música, el cine o el deporte más occidental han
calado hondo entre ellos y no resulta complicado toparse con un
partido de fútbol improvisado o con una radio de la que
emana el último trabajo de Pearl Jam. Por su parte, los
más ancianos se quejan de que sus nietos no conozcan la
obra y las enseñanzas de Mao mientras observan anonadados
como las máximas comunistas en las calles se ven reemplazadas
por carteles publicitarios en inglés.
Los
nuevos tiempos también revierten en la propia ciudad. Las
antiguas construcciones dan paso a modernos edificios y espacios
olvidados durante años han sufrido remodelaciones que los
renuevan o mudan su aspecto por completo. Todas las obras que
se llevan a cabo en la ciudad buscan un objetivo común,
crear grandiosidad, devolver a Pekín el aspecto imponente
que un día ostentó, hace ya demasiado tiempo. Mientras
los dirigentes lo intentan conseguir, el viajero se inclina por
visitar los restos del imperio, del verdadero imperio, que tuvo
influencia en todo el continente. Y una buena manera de conocer
la China pasada es hacer un recorrido por la residencia de sus
emperadores.
La
Ciudad Prohibida se puede considerar una autentica urbe dentro
de otra. Al menos, se acerca más al concepto de ciudad
que de residencia. Se trata de un conjunto de edificaciones que
alberga casi 9.000 habitaciones y donde vivieron hasta 10.000
personas, un tercio de ellas eunucos al servicio del emperador.
En total, los palacios y los aposentos de los criados ocupan unas
72 hectáreas, cuya construcción tardó 17
años en finalizarse. La Ciudad Prohibida ha servido de
hogar a las dinastías chinas desde el siglo XV hasta el
principio del XX, cuando cayeron los Qing. Unos 500 años
en los que los "mortales" no pudieron acceder al recinto
nada más que en ocasiones especiales, en las que se llegaban
a juntar 90.000 personas en su patio central. En la actualidad,
los dirigentes permiten la entrada al recinto a todo aquel que
quiera admirar la belleza del lugar o comprobar por sí
mismo la locura del emperador Yongle, quien lo mandó levantar.
Si
el enorme conjunto residencial resulta impresionante a los ojos
del visitante, la Gran Muralla lo dejará boquiabierto.
Qin Shi Huang, el unificador del imperio, obligó en el
siglo V a. de C. a campesinos y soldados de todo el país
a unir algunos muros defensivos que ya existían con anterioridad.
El resultado del esfuerzo de miles de personas ha permanecido
hasta hoy día con la ayuda de pequeñas restauraciones
esporádicas. Las cifras lo dicen todo. Un trazado de 6.000
Km. de muralla con una base de unos 6 metros y una altura que
se suele acercar a los 8 metros, salpicada con cientos de pasos,
atalayas y torres. Unas dimensiones que posibilitan que la Wanli
Changcheng sea la única obra humana reconocible desde la
luna a simple vista. De nuevo, la guerra hace que la humanidad
se supere, pues no hay que olvidar que el muro serpentea desde
el mar Amarillo hasta el desierto del Gobi con el único
objetivo de proteger a China de los pueblos invasores vecinos.
Otro
de los grandes atractivos de la República Popular es Shanghai.
Situada en la costa del mar de la China Oriental, Shanghai da
cobijo a unos 16 millones de seres humanos, lo que le otorga la
increíble densidad de población de unos 19.000 habitantes
por Km². Por supuesto, la superpoblación lidera la
lista de problemas de la ciudad, pero también provoca varias
de sus virtudes. Shanghai rebosa juventud en todos sus rincones.
Los millones de adolescentes otorgan un ambiente especial a una
urbe que se cree contemporánea y moderna pero que no lo
es tanto. Además, otra ventaja de acoger a tal ingente
cantidad de personas se deja notar desde las seis de la mañana,
hora en que Shangai se despierta. Con los albores del día,
los habitantes de la ciudad comienzan a trabajar pero también
a vivir, pues no resulta complicado, por ejemplo, contemplar desde
el amanecer combates de boxeo Shaolin en cualquier parque público.
Al
igual que en Shanghai se atisba cierta aire japonés, pues
perteneció al país del sol naciente durante algunos
años, en Macao la influencia portuguesa se adivina nada
más llegar. La vida de Macao se une a Europa en 1557, año
en el que Portugal nombra colonia comercial a la ciudad china.
Siglos más tarde, en concreto en 1849, el imperio luso
decidió cambiar el estatus de su enclave y la incluyó
en su soberanía, decisión que acató oficialmente
China en 1887. Durante la segunda mitad del siglo XX la situación
de Macao vuelve a cambiar. Desde el triunfo de la revolución
en la República Popular en 1949, los disturbios se suceden
en las calles de la colonia hasta que logran que China y Portugal
acuerden la devolución de la ciudad en 1999.
Como
si no supiera aún a quien pertenece, Macao muestra diplomáticamente
al viajero varias joyas de distinto origen, aunque dos sobresalen
entre todas. Por un lado el viajero admirará las impresionantes
ruinas de la Catedral de San Pablo, de diseño europeo,
construida por japoneses cristianos exiliados y destruida en gran
parte por el fuego durante un tifón en 1835. Por otro,
si se busca un modelo de cultura china, lo mejor es acercarse
hasta A-Ma. Se trata de un típico templo chino dedicado
a Tin Hau y repleto de altares y jardines. Si el visitante tiene
suerte y llega en el momento oportuno tendrá la oportunidad
de vivir una de las peregrinaciones que los pescadores de Macau
realizan al lugar. No en vano, Tin Hau se convirtió en
su protectora desde que salvara su barco de pesca en medio de
una tempestad y un rayo divino la elevara al cielo.