Reino
de Dinamarca ::
Diversión, historia y belleza natural ::
Dinamarca
es el más sureño y pequeño de los denominados
"Países Escandinavos". Con una extensión
casi equivalente a la de Aragón y una población
que apenas supera los cinco millones de habitantes, la nación
se enorgullece de ser uno de los mejores lugares para vivir.
SUPERFICIE 43.094
km²
POBLACIÓN 5.368.854 habitantes
DENSIDAD
125 hab/km²
CAPITAL Copenhague
LENGUA
Danés, feroés, groenlandés
y alemán
RELIGIÓN
Luterana
evangélica 91 %
Las altísimas
rentas de sus ciudadanos y la protección de un "Estado
del bienestar" más que consolidado garantizan a los
daneses un nivel de seguridad tal que los lugareños desvían
sus preocupaciones del trabajo al ocio. Quizás por eso
el tiempo libre se encuentra tan bien aprovechado en Dinamarca.
Lo primero
que hay que hacer al llegar es elegir entre la urbe o el campo.
Si se opta por la ciudad, los festivales de jazz, la música
en directo en los bares o simples paseos por las impolutas calles
harán las delicias del viajero. Por otro lado, el medio
natural nos ofrece cientos de islas, verdes praderas y castillos
en un excelente estado de conservación. Desde luego, lo
que parece claro es que un viaje al país de los Lego no
dará un minuto de descanso al visitante.
El
centro neurálgico de Dinamarca es Copenhague,
situada en la isla de Zelanda. Tras seis siglos
como capital del Estado, Copenhague transmite
al visitante la sensación de que allí no le faltará
de nada, como si reivindicase que no por casualidad se trata de
la ciudad más poblada de los países Escandinavos.
La arquitectura urbana, más bien tradicional para tratarse
de una capital de Estado, se alía con los canales y las
amplias zonas verdes del corazón de la localidad para imprimir
un aparente carácter sosegado al lugar. Pero la imagen
cambia por completo cuando se recorre el Strøget,
un interminable paseo peatonal que, junto con cinco calles que
lo cruzan, forma una de las zonas peatonales con más antigüedad
de Europa. En la gran avenida, la vida se eleva a su máxima
expresión y adopta formas de espectáculos teatrales
callejeros, pandillas de jóvenes con ganas de pasar un
buen rato o decenas de cafés en los que tomarse un respiro.
A
pesar de la fama de seriedad y frialdad de los nórdicos,
la diversión del danés no acaba en el Strøget,
sino que va más allá. Siguiendo el mismo paseo hasta
uno de sus extremos, el viajero se encontrará con la puerta
norte del Tivoli, un parque de atracciones con
coloridos jardines que agita, revuelve y, en definitiva, alboroza
a hordas de usuarios desde hace 150 años. Pero cuidado,
todo aquel que piense a todas horas en el Tivoli debe asegurarse su funcionamiento durante las fechas del viaje.
La algarabía se instala allí desde abril a septiembre
y, como en el anuncio, vuelve a casa por Navidad.
Tras
las horas de recreo en la capital y las visitas obligadas al museo
Nacional y a maravillas como el distrito de Christianshavn
o la isla de Slotsholmen, la segunda etapa del
viaje se encamina hacia la isla de Funen, en
busca del castillo de Egeskov. La fortaleza renacentista sorprende a propios y extraños tanto por el edificio en
sí mismo como por el entorno en el que se encuentra. El
castillo se levanta desde 1554 en el centro de un pequeño
lago homónimo y descansa sobre una base de miles de troncos
de roble, no en vano, su nombre se traduce como "bosque
de robles". Aparte de su imponente efigie, la construcción
ofrece al turista mucho mas en su interior. Tras sus muros,
Egeskov alberga una interesante colección de pinturas
que comparten espacio con numerosos trofeos de caza y un sinfín
de antigüedades.
Por su parte, los alrededores igualan a la fortaleza en cuanto
a belleza y singularidad. El gran parque que rodea el lago se
diseñó en 1700 con la idea de crear un paraíso
de unas 15 hectáreas, lo que se consiguió gracias
a una perfecta combinación de setos centenarios, jardines
ingleses y hermosos pavos reales. Una vez finalizado el recorrido
por el jardín, en Egeskov podemos iniciar otro, aunque
sin saber el tiempo que tomará. Se trata de un paseo por
un laberinto con paredes de bambú con doscientos años
de antigüedad que tiene premio a la salida, pues el aventurero
que la encuentre (no tengan miedo, que se sepa, todo el que ha
entrado ha salido) podrá admirar en un museo una destacada
muestra de coches de época.
De
la antigüedad a nuestro tiempo, de los castillos medievales
a los de juguete. En Dinamarca, en concreto en la península
de Jutlandia, se encuentra Legoland,
uno de esos lugares que permanecen siempre en el recuerdo por
su peculiaridad. Como se puede adivinar nada más conocer
el nombre, Legoland ofrece una realidad distinta, un mundo en
miniatura, construido en su totalidad por millones de piezas Lego.
De todas las zonas del parque, el sector que representa el puerto
de Copenhague provoca más caras de asombro que ninguna
otra. Los "artistas del Lego" no sólo se conformaron
aquí con reproducir edificios y diques, sino que fueron
más allá y copiaron también barcos, trenes
y hasta las grúas de los muelles, a las que dotaron con
movimiento automático.
Otro
punto que cualquier danés recomendará visitar a
un extranjero es Ribe, y parece un buen momento
para hacerlo después de abandonar Legoland. Ribe se sitúa
a unos 70 Km de carreteras sinuosas al sur del popular parque.
Se sitúa ahora y se encontraba en el mismo lugar hace doce
siglos, por lo que presume de ser la localidad más antigua
de Dinamarca. Aunque hoy en día la ciudad no ostenta una
importancia significativa, en sus primeros siglos de vida Ribe
se coronó como uno de los principales focos comerciales
de la región. Como prueba de esa categoría se alza
la catedral, con una torre del siglo XIV de casi 30 metros de
altura que brinda unas vistas magníficas de los alrededores.
Además de la catedral, otros dos enclaves
se encargan de mantener fresca la memoria de la ciudad. Así,
el museo Ribes Vikinger y el Vikingecenter intentan, mediante reconstrucciones y antigüedades, que el
pasado vikingo de Ribe permanezca anclado a la ciudad.
Por último, la manera ideal de finalizar el viaje es conocer Møns Klint. La idoneidad de esta última
etapa del trayecto viene dada por dos hechos. El primero de ellos
estriba en la cercanía del paraje con Copenhague, aunque
se trata de una ventaja únicamente si el vuelo de vuelta
parte de la capital. El segundo, y más interesante para
un viajero empedernido, hace mención a la belleza del lugar,
al que a menudo se le eleva al primer puesto entre los paisajes
más hermosos de Dinamarca. Y razones no faltan para un
trato tan deferente. El espectáculo natural se compone
de acantilados blancos de 130 metros de altura, playas solitarias,
el mar en azote continuo y un espeso bosque de hayas que hará
las delicias del amante del senderismo. Todo en uno. ¿Se
puede pedir algo más?