Noruega
comparte sus vecinos escandinavos el honor de pertenecer al grupo
de los países más septentrionales de Europa. Se
trata de un club selecto en el que no sólo la latitud cercana
al Círculo Ártico del aspirante permite el acceso
inmediato.
SUPERFICIE 385.639
km²
POBLACIÓN 4.525.116 habitantes
DENSIDAD
12 hab/km²
CAPITAL Oslo
LENGUA
Noruego (oficial)
Sami (lapón)
RELIGIÓN
Ev.
Luterana 86% Otras y católica 4%
Sus
miembros destacan por poseer unos paisajes de belleza inigualable
y un gran atractivo para el visitante, se viaje en la época
en la que se viaje.
La
sola mención de Noruega hace que la mente vuele hacia gélidos
parajes y tierras cubiertas por un gran manto blanco y no se puede
decir que sea un tópico. Desde octubre y hasta abril la
nieve y el hielo conquistan las tierras noruegas y recuerdan tiempos
pasados en los que toda su superficie constituía un inmenso
glaciar. El invierno se instala durante siete meses en este país
nórdico y actúa con total impunidad sobre los casi
400 mil Km² de territorio. El resultado sorprende por su
majestuosidad. Los grandes bosques se visten con ropajes invernales
y miles de lagos se rinden a la rigurosidad invernal para convertirse
en enormes pistas de patinaje naturales.
Cuando se
circula por las carreteras y se dejan atrás las lagunas
heladas, el viajero desea que nunca se borren de su memoria las
vistas que se reflejan en su retina. Recuerdos que aflorarán
junto con el persistente ronroneo que producen los clavos de los
neumáticos contra el asfalto. Y así, paraje tras
paraje, el trayecto puede finalizar perfectamente en la costa.
Una costa interminable, de unos 2000 km de longitud, salpicada
por cientos de fiordos. Lo primero que se advierte al llegar es
que la temperatura se suaviza. Este cambio en el clima lo posibilita
la Corriente del Niño que fluye, de sur a norte, a lo largo
del país de "Eric el Rojo". Aún así,
en algunos momentos del difícil invierno se puede experimentar
una sensación única para todo el que vive en latitudes
mas sureñas. Si hay suerte y el tiempo lo permite, el viajero
podrá pasear sobre el mar sin temor a que la gruesa capa
de hielo ceda. Claro que el miedo siempre acompaña al que
no está acostumbrado...
Llega
el momento de recorrer los fiordos. El turista piensa que ya nada
superará lo visto en el interior, pero se equivoca. Durante
millones de años, los glaciares le ganaron la batalla a
la tierra firme y esculpieron estos agrestes accidentes geográficos.
Con unos cien metros de anchura de media, algunos de estos estrechos
golfos se internan durante 200 km hacia el corazón del
país de los vikingos. En estos lugares, el panorama es
impresionante. Por arriba, las laderas y los acantilados que los
flanquean alcanzan hasta 1000 metros, entre los que se reparten
zonas verdes, escarpadas rocas y pueblos que parecen surgidos
de la nada. Por abajo, el mar cubre profundidades que en ciertos
casos, como en Sognefjord, sobrepasan los 1300
metros.
Desde
Stavanger en el sur y hasta Kristiansund en
el norte, los fiordos salpican la costa noruega comunicando el
Mar del Norte con las cadenas montañesas
del este. Cada uno contiene un encanto especial, pero
cuatro se llevan las admiraciones de los visitantes. Al más
reconocido se le apoda como "El Rey de los Fiordos".
Se trata, de nuevo, de Sognefjord, el más
largo de los fiordos. De él no se destaca sólo su
profundidad, sino también sus 203 Km. de longitud desde
la línea de la costa hasta su angosta parte final.
Si
lo que el turista busca son bellos parajes y vistas únicas,
no hay duda que los encontrará en Naeroyfjord,
otro de los más recordados por los viajeros. Para finalizar,
dos fiordos más merecen una reseña en estas líneas.
Por un lado, Geirangerfiord mostrará a
quién así lo desee las más escarpadas cascadas
de la zona. Por otro, Fiaerlandsfjord conquista
con su aire bucólico y la tranquilidad que emana de sus
pequeñas poblaciones salpicadas por doquier.
Los pequeños
asentamientos se revelan como uno de los principales atractivos
del país escandinavo. Los vikingos, sus antiguos habitantes,
imprimieron en muchas de las localidades noruegas un estilo propio
que todavía puede apreciarse en numerosas iglesias y castillos.
Si a este hecho se le unen las características propias
que reúnen los pueblos que viven tradicionalmente de la
pesca, el paisaje rural adquiere una belleza digna de ser retratada.
Si
el viajero es más inquieto y prefiere actividades más
agotadoras que pasear por las poblaciones y la naturaleza, en
Noruega se topará con el esquí como el deporte nacional.
De hecho, la propia palabra procede del noruego y los lugareños
afirman, no sin razón, que sus antepasados inventaron el
deporte blanco por excelencia. Se mueva por donde se mueva, el
visitante se encontrará siempre cerca de alguna estación
de esquí. Además, los miles de kilómetros
de pistas y los numerosos trampolines permanecen abiertos durante
gran parte del año por lo que no hay excusa para no practicar
este deporte tan típico por las latitudes escandinavas.
Es más, incluso si se viaja en verano, sólo hay
que acercarse a los glaciares de Finse,
Stryn o a las montañas Jotunheimen para poder alardear de haber esquiado en pleno mes de julio a
la vuelta de vacaciones.
Pero si esquiar
durante el estío es motivo para presumir, no lo es menos
el contemplar dos de los fenómenos naturales mas impresionantes
de la tierra. El "sol de medianoche", visible desde
finales de mayo y hasta mediados de julio, permite al viajero
vivir días sin fin en el norte del país. La intensa
luz diurna da paso a una pálida claridad nocturna que hace
que los norteños se olviden de los anocheceres durante
varias semanas
Si
la escapada a Noruega se realiza entre septiembre y abril, es
decir, durante el invierno noruego, el espectáculo no desmerece.
Solo hay que fijarse en la bóveda celeste durante la noche
y observar extasiados como la oscuridad se ilumina con brillantes
lenguas de luz que adquieren tonalidades verdes, azules, violetas
o rojas. La ciencia explica que las "luces del norte"
se producen cuando el plasma solar, formado por iones provenientes
del astro rey, entra en contacto con los gases de la ionosfera
y reaccionan en forma de brillo. La leyenda, por su parte, asegura
que el zorro ártico produce el fenómeno cuando rocía
el cielo de nieve con su cola. Seguramente todo aquel que vive
una aurora boreal preferirá quedarse con la versión
tradicional.