Muchos
críticos piensan que con la muerte de Pollock se cerró
un largo capítulo de la historia del arte occidental. En
cierto sentido están en lo cierto; el artista estadounidense
llevó la pintura hasta límites que con posterioridad
se revelaron muy difíciles de traspasar sin caer en el
revival.
Por
otra parte, su novedosa concepción de la pintura como proceso
lleva a considerarlo también como precursor de las tendencias
conceptuales que le sucedieron. En cualquier caso su posición
como puente entre dos maneras de entender el arte parece incuestionable.
Jackson
Pollock (1912-1956) nació en la pequeña ciudad de
Cody (Wyoming), en pleno oeste americano. Su juventud en medio
de las praderas de Wyoming y Arizona (que solía atravesar
a gran velocidad en su coche) le vinculó de manera especial
con la forma en que los indios se relacionaban con la naturaleza,
llegando incluso a declarar, años más tarde, que
las mayores similitudes con su metodología (el famoso dripping:
goteo y chorreado de pintura sobre lienzos extendidos en el suelo)
las encontraba en las pinturas que los indios navajos practicaban
sobre la arena.
"Cuando estoy en mi pintura, no soy conciente de lo que estoy haciendo. (...)"
Después
de iniciar su formación artística en Los Angeles se trasladó a Nueva York en 1929, donde en un principio
trató sobre todo con el pintor realista Thomas Benton.
Sus primeros trabajos eran deudores del de aquél, y representaban
escenas de la vida cotidiana estadounidense en un estilo naturalista
bastante convencional. De 1936 a 1940 se interesó especialmente
por el trabajo de los muralistas mexicanos Orozco y Siqueiros,
profundizó en sus conocimientos sobre el arte aborigen
americano, experimentó multitud de técnicas pictóricas
e incluso trabajó para el gobierno de Roosevelt en la Work
Progress Administration.
Hacia 1940 las condiciones económicas de Pollock eran bastante
precarias, y su carrera artística parecía no despegar.
Como contrapunto, el ambiente cultural que le rodeaba era muy
rico e interesante. Era la época en que los surrealistas
habían desembarcado en la ciudad de los rascacielos huyendo
de la II Guerra Mundial, los cuales ejercían una poderosa
influencia en los artistas neoyorkinos. Ante la invitación
para exponer junto a ellos en la célebre muestra surrealista
de 1942, Pollock, gran admirador de Miró y Matta, aceptó.
Al año siguiente Peggy Guggenheim le organizó una
exposición individual. Las críticas fueron extraordinariamente
buenas, poniendo de relieve su combinación de abstracción y simbolismo, además de su evidente influencia picasiana,
características perfectamente visibles en The Moon
Woman, uno de sus cuadros más famosos de esta
época. Junto a Pollock, otros jóvenes artistas estadounidenses
(o prontamente nacionalizados) como Willem de Kooning, Mark Rothko
o Robert Motherwell empezaron a sonar frecuentemente en los circuitos
artísticos neoyorkinos, y pronto se acuñó
el término Expresionismo Abstracto para designar una tendencia
que proponía una nueva manera de entender la pintura desde
la especificidad norteamericana.
Pollock
fue el símbolo de este movimiento del que, sin menoscabo
de su originalidad, todavía está por desvelar el
verdadero papel de las instituciones políticas en su promoción.
Hoy parece clara la idoneidad ideológica del hallazgo:
se trataba de un estilo fácilmente identificable con Occidente,
en contraposición al Realismo Socialista (la guerra fría era también cultural), opinión extendida en buena
medida gracias a los influyentes trabajos de críticos como
Clement Greenberg o Harold Rosenberg.
La Action Painting contemplaba el azar como un factor más a tener en cuenta
Sea
como fuere, Pollock se convirtió en el modelo del artista
de vanguardia, con obras tan significativas como sus series "Cathedral" (1947) o "Autumn Rhythm" (1950). Su fama creció
rápidamente, sobre todo a partir de 1950, cuando él
y sus compañeros de escuela fueron conscientes
realmente de la situación de poder que ejercían
en el mundo artístico. Los elementos figurativos fueron
desapareciendo de sus composiciones, y las referencias surrealistas
se redujeron a la recurrente relación del dripping con
el automatismo. Los cuadros de Pollock habían derivado
ya hacia la aleatoriedad más absoluta, y el tamaño
de sus lienzos era descomunal (ya en 1946 había pintado
una tela para Peggy Guggenheim de 250 m. de ancho). La Action
Painting de Pollock contemplaba el azar como un factor más
a tener en cuenta en el proceso artístico, lo cual implicaba
que la propia realización de la obra era ya tan importante
como el resultado final. Él mismo lo explicó: "Cuando
estoy en mi pintura, no soy conciente de lo que estoy haciendo.
Sólo después de hacerlo, cuando hay una especie
de pausa y toma de conciencia es cuando alcanzo a ver lo que he
hecho. No me da miedo hacer cambios destruyendo la imagen…
porque esa pintura en particular tiene su vida propia, yo sólo
trato de que ésta surja para que se vea claramente".
Pollock murió en un accidente de automóvil en 1956,
con poco más de cuarenta años de vida y poco más
de diez de producción artística madura. Su desaparición
repentina sigue planteando el espinoso asunto de hacia dónde
habría evolucionado la pintura de un artista tan influyente
como él en una época en la que su estilo empezaba
a dar muestras de agotamiento (hacía unos tres años
que había empezado a reintroducir tímidos elementos
figurativos en sus cuadros). Se convirtió pronto en una
leyenda, en la que se mezclaron una imagen de chamán que
contribuía bien a perpetuar el tradicional estereotipo
romántico del artista (en parte creada por él mismo
con su concepción de la pintura como un proceso mágico
en el cual decía experimentar un estado especial de conciencia),
su genialidad e indiscutible originalidad estilística y
algunas tristes circunstancias personales, como su alcoholismo
y su carácter irascible (también propicias para
la creación de un nuevo van Gogh).
Independientemente de su enorme trascendencia en el ámbito
de las artes plásticas (nunca estará claro si el
Informalismo europeo constituyó una reacción o una
asunción de las directrices maestras del Expresionismo Abstracto), Jackson Pollock se convirtió además
en un símbolo de la apabullante victoria que Estados Unidos logró en la segunda mitad del S. XX, un símbolo
que no es sino una reducción a lo cultural de una hegemonía
mucho más general, y que en cuanto al arte se refiere empezó
con un traspaso de poderes de París a Nueva York de manos
de los propios surrealistas europeos que huían del nazismo.