El modernismo aparece en la historia del arte como un fenómeno insólito. Sus formas fluidas no siempre son fáciles de definir y sus fronteras carecen de una línea precisa.
Para más de uno se trata de un accidente, una aventura sin futuro que llegó para romper la evolución de las artes y ha sido tachado de "infierno del ornamento", cursilería y mero arte industrial; otros, sin embargo, ven aquí un punto de arranque hacia la modernidad y un resurgimiento del Barroco.
El modernismo surgió, casi simultáneamente, en Bruselas, Nancy, París, Viena, Munich, Londres y Glasgow.
A pesar de su efímera presencia en la vida de las artes, ningún otro estilo ha recibido tantas denominaciones como el modernismo, ni tan variadas. En el lenguaje internacional se convino de manera más o menos unánime, en asignarle un nombre y éste fue Art Nouveau.
En 1884 se fundó en Bruselas un diario titulado Art Nouveau, que llevó a cabo una campaña a favor de la creación de un museo de artes industriales. Bélgica podría reivindicar pues, la paternidad de éste término. Estos artistas intentaban moverse en la órbita del simbolismo y sobre todo intentaban evadirse del realismo, de la trivialidad cotidiana.
El modernismo surgió, casi simultáneamente, en Bruselas, Nancy, París, Viena, Munich, Londres y Glasgow, lo que no significa que quedara circunscrito sólo a estas ciudades. En sus diversos modos de expresión, podemos distinguir, con algunas excepciones y reservas, una corriente latina y otra germánica. Esta situación se observó claramente en la auténtica piedra de toque del modernismo, la Exposición Universal de 1900 que se celebró en París, cuya celebración nos permite medir la penetración del modernismo en el mundo.
Se manifestó esencialmente en lo decorativo. La mayor parte de los creadores de objetos y diseñadores que contribuyeron al renacimiento de las artes decorativas, eran al mismo tiempo pintores y grabadores. Las divisiones establecidas por los historiadores del siglo XIX entre artes mayores y artes menores no responden en absoluto con la realidad. Un ánfora del diseñador Louis Tiffany es más valorada como objeto artístico que muchas ambiciosas composiciones pictóricas.
Los modos de expresión del modernismo se prestaba muchas veces a equívocos debido a que los autores reflejaban un profundo individualismo. Éstos partían a la aventura, cada uno provisto de sus técnicas particulares, su temperamento, su sensibilidad y sus reflexiones.
Esta multiplicidad de formas, será lo más notable del modernismo, ya que cuando dejaran de inventar y cuando empezaran a repetirse, estarían condenados a desaparecer. La diversidad en el lenguaje de los artistas de una misma corriente, se ve patente por ejemplo entre una silla de Majorelle y otra de Mackintosh, las cuales no tienen parecido alguno, como tampoco lo existe entre una casa del belga Victor Horta y una construcción de Gaudí.
A través de la pintura de dos dimensiones, el arabesco del dibujo y el color sin modelar, pusieron en entre dicho principios estéticos que venían imperando desde siglos. La estilización de los vegetales puede parecer un detalle dentro de la evolución del estilo, pero en realidad fue su línea de fuerza.
La fuente de inspiración primordial, es la naturaleza.
La mujer fue muy importante dentro de la corriente modernista. Su cuerpo estilizado por el corsé se enfundaba en vestidos abiertos como los pétalos de una flor. Entre los principales símbolos del modernismo figuran la azucena, la enredadera o el pavo real en su condición de ave-flor al igual que las lianas de los bosques cuyas líneas ondulantes aparecerán, provistas de relieve, en edificios y muebles. La mujer vendrá a sumarse a la flor en las representaciones escénicas del repertorio modernista. Uno de los artista más representativos que utilizó este tema fue Gustav Klimt; el cual convierte a la mujer en tema central de sus cuadros. La silueta de la dama aparece como un amasijo de adornos, con abundancia de oro y rodeada de morbosidad. Repertorio parecido utiliza Alfons María Mucha en sus obras, donde los cabellos de la mujer se despliegan en volutas que siguen el movimiento de sus brazos estilizados.
La fuente de inspiración primordial, es la naturaleza. Pero su descubrimiento de la naturaleza difiere totalmente, incluso se opone al llevado a cabo por los impresionistas. No se trata de transcribir las sensaciones que la naturaleza nos proporciona, sino de analizar los detalles a la manera de un botánico y someterlos a metamorfosis decorativas que expresen su síntesis.
La influencia japonesa tuvo una importancia importante en el modernismo. El interés suscitado por las estampas de colores, tras la apertura de Japón al mundo exterior, constituyó un descubrimiento y una revelación. Autores del s. XVIII, como Harunobu o Utamaro revelaron un mundo de imágenes insólitas que impulsa a los europeos a nuevos medios de expresión.
En el panorama español, Antoni Gaudí aparecerá como un personaje único. Su vida profesional transcurrió básicamente en Barcelona al margen de influencias y contactos con el exterior. Cuando Gaudí estudiaba la naturaleza, no se detenía en la apariencia superficial, sino que llegaba a su interior y de él extraía principios arquitectónicos fundamentales. Al observar su obra podemos pensar que estamos ante un decorado mágico o una escenografía cinematográfica, cuando en realidad se trata de una arquitectura sabia y sólida. Su obra magna fue el Templo Expiatorio de la Sagrada Familia, que empezó a levantar en 1884 y que quiso asemejarlo a una catedral como las de la Edad Media. Pero el arquitecto únicamente pudo terminar la cripta y la mayor parte de la fachada de la Natividad.
Las horas gloriosas del modernismo pasaron en torno a 1900, es cuando el modernismo empezó a presentar síntomas de decadencia. El movimiento modernista se vio herido de muerte por la explosión del cubismo, que acabó radicalmente con sus líneas suaves y sus pretensiones de elegancia. Hoy en día, a menudo recordamos el modernismo asociado a accesorios de coquetería, veladores y escenificaciones más o menos acertadas. Pero no hay que olvidar la importancia de este movimiento, cuyos ejecutantes tuvieron que nadar en las turbulentas y cambiantes aguas del cambio de siglo.