Grandes Actores
Errol Flynn

De algún modo, el mejor espadachín de la historia del cine fue un producto creado por la censura. Durante la primera mitad de los treinta, la Warner había triunfado en las taquillas de todo el mundo con las violentas tragedias gangsteriles protagonizadas por Edward G. Robinson, James Cagney y George Raft.

El éxito de estos films residía en la visión sobre la corrupción de la sociedad desde un punto de vista realista, sin escatimar los tiros y las traiciones y venganzas que se le suponían al submundo del hampa, con muertos que caían a docenas y frases lapidarias de los protagonistas que volaban también proyectiles. Este género previo a la explosión del cine negro de los años cuarenta (El enemigo público con Cagney, o Hampa dorada con Edward G. Robinson) junto con los pomposos musicales orquestados por Busby Berkeley eran la gallina de los huevos de oro para la Warner. Amasaban beneficios, todo iba bien para el estudio y por lo tanto nada debía cambiar.

El problema llegó con el Código Hays, infame documento censor creado por el republicano Will H. Hays, cabeza visible de la Motion Picture Association of America, creada en 1922 por la propia industria del cine para controlar los niveles de inmoralidad de las películas. El Código Hays puso en la picota a mediados de los treinta a las odas sobre gangsters y mafiosos de la Warner por no ejercer una influencia positiva para el americano de buena ética.

El estudio debía reaccionar rápido, su principal fuente de ingresos corría peligro y había que diversificar la oferta, buscar nuevos caminos, nuevos géneros para seguir estando en primera línea. La respuesta la encontraron en las aventuras, un género de evasión, para todos los públicos, sin lecturas sociales ni excesos de violencia, ideal para no levantar las iras del Código Hays. Se pensó que quizás James Cagney sería un buen cabeza de serie para los futuros éxitos de capa y espada del estudio, pero pronto desecharon la idea, necesitaban otros aires, un actor capaz de levantar él sólo a las plateas del cine, un atleta que manejase la espada con soltura, saltara y corriera, que se moviera con agilidad, montara a caballo como un apache y, sobre todo, que exhalara esa nueva energía positiva y alegre que necesitaba transmitir el estudio.

Un cazatalentos les trajo la respuesta a sus ruegos, la nueva cara del cine de aventuras, se trataba de un inexperto actor teatral nacido en Tasmania, Australia, cuya biografía no prometía mucho: expulsado del colegio, años dando tumbos por el mundo dedicándose al boxeo, lavaplatos en un restaurante, más tarde buscador de piedras preciosas… Pero el tipo desprendía esa fuerza que buscaban los ejecutivos de la Warner y físicamente era perfecto. No dudaron en contratarle, su nombre, Errol Flynn.

Pronto la Warner empleó al joven Flynn en sus principales producciones de aventuras. La primera de ellas fue El capitán Blood (1935), en la que sustituyó a Robert Donat en el papel principal. El film se convirtió en el pistoletazo de salida para la mejor saga de aventuras de la historia del cine, la que protagonizaron el matrimonio Warner y Errol Flynn al que se añadió la pareja cinematográfica ideal para el actor, Olivia de Havilland, cuya imagen más bien casta y pura contrastaba magníficamente con ese Flynn que en cada película parecía querer comerse el mundo, repartiendo risas y juerga para todos, creándose la imagen de espadachín pillo y alegre, sabedor de su triunfo, más hábil, más listo y más guapo que los demás.

Películas como La carga de la brigada ligera (1936) o The private life of Elizabeth and Essex (1938) continuaron encumbrándole, pero no se apoderó del cetro de rey de las aventuras hasta que estrenó Robin de los bosques (1938). El film de Michael Curtiz es el "abc" de una entrañable manera de hacer cine perdida ya para siempre. Todo un estudio puesto en marcha para un solo proyecto, los mejores técnicos, los mejores actores (además de Flynn, Olivia de Havilland, Basil Rathbone y Claude Rains) un concepto visual que hoy nos parece de otro planeta (¡esos colores! ¡maldito el día que alguien dijo que la Edad Media era, en verdad, una edad sucia y putrefacta y no un festival de colorido, rojos, amarillos y verdes cegadores, como en Robin de los bosques!) y un Errol Flynn lleno de vida, montando como nadie, besando como nadie, saltando por las mesas del banquete del Rey Juan como nadie. Comparad la fiesta que lleva Errol en cada plano de este clásico con el depresivo Kevin Costner de Robin Hood, príncipe de los ladrones (1991)…

Flynn continuó varios años en la cima, trabajando hasta 11 veces con Michael Curtiz y 7 con Raoul Walsh. Otras obras destacables en su haber son El halcón del mar (1940), prohibida en España porque se daba muy mala imagen de Felipe II, o Murieron con las botas puestas (1941), en la que Errol afronta el papel de general Custer en la matanza de Little Big Hor.

El actor se casó tres veces, y tuvo un total de cuatro hijos, uno de ellos, Sean, muerto en Vietnam. Los baños de masas y dinero que bien pronto saludaron su llegada a Hollywood no tardaron en pasarle factura. Su vida fue un continuo escándalo que sin embargo era perdonado vehementemente por el gran público, pues la simpatía de Errol era demasiado fuerte como para hundirse públicamente su imagen. En 1942 se le acusa de violación, siendo absuelto poco después, lo extorsionaron dos veces y se dice que tuvo algún que otro contacto dudoso con altos mandos nazis a principios de los cuarenta. A medida que pasaban los años, su decadencia se hizo más notoria, y uno podía encontrarse a Flynn en alguna fiesta de Beverly Hills completamente borracho tocando el piano con su pene.

Salió con docenas de mujeres, muchas de ellas menores de edad, y a finales de los cincuenta era cada vez más difícil tratarle, mientras su rostro que tanto había seducido con su sonrisa llena de inocencia y hambre de vida, se machacaba día si día también por la bebida y las drogas. La carrera del rey del cine de aventuras, que por cierto, en sus últimos años demostró ser mejor actor de lo que muchos creían, se detuvo en 1959, cuando su corazón dejó de mantener en vida un cuerpo antes rebosante de vitalidad, ahora maltratado e inservible.

...por Marc Monje

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