Era
actor, pero se autoproclamaba sin rubor "una puta".
Trabajó solo por dinero en innumerables bodrios que él
mismo despreciaba, y actuó en al menos cinco o seis grandísimas
películas, destacando las dirigidas por Werner Herzog en
los años setenta y ochenta, en una violentísima
relación actor-director que ha pasado a la historia de
la mítica cinematográfica.
Condujo su
carrera por donde nadie lo habría hecho, según él
mismo decía, "he rechazado a Visconti y a Pasolini,
a Ken Russell y a Liliana Cavani, normalmente por cuestiones de
dinero. Y por el mismo motivo rechazaría a Eisenstein y
a Kurosawa. Hasta hoy he rodado doscientas cincuenta películas
y he rechazado más de dos mil". A Kinski le encantaba
gastar dinero, pero también gastaba talento y un carácter
caótico, visceral, irracional en ocasiones, que hacen interesante
cualquier film en el que aparezca su nombre.
Amaba los billetes verdes y el lujo sin mesura, pero también
el sexo. Folló con cientos de mujeres, como él mismo
no se cansa de contar en su autobiografía Yo necesito amor.
En una ocasión, por ejemplo, tomó buena cuenta de
una azafata en el lavabo de un avión, así sin más,
en pleno vuelo... "Una nueva ráfaga que hace escorar
el avión hacia la derecha, lanza su cuerpo junto al mío
(...) Tengo la polla tan dura que el choque de su cuerpo me hace
daño. Ella reacciona tan rápido que no me da tiempo
ni a quejarme, y, en lugar de aferrarse a mi pecho o mis hombros
como sería natural, envuelve con sus manos mi polla y mis
cojones para protegerlos de otro posible encontronazo. El avión
recupera el equilibrio...", escribía en sus memorias.
Kinski vivió
como la piel contra hierro candente, llevando sus sensaciones
hasta el extremo, odiando a la gente mediocre y gris, y flotando
en un continua revolución contra todo y contra todos. La
voltaica personalidad del actor polaco estallaba en el celuloide
en un choque que no entendía de escuelas de interpretación
ni métodos Stanislavski; dentro de ese físico achaparrado
y esa mirada de absoluta locura, se encontraba el actor en su
esencia, aquel que no interpreta, sino que se pelea hasta la muerte
con su personaje. Pero a Kinski no le preocupó nunca labrarse
una carrera de prestigio, le importaba un comino el guión
o la calidad de una película, para él, todo el cine
y el teatro eran simple y llanamente una mierda.
La pobreza del Berlín de Hitler creó a Kinski. De la necesidad
se formó un ladronzuelo que tuvo diversos enfrentamientos
con la ley. En la Segunda Guerra Mundial, luchó con los
alemanes, y cuentan que se encargaba de disparar contra aviones
americanos en las baterías antiaéreas, pero que
prefería gritarles para que le dispararan a él.
Terminó la guerra y recaló en un campo de prisioneros
británico, donde empieza a actuar para distraer a sus compañeros.
De vuelta al continente, Kinski seguía pobre, pero para
entonces ya tiene claro que actuar es para él una necesidad
del alma que por cierto, puede proporcionarle un buen dinero.
Recita poesía y pasajes de Dostoyevski en humeantes clubs,
y se une a diversas compañías de teatro en las que
no dura mucho debido a su difícil carácter e individualismo.
En 1948 debuta en el cine con Morituri, y durante los cincuenta
combinará teatro, recitales de poesía y cine, unas
veces con dinero, otras sin un duro.
La siguiente década nos presenta a un Kinski hiperactivo,
que rueda sesenta films en diez años, con subproductos
para sobrevivir económicamente, y algunas notables participaciones
en Doctor Zhivago (1965) o Por un puñado de dólares
(1966). Por entonces actor siente un tremendo desprecio por la
gente con quien trabaja, y convierte muchos rodajes en
verdaderas procesiones para el director de turno.
Los setenta
son para Kinski una época de cierto esplendor económico.
Gasta fortunas en horteradas de todo tipo, y se ve obligado a
trabajar en pésimos films para sanear su cuenta bancaria.
En 1970, por ejemplo, lo vemos en El Conde Drácula del
director de culto español Jesús Franco, junto con
el mismísimo Cristopher Lee, en un film tan indigno como
divertido de ver por esa misma razón.
En 1970,
Kinski empieza su ciclo de películas con el joven y prometedor
director de 28 años Werner Herzog. El primer film es Aguirre,
la cólera del Dios, que más que una película
se trata de una leyenda. Herzog se llevó a su equipo a
la selva más recóndita de Perú, siguiendo
los pasos de las primeras expediciones españolas cuatro
siglos atrás. El rodaje estuvo lleno de miserias y sufrimientos,
las condiciones eran pésimas, el equipo estaba dejado de
la mano de dios, y Kinski, que interpretaba al conquistador Don
Lope de Aguirre, no tardaría en explotar contra el director
(de él diría: "enseguida que veo que se me
acerca le digo que apesta").
El rodaje
incluyó episodios legendarios, como un Kinski fuera de
sí golpeando con su lanza realmente, sin fingir, a los demás
actores en las escenas de lucha, o el director amenazando al actor
con dispararle si se negaba a rodar una escena (Herzog le dijo: "hay
nueve balas en la pistola, ocho son para ti, la novena para mí").
El resultado de la experiencia es un film incoherente y deslabazado,
pero con momentos brutales, como ese final impactante de Kinski
en la canoa repleta de mandriles, en una interpretación
de fuerza dolorosa, que justifica toda una carrera llena de docenas
de películas de tres al cuarto.
Después de la locura de Aguirre, Herzog rueda con Kinski
Nosferatu, un remake con final distinto del film mudo de F. W.
Murnau, Woyzeck, y ya en 1982 Fitzcarraldo y su última
colaboración, Cobra verde, con la relación entre
ambos requemada, y Kinski atacando violentamente a Herzog en pleno
rodaje y abandonando la producción, dejándolo todo
a medias.
En estos
ochenta, Kinski participa en películas de todo tipo, como
El caballero del dragón, dirigida por el español
Fernando Colomo e interpretada también por Harvey Keitel y Miguel Bosé. A poco de terminar la década, dirige
su primer film, Paganini, que se convertirá en un fracaso
clamoroso. Para entonces, poca gente le soporta, y nadie quiere
arriesgar dinero y salud por rodar con él.
Kinski se retira a Lagunitas, California, donde ultima su autobiografía
y muere en 1991 de un ataque al corazón. Fue un
actor sin igual, genuino, y su inconformismo dejó a su
paso tantos odios como adhesiones. Tuvo tres hijos, Pola, Nastassja
(posteriormente actriz de fama) y Nanhoi, por los que siempre
se desvivió.