El
año 1968 fue un gran periodo para la ciencia ficción.
En el mundo real, Armstrong y Collins estaban a punto de alunizar
y propiciar que Estados Unidos alcanzara el primer lugar en la
carrera espacial por delante de los rusos, posición que
el país no ha abandonado desde entonces.
Armstrong pisaba la superficie
lunar, "un pequeño paso para un hombre...",
era algo propio de la ciencia ficción, sin duda. Y fuera
de la realidad, en el celuloide, se estrenaba una película
que cambiaría el rumbo de la ciencia ficción para
siempre, y la elevaría a la categoría de género
serio, con un lenguaje y unas constantes que permiten contar historias
interesantes y argumentar sobre la condición humana de
la misma forma que lo hace el western o el cine negro. Se acabaron
los dobles programas de serie B en los cines de provincias de
la América feliz de los años 50 con mujeres con
curvas de infarto viviendo en bases lunares y marcianos asesinos
más cutres que el monstruo de las galletas. Los productores
podrían arriesgar su dinero con la ciencia ficción
y reventar así en un mismo tiro las taquillas y los cine
clubs. Todo ello gracias a Stanley Kubrick, director tan posiblemente
genial como posiblemente huraño, y su película "2001: Odisea del espacio", un proyecto en el que se empleó
más dinero y más tiempo que nunca y que en su primer
año de vida en los cines fue tercero en recaudación.
El film empieza con el hombre
primitivo en el continente africano, todavía sin el poder
del raciocinio, descubriendo las armas, algo de lo que nunca más
se desprenderá, tras la aparición de un monolito
negro en la sabana donde habitan por igual hombres y bestias.
Miles de años después, en el 2001, el hombre ya
viaja por el espacio. Un nuevo monolito negro ha aparecido en
la Luna, ¿de dónde viene?, ¿es de origen extraterrestre?
La nave Discovery, tripulada por el doctor Frank Poole, el astronauta
David Bowman y un equipo de científicos en hibernación
se dirige a Júpiter para investigar una señal que
puede tener relación con el monolito.
Stanley Kubrick, director tan posiblemente genial como posiblemente huraño
Durante el viaje
averiguamos que el ordenador inteligente que controla la nave,
HAL 9000, sabe el verdadero alcance de la misión, cosa
que les ha sido negada a la tripulación. Cuando los astronautas
empiezan a notar que la computadora tiene un comportamiento extraño,
HAL, al tener como orden prioritaria salvaguardar el objetivo
secreto de la misión, asesina a Poole y a los demás
miembros en hibernación, pero Bowman consigue desconectarla
a tiempo. Un tercer segmento del film es un verdadero viaje iniciático
en el que Bowman descubre que las señales de Júpiter
provenían de otro monolito que aparece ahora, para darle
a él y al resto de la humanidad, un nuevo descubrimiento
como ya hizo miles de años atrás en la sabana africana.
Lo primero que viene a la mente
al escribir sobre "2001: Odisea del espacio" es
poder despacharse en cuantas menos palabras mejor al maldito monolito
y su significado. El monolito es (como gritaba el otrora crítico
malhumorado de cine y ahora tertuliano esperpéntico de
televisión), el monolito, digo, es Dios. La divinidad que
empuja al hombre en su evolución, primero con las armas,
y al final del film, dándole una nueva forma de vida, un
estado de pureza y conocimiento simbólicamente expresado
con la imagen del hombre en gestación, como un ser inocente
y sabio, superior y divino. El monolito es Dios. Y nada más.
Un lenguaje operístico (las naves en plena coreografía
al son de "El Danubio Azul"), un ritmo reflexivo (Kubrick
tuvo que dejar la película en 140 minutos a regañadientes...)
y una permeabilidad a la estética psicodélica de
los sesenta (el rush final del astronauta Bowman en la
cápsula a buen seguro hizo las delicias de Syd Barrett,
de Pink Floyd)... "2001" no es ciencia ficción
convencional. Es mucho más.
Escrita a partir de la novela
de Arthur C. Clarke por el mismo escritor y Stanley Kubrick, "2001: Odisea del espacio" ha propiciado tantos debates, tantas
explicaciones, tantas deserciones e indignaciones, como el "Ulises"
de James Joyce. Es una obra de arte compleja, arriesgada e inacabable.
Un poema grandilocuente y extraño que combina las escenas
metafóricas sin aparente hilo narrativo (visiones de Bowman
al final del film), documentales (los astronautas en su vida cotidiana
en el Discovery, filmadas con gran detalle y santa paciencia por
Kubrick) y de puro terror (cómo no recordar el momento
en el que descubrimos que HAL 9000 está leyendo los labios
de los astronautas y averigua de este modo que la van a desconectar).
Es una obra
de arte compleja, arriesgada e inacabable
Los tres segmentos tan dispares
en que se divide el film (el hombre primitivo, la misión
del Discovery y el viaje de Bowman en la cápsula) se unen
de manera magistral, ahí está como prueba la madre
de todas las elipsis, con el hombre-mono lanzando el hueso al
cielo y éste, mientras cae, convirtiéndose por simple
corte de montaje en una nave espacial miles de años después.
El monolito ha quedado como el símbolo del film, su misterio
y su razón de ser, pero en opinión de muchos es
HAL 9000, el ordenador del Discovery, quien roba todo el
protagonismo. Ese ojo omnisciente (el logo del concurso de realidad
televisiva "Gran Hermano" es una copia consciente de HAL),
la voz (en la versión original de Douglas Rain, aunque
el HAL doblado en España es todavía más aterrador),
pausada, fría pero extrañamente cercana, y finalmente,
su asesinato. Porque a HAL lo matan. Con HAL 9000, el hombre ha
conseguido fabricar al ordenador más avanzado que se pueda
concebir, tiene vida, tiene sentimientos. Cuando Bowman lo desconecta
en aquella extraña sala llena de silencio, como el congelador
de una morgue, Kubrick se convierte en un masoquista sin piedad;
la voz de HAL se desvanece, desvaría, recuerda (como haría
un ser humano a las puertas de la muerte) su infancia, cuando
un científico la creó y canta la canción
que éste le enseñaba en sus primeros días
de funcionamiento, "Daisy, Daisy". Una parábola
de la existencia humana, el arma (la tecnología al servicio
de la humanidad) que el hombre primitivo crea al principio del
film, se vuelve contra él siglos después, y el mismo
hombre ha de eliminarla, acabando con su propia creación.
Círculo cerrado.
¿Qué le queda por
hacer ahora al hombre? Un nuevo estado, una nueva vida. Sin armas,
sin muerte. El monolito vuelve a aparecer y lleva a la humanidad
fuera del círculo cerrado, a este nuevo estado. Fin de
la película. El monolito, sí, es Dios.