El
género de la ciencia ficción ha sufrido siempre
del mal de la explotación y abuso de fórmulas de
éxito fácil. En los años cincuenta por ejemplo,
apareció la serie B dentro de este género, con docenas
de films que repetían fórmulas trilladas con el
mínimo presupuesto, buble-gum para la generación
ultra-consumista que se gestaba en Estados Unidos.
Otro ejemplo, desde finales de
los años setenta, el género volvió a explotarse
a lo barato, y desde Galáctica (1978) hasta La
fuga de Logan (1976), se repitió la situación,
con una invasión de ciencia ficción de baja graduación
para una masa deseosa de evadirse. Pero esa es una cara del género,
la otra son las obras maestras que han marcado estilo, y han provocado
involuntariamente toda esta maraña de subproductos que
tratan de aprovecharse del éxito del original. Se citan
quizás tres o cuatro ejemplos tópicos: 2001,
una odisea del espacio (1968), de Stanley Kubrick, la guerra
de las galaxias, de George Lucas, y el clásico Blade
runner (1982), de Ridley Scott. Tres títulos que dieron
un vuelco al género en diferentes épocas. Indiscutible.
Pero pocos se acuerdan que un film de Fritz Lang, Metropolis,
rodado en Alemania, en pleno esplendor del lenguaje del cine mudo,
ya cambió cualquier regla habida y por haber en una ciencia
ficción cinematográfica todavía en pañales.
Refresquemos su argumento...
Año 2026, las máquinas
ya no trabajan para el hombre, sino que es este quién se
subyuga a ellas. Un mundo, el de la ciudad de Metropolis, donde
el hombre no es ni siquiera el triste humano feliz de Huxley,
sino una masa gris de trabajadores sin vida ni emoción.
En la parte superior de la ciudad habitan los privilegiados, una
casta de poderosos que viven a costa de toda una sociedad obrera,
casi esclava, habitante de los subterráneos, que trabaja
para que las máquinas de los privilegiados funcionen a
la perfección.
Un futuro donde
cuatro poderosos controlan las máquinas que a su
vez controlan al resto de la población.
En este contexto, el hijo de un
poderoso, Freder (Gustav Fraelilich) conocerá a una bella
mujer del submundo esclavo (Brigitte Helm), y con ella, bajará
a los infiernos de Metropolis, donde descubrirá la terrible
escisión social a la que han sometido los de su casta al
resto de habitantes. Una vez hecho el descubrimiento, tratará
de acabar con la esclavitud del submundo de Metropolis, aunque
no contará con la dificultad que supondrá la aparición
del científico Rotwang (Rudolf Klein-Ragge), creador de
un robot revolucionario y peligroso.
Si pensamos que la película
es del año 1927, podemos trazar una linea que une su discurso
hombre contra máquina con lo que fué la Revolución
Industrial, o mejor dicho, con lo que podría haber sido
la Revolución Industrial en caso de haber prosperado. Un
futuro donde cuatro poderosos controlan las máquinas que
a su vez controlan al resto de la población. Una tesis
sin término medio ni gama de grises, o mejor dicho, un
film-tesis en el que la historia se somete a un discurso político
muy simple y no al devenir de una narración o a las contradicciones
de unos personajes. Es por ello que Metropolis
no se aguanta hoy en día como historia cinematográfica,
igual que tampoco se aguantan los films mudos de Eisenstein, aunque
si hemos de hablar de estilo visual e importancia estética,
allí es donde el film de Lang conserva todo su pedigrí.
Metropolis,
1926
Ilustración
Boris
Bilinsky
Se ha hablado mucho de la adscripción
estética de Metropolis al expresionismo
alemán de Weimar; si bien no se trata de algo tan radical
como el film de Wiene El gabinete del doctor Caligari
(1919), si que vemos en la sumisión del personaje al entorno
arquitectónico y en la propia actuación de personajes
como el del científico Rotwang, una vinculación
clara con el expresionismo. En ese sentido, Lang era un estudioso
de la arquitectura, y destacan en el propio film los extaordinarios
diseños exteriores de la ciudad, y de las profundidades
donde reinan las máquinas, propios del arte expresionista
predominante. Esta arquitectura tan importante para el director,
se complementa con la iluminación de Karl Freund, otro
artista que, como Lang, huirá de la pujanza nazi hacia
Hollywood y que llegó a trabajar para Friedrich Wilheim
Murnau y para algunos clásicos de terror de la Universal,
como La momia, de 1932.
Decorados inverosímiles
con influencias art decó, luces y sombras para conseguir
un determinado ambiente futurista, trucajes y efectos especiales
novedosos (labor de Eugen Schweffton) como las video-conferencias
que mantienen los personajes en algunos momentos del film; esa
es la herencia de Metropolis para lo que vendría
después dentro del género de la ciencia ficción.
Fritz Lang, que posteriormente, ya en Estados Unidos, crearía
una obra maestra tras otra (desde joyas del cine negro como La
mujer del cuadro de 1944, hasta las maravillosas aventuras
de El tigre de Esnapur y La tumba india de 1959,
rodadas ya en su vejez), apoyado por un ejército de técnicos
irrepetible y por un presupuesto que casi deja en bancarrota a
los estudios UFA de Berlín, dejó una impronta en
el género que solo fué igualada en cuanto a importancia
por 2001, Odisea del Espacio.
Aunque hoy día nada quede
de las tres horas de film que había ideado su autor, y
aunque el guión (de Thea von Harbou, mujer de Lang y futura
militante nazi) y el discurso político sean naftalina pura,
Metropolis es un claro ejemplo del arte de representación
visual que constituía la esencia misma del cine mudo. Que
en veinte años se pasara de la ciencia ficción teatral
y circense de George Meliés a la de Fritz Lang es indicativo
de lo rápido que evolucionaba el cine sin sonido. Tres
años después de que el público alemán
se aterrorizara con el loco Rotwang y su mítico robot (inolvidable
creación, icono de la ciencia ficción) en Metropolis,
el sonido irrumpía en los grandes estudios, y el cine daba
marcha atrás en su refinado lenguaje visual. Curiosamente,
serían de nuevo directores procedentes del mudo como Lang,
quienes años después, volverían a levantar
el arte visual del cine hasta límites insospechados, aunque
esta vez sería lejos de su patria natal.
Como último comentario,
hay que tratar de evitar las copias que circulan de Metropolis
con la banda sonora del disco-king Giorgio Moroder. Suerte que
el DVD ha solucionado el desagravio. Muchos tuvimos que enamorarnos
de Metropolis bajando hasta el "0"
el volumen del televisor.