Si
el western fuera una línea que va del clasicismo de John
Ford a la revolución de Sam Peckinpah, justo a la mitad
situaríamos a Anthony Mann.
Es el principal artífice de
al menos cinco westerns que elevaron el género a la categoría
de arte que increíblemente muchos negaban a Ford, y lo
prepararon para el revolcón al que lo sometería
Peckinpah, el marienismo y la saturación del spaghetti,
y la reflexión final de Clint Eastwood.
Anthony
Mann nace en 1906. De origen judío, pasó una infancia
difícil, con un carácter solitario y taciturno.
Los primeros pasos profesionales los da en el teatro. En 1920
empieza a actuar en obras infantiles, y en 1930 lo encontramos
trabajando de regidor, un puesto que le permite conocer a gente
como Robert Mamoulian (futuro director), y observar las claves
de la dirección de actores. En uno de los teatros donde
ejerce su oficio, el Red Barn Theatre, conocerá a James
Stewart, posteriormente estrella de sus películas más
importantes. En 1938 es descubierto por el productor David O´Selznick
y pasa a ser director de casting para las películas de
este, entre ellas "Lo que el viento se llevó" (1939).
Más tarde será ayudante de dirección de Preston
Sturges, y en 1942 debuta en la dirección con el film "Dr.
Broadway".
"El hombre del Oeste es una admirable lección de cine, y de cine moderno"
Las
primeras películas de Mann son en su mayoría producciones
de serie B propias de la década de los cuarenta. Guiones
ingeniosos con mucho ritmo, buenos actores, historias de misterio
y muchas ideas visuales en ciernes. "El gran flamarión"
(1945), protagonizada por Erich von Stroheim, es un ejemplo de
estas películas que se proyectaban en los cines de doble
programa por toda la geografía estadounidense. Por su parte,
"T-Men", de 1947, es un emocionante film (en origen
una película propagandística a mayor gloria del
Departamento del Tesoro), de tono semidocumental e imparable y
violento ritmo. Una B movie clásica que costó
menos de trescientos mil dólares, y le reportó a
Mann buenas críticas y cuantiosos beneficios.
En
1950, con "Las furias", se produce el cambio de
estilo y alcance popular en la carrera de Mann. Ese mismo año
dirige su primer western mayor, la obra maestra "Winchester
73", que inaugura el ciclo de colaboraciones con James
Stewart.
Le seguirán en 1952 "Horizontes lejanos",
"Colorado Jim" en 1953, y "Tierras lejanas"
y "El hombre de Laramie" ambas en 1955.
Las cinco películas están en semejante nivel de
excelencia, y el personaje protagonista interpretado por James
Stewart es el principal nexo de unión. Stewart encarna
a un hombre de pasado oscuro que intenta redimirse, pero a quien
los fantasmas de ese pasado no dejan de atenazarle. Es un hombre
bueno que arde por dentro, con una rabia contenida (la mirada
de Stewart en los momentos de tensión) siempre a punto
de explotar. El héroe de Mann no es el John Wayne recto
e impoluto de "La diligencia" (1939, John Ford),
sino un vaquero psicológicamente complejo, con dudas, en
continua lucha por reconciliarse con el mundo que le rodea. Finalmente,
el personaje de Stewart descubrirá que para reconciliarse
con el mundo, antes debe hacerlo consigo mismo.
Nunca el western había llegado a bucear de esa manera en la psique del hombre,
nunca las películas del oeste habían alcanzado ese
nivel de sofisticación visual, esa fisicidad (recuerdo
ahora la garra en la planificación de la secuencia de las
minas de sal en "El hombre de Laramie", o por el
contrario, la sabia descripción del maravilloso paisaje
de las montañas rocosas en "Colorado Jim").
Pero
será en "El hombre del Oeste" (1958), con
un envejecido Gary Cooper de protagonista, cuando Mann realizará
su obra definitiva. Visualmente, su planificación resulta
más expresiva que nunca. Utiliza la profundidad de campo,
las angulaciones de cámara o los travelling a la manera
de un paciente alquimista, siempre atento al momento preciso,
sin la precipitación propia de un director de serie B.
La historia de "El hombre del Oeste" es un drama
shakesperiano de un hombre decente (Cooper, un honrado ciudadano
que viaja a la ciudad en busca de una nueva profesora para la
escuela de su pueblo) que se reencuentra con un pasado (la banda
con la que perpetró sangrientos robos en su juventud) que
tenía ya olvidado. El tramo final de la película, con el combate de la banda
de pistoleros y el personaje de Gary Cooper en un pueblo fantasma,
y el tiroteo de los últimos minutos en las rocas, posee
un halo que mezcla lo épico con lo fantasmal. Una poesía
como sólo la puede dar el western. La poesía de los hombres
que se muestran por sus acciones y no por sus palabras, y la expresividad
de un entorno físico que condiciona la historia como un
personaje más.
Mann comprendió el alcance que podía
tener el western como vehículo artístico, y nunca
desperdició una roca, un poblado, una carreta o una bala;
él sabía que este género se lo daba todo
para crear obras ambiciosas y complejas. Todo en "El hombre
del Oeste" desprende la poesía del western. O como
Godard dijo: "Exactamente igual que el director de El
nacimiento de una nación daba a cada plano la impresión
de inventar el cine, en cada plano de El hombre del Oeste
da la impresión de que Mann reinventa el western
(...) El hombre del Oeste es una admirable lección
de cine, y de cine moderno".
Después de otras películas mayores como la bélica
"La colina de los diablos de acero" (1957), Mann
entra en contacto con el productor Samuel Bronston, y dirige "El
Cid" y "La caída del Imperio Romano" (1961
y 1963 respectivamente), magníficas obras históricas
sujetas al régimen de "películas más
grandes que la vida" de Bronston, con rodajes en España
utilizando miles de extras y millones de dólares en decorados
y vestuario.
Mann es uno de los tres maestros del western
En 1963 se divorcia de Sara Montiel, con quien
se había casado poco tiempo antes, y entra en la recta
final de su carrera, que terminará con Sentencia
para un dandy, de 1967. Ese mismo año, muere de
un ataque al corazón a los 61 años.
Mann
es uno de los tres maestros del western. Situadlo sin miedo junto
a Ford, y como tercero, añadid a quien gustéis,
Hawks, Peckinpah... Las claves de todo su cine las desvela él
mismo en pocas palabras: "El western goza de tanto éxito
porque en él un hombre dice: voy a hacer algo, y lo hace.
Todos queremos ser héroes. Esto es el drama. Esto es de
lo que trata el cine".