Si
tuviésemos que definir uno de los periodos de más
esplendor del antiguo Egipto, tendríamos que referirnos
necesariamente al reinado de Ramses II. Su época significó
el momento de mayor expansión, riqueza y grandeza de toda
la era faraónica. Dos son las claves que definen su vida:
Su deseo de restaurar las fronteras del Imperio antiguo, y la
pasión que sentía por la arquitectura.
Representación
del faraón Ramses II en la batalla de Kadesh
- Pronaos o gran sala hipóstila en el templo
de Ramses II en Abu Simbel.
La
arqueología nos muestra a un rey de la XIX Dinastía
(1345 – 1200 a.C.) que comienza su reinado
después de una exhaustiva educación en torno al
año 1301 antes de la Era. Los primeros momentos no fueron
especialmente fáciles. Esto es fácil de comprender
atendiendo a las características de la monarquía
egipcia. Esos primeros años estuvieron dominados por las
constantes disputas con el estamento religioso. Los sacerdotes constituían uno de los elementos más poderosos de
una sociedad plenamente inmersa en el hecho religioso. Este fue
el motivo por el que el nuevo faraón nombro a Nebumenef como sumo sacerdote. A través de él, Ramses
II pudo controlar durante su reinado al imprevisible
clero.
Egipto,
gracias a Ramses II se vio, de nuevo, libre
de amenaza.
El fin del anterior Imperio medio vino de la mano de los llamados pueblos del mar. Estas gentes,
pueblos provenientes de las migraciones indoeuropeas llegados
a través del Mediterráneo, acabaron con el antiguo
poderío egipcio. Fue Ramses II quien tuvo
que hacer frente a los últimos coletazos de esta amenaza
constante. Su genio militar quedó demostrado cuando venció
a uno de estos pueblos del mar. De la misma forma, fortaleció
la presencia egipcia en las fronteras del sur y del oeste, derrotando
y sometiendo a nubios y libios. Egipto, gracias a Ramses
II se vio, de nuevo, libre de amenaza y dispuesta a convertirse
en una de las potencias de la zona.
Asentada la paz de Egipto en
estas zonas, decidió el traslado de la capital. La nueva
capital, Per Ramses, se situó en las cercanías
de la frontera del este, en el delta de El Nilo. Ramses
II, trasladando el centro de decisión política
y militar a esta nueva zona de conflicto, pretendía asegurar
la eficacia de la nueva política expansionista que iba
a desarrollar y establecer la hegemonía egipcia en tierras
asiáticas recuperando así la grandeza de sus antecesores
del Imperio antiguo.
La grandeza
de su reinado quedaba plasmada en la posteridad a través
de la arquitectura.
El nuevo enemigo se encontraba
en las tierras al este de la península de El Sinaí.
Era el poderoso reino hitita, que desde Anatolia inició
una arrolladora política expansionista por el Levante mediterráneo.
Las nuevas posiciones hititas hicieron peligrar los intereses
de Egipto en la zona, así como la vía de expansión
hacia zonas fértiles (El sur y este del país eran
desérticos) a través de la costa de Fenicia. En
una hábil y veloz campaña, los ejércitos
de Ramses II cruzaron la península de
El Sinaí, consiguiendo frenar el avance de los hititas
en la famosa batalla de Kadesh, donde demostró
su genio militar.
Uno
de los cuatro colosos representando al faraón
en la fachada del templo de Ramses II en Abu Simbel.
Pero no fue sólo el genio
militar el que caracterizó al faraón Ramses
II. También destacó por una especial habilidad
diplomática. Una vez que consiguió frenar militarmente
las ansias expansionistas de sus vecinos del norte, inició
rápidas conversaciones que posibilitasen el establecimiento
de una paz duradera y beneficiosa para sus propios intereses.
De la misma manera, trataba de establecer una alianza que hiciese
frente a un nuevo enemigo común, el rey Sarmanasar
I de Asiría. La correspondencia mantenida entre
los monarcas es abundante. Gracias a ella, es posible establecer
con gran detalle el proceso de negociación entre Egipto
y el reino hitita. El punto final que selló la paz y la
alianza entre las dos potencias del Oriente próximo del
momento llegó a través del matrimonio pactado entre
el propio Ramses II y una princesa hitita.
La paz trajo consigo un importante
y lógico auge cultural en Egipto. La época de grandeza,
de supremacía política en la zona de influencia,
con su poderío militar, tuvo su pronta correspondencia
con el mundo cultural egipcio de principios del XIII milenio a.C.
De esta manera, Ramses II, el gran militar, estratega
y diplomático, desde el comienzo de su reinado, fue un
hábil constructor que ideó y patrocinó algunos
de los monumentos más espectaculares de la época
faraónica que aún se conservan a las orillas del
Nilo.
Suyos son los templos de Abu Simbel, reconstruido después de su traslado
piedra a piedra después de la amenaza que supuso la construcción
de un embalse en El Nilo. Se trata de dos templos hipogeos, excavados
en la roca en un punto entre la primera y la segunda catarata
del Nilo. En la portada de un edificio perfectamente calculado,
las grandes esculturas colosales nos dan una imagen de cómo
debía ser el gran faraón. Pero sobre todo, nos implica
el enorme poder que llegó a adquirir en vida. Inició
durante su reinado las obras del Rameseum. Pero
también sintió una especial preocupación,
no sólo política sino también artística,
por el grandioso pasado de su reino. La restauración que
acometió de los templos de Karnak y Luxor así lo demuestra, así como la incorporación
de nuevos elementos. En definitiva, la grandeza de su reinado
quedaba plasmada en la posteridad a través de la arquitectura.
Ramses II falleció
después de más 90 de años en el trono. Su
reinado fue uno de los más grandes de toda la historia
de Egipto. Con su muerte, el país de El Nilo inició
un lento proceso de decadencia que nunca lograría superar.