El Krausismo español ::
Revolución cultural e Ideológica ::
El
movimiento krausista conoce en España su auge entre los
años que van de la revolución de 1854 a los albores
de la Restauración (1875). Con él, la interferencia
entre la religión y la ciencia empieza a resquebrajar la
ignorancia y la intolerancia circundantes.
El Krausismo recibe su nombre de un casi desconocido seguidor de Kant, llamado
Karl Christian Friedrich KRAUSE, que vive en
Alemania desde 1781 a 1832, como riguroso coetáneo y adversario
de Hegel; como discípulo de Fichte y Schelling, como estudiante
de Teología en Jena, masón y profesor de Filosofía
en Göttingen, nunca avalado por el éxito social de
sus contemporáneos y al que sin duda, de haberlo sabido,
hubiese maravillado el reconocimiento de sus teorías en
el siglo XIX español.
Pero el Krausismo,
a pesar de su origen germánico, es un fenómeno español,
ya que los discípulos extranjeros de Krause no lograrán
nunca en sus diversos países la incidencia cultural y social
de este movimiento en el nuestro.
El fundador del Krausismo español es Julián
Sanz del Río que nace en Soria en 1814 y, después
de haber recibido su primera formación filosófica
en Granada, impulsado por el conocimiento de los krausistas europeos,
estudia en la Universidad alemana de Heidelberg, donde quedó
sorprendido ante las posibilidades del sistema krausiano. Lo importó
y lo "nacionalizó". El año cero del
Krausismo en nuestro país va a ser 1860,
año en que Sanz publica "El Ideal de la Humanidad
para la vida", que no es más que una traducción
del libro, del mismo título, de Krause y que funcionará
en España como libro de cabecera de toda una generación,
la que vive la revolución de 1868. La
impresión suscitada ante la juventud por el nuevo movimiento
fue inmensa. Giner de los Ríos, uno de esos jóvenes,
dice que fue "un despertar de la vieja modorra al nuevo
pensamiento europeo". El Krausismo ataca la exaltación hegeliana del Estado y roza un anarquismo
moderado y armónico; pero, sobre todo, planteaba una orientación
práctica que, desarrollando las ciencias y las artes, supondría
una regeneración auténtica de la nación.
Igualmente tenía un marcado sentido religioso, no confesional,
por el que Julián Sanz había preferido este sistema
al marxista en su estancia en Alemania, consciente de que podría
ser aceptado sin mayores traumas por la mayoría de los
españoles.
La
ciencia, antes del Krausismo, se refería a un concepto
exacto y razonado sobre materias determinadas.
Por el pensamiento krausista,
la burguesía española va a entrar en contacto con
la crisis religiosa europea, en especial con el tema de la experiencia
religiosa y la experiencia moral, que trabajarían en Europa Schleiermacher y Ritschl. Un poco más ensombrecidos quedarán
los debates continentales sobre la veracidad de los relatos bíblicos
y la revolución biológica, pero no se puede olvidar
que el darwinismo español nace alrededor de la figura krausista
de Giner de los Ríos, que nombrará a Sir Charles
Darwin presidente honorario de su "Institución
Libre de Enseñanza", pero las preocupaciones
por la cuestión religiosa que aporta el Krausismo
son prioritariamente morales y socio-políticas.
Lo cierto es que pensadores y
literatos, antes del Krausismo, son católicos
o pretenden la ortodoxia católica – exceptuando a
personajes aislados como el protestante José BLANCO WHITE
-, mientras que, a partir de él, militan abiertamente en
la heterodoxia. La religión evolucionará hacia una
concepción natural muy marcada por sentimientos estéticos,
en aquellos krausistas que mantengan algún tipo de creencia.
Pero también evolucionará en ellos el concepto de
la ciencia y el del arte.
La ciencia, antes del Krausismo,
se refería a un concepto exacto y razonado sobre materias
determinadas. Poco a poco el concepto se había ido dilatando
para abarcar zonas de conocimiento de más dudosa exactitud,
como las ciencias políticas, morales o económicas;
pero no existía en todo el espectro científico unanimidad
para la inserción de disciplinas como la filosofía,
el derecho o la medicina. El pensamiento alemán había
llegado ya a la unificación de las diversas materias en
una "Doctrina de la Ciencia", lograda a partir de
Fichte, con antecedentes en Leibniz, y que establecía a
la "Ciencia" como la estructura una y total del saber
humano. Krause, discípulo de Fichte en Jena, adoptó
esta interpretación de la ciencia. Julián Sanz,
en su seguimiento de Krause, importó ese concepto a España
y fue Giner de los Ríos quien lo desarrollaría más
ampliamente en nuestro país.
A lo largo de la preponderancia
ideológica krausista, esa idea de ciencia entrará
en conflicto con las instituciones vigentes en el país,
sobre todo cuando despliegue sus posibilidades en el campo de
la reforma de la Universidad (autonomía universitaria)
y de la educación en general (Institución Libre
de Enseñanza). Todo ello engendrará la famosa "Polémica
de la Ciencia española", donde, ante la negativa
de los krausistas (en especial Gumersindo Azcárate) para
aceptar la existencia en el pasado de una ciencia en España,
las fuerzas tradicionalistas, capitaneadas por Menéndez
y Pelayo, salen al trapo proponiendo la ilusoria tesis de que
España y la ciencia nunca estuvieron reñidas.
Los krausistas han
sido, sin duda, los educadores de lo mejor de la España
contemporánea.
Por lo que respecta al arte, éste
se desarrollará desde el Krausismo con
una tonalidad Schellingniana y en base al movimiento románico
de gran parte del siglo. Como buen idealista, Schelling concibe
el arte como la representación de lo infinito en lo finito,
que muestra en encarnación sensible la unidad de lo ideal
y lo real, lo teórico y lo práctico, lo subjetivo
y lo objetivo. Krause y Sanz vivirán de esta concepción
de arte, que Giner se permitirá, sin embargo, criticar,
aplicando al arte utilidades sociales y éticas. Los
krausistas han sido, sin duda, los educadores de lo mejor de la
España contemporánea. Con su negativa a todo dogma
que no sea la dirección de la conciencia sobre la actividad
humana, con su cultivo de la racionalidad en un suelo irracional
y fanático, con su aprecio a la tolerancia frente a la
intolerancia, con su deseo de regenerar a España desde
una educación laica, sensible a lo estético y religioso
y rigurosa cultivadora de las ciencias naturales y humanas desde
la propia experiencia y la propia actividad, nos han acercado
a aquel ideal krausiano que era la unidad de Europa y nos han
mostrado que España podría colaborar a él.
Es sintomático que en la
primera plana de los periódicos del famoso y trágico
18 de julio de 1936, la noticia no haya sido sólo el triunfo
del golpe franquista, sino también el cierre y persecución
de los profesores de la Institución Libre de Enseñanza,
la última institución de inspiración krausista
en nuestro país.