Miguel
de Unamuno ::
Un existencialismo abierto ::
Miguel
de Unamuno y Jugo nació en Bilbao el 29 de septiembre de
1864. Viajó a Madrid a estudiar Filosofía y letras
en la entonces llamada Universidad Central.
Estudió
cuatro años, al final de los cuales se convierte en doctor.
En su juventud, estuvo ligado al tema vasco, especialmente a lo
referente a la lengua. Unamuno usa su interés por la lengua
como un hilo por el que entra en problemas de todo tipo: históricos,
políticos, religiosos. Aunque este hecho se da con mayor
claridad en su juventud, no hay que olvidar que Unamuno profesionalmente
fue filólogo. Desde 1891, con 27 años, fue catedrático
de lengua griega en la Universidad de Salamanca. Pero curiosamente,
lo que más ha marcado su influencia, no ha sido lo que
ha escrito como filólogo, sino lo que ha publicado como
escritor, como articulista de prensa, como ensayista, como novelista,
como dramaturgo y poeta. Friedich Nietzsche puede ser otro claro
ejemplo en este sentido.
Con
respecto a la filosofía, le ocurrió lo mismo
que en el resto de los diferentes ámbitos: no permaneció
en una posición fija.
Ejerció
como rector de 1900 a 1914, fecha en la que fue destituido de
este alto cargo administrativo a causa de su toma de partido a
favor de los aliados y en contra de los imperios centrales. En
1924, fue expulsado de la universidad e inmediatamente arrestado
por orden de Primo de Rivera, cuya dictadura había denunciado
con energía. Liberado de donde se encontraba preso en Fuerteventura,
fue a París, y posteriormente llegó a Hendaya, donde
estuvo residiendo hasta la sustitución de Primo de Rivera
en 1930; regresó entonces a Salamanca triunfalmente. El
alzamiento del 18 de Julio de 1936 pronto lo volvió a asumir
en el desconcierto. Franco lo destituyó tras el incidente
del 12 de Octubre, en que se alzó contra las crueldades
de los franquistas. Murió, dos meses y medio después,
en Salamanca.
Con
respecto a la filosofía, le ocurrió lo mismo que
en el resto de los diferentes ámbitos: no permaneció
en una posición fija, sino que fue evolucionando según
pasaban los años. Hay un hecho importante a tener en cuenta
que se da en 1897. Es una crisis que marca significativamente
la vida del escritor. La bibliografía existente sobre Unamuno
ha señalado normalmente esta crisis como el paso al Unamuno
conocido, el auténtico, el del quijotismo, el tragicismo
y, en general, de la voluntad y la pasión.
Si
es cierto que la relación de Unamuno con la filosofía es indudable e íntima; más aún, toda su obra
resulta una meditación trascendente que apunta a la constitución
de una metafísica. Sin embargo, considerado el pensamiento
de Unamuno desde la perspectiva del filosofar técnico (idealista
o de esencias), posiblemente no halle acogida dentro de una rigurosa
historia de la filosofía. Pero el filosofar técnico
no es más que una forma del filosofar, tan sometida a la
historia del pensamiento como cualquier otra, y claramente acotado
en un sector de la cultura occidental. Desde este sector, racional,
objetivo y cientificista, sólo se reconoce a Unamuno un
problematismo filosófico cuya agudeza y originalidad le
hace coincidente con aspectos fundamentales de la filosofía
existencialista. La reacción inicial de la filosofía
existencialista ha sido la de torsionar el cuello del hombre,
que estaba vuelto hacia su espalda, obligándole a mirar
de frente o haciéndole ver y vivir de nuevo su cualidad
de existente; es decir, reconociéndole con su intimidad
y desvalorizando todo sistema de certeza cognoscente y seguridad
objetiva a beneficio de la cura o cuidado que acompaña,
como la sombra al cuerpo, al hecho mismo de estar en el mundo.
Simultáneamente, el hombre ha dejado de ser una conciencia
espectadora y presentacional frente al mundo para convertirse
en una conciencia actora, dramatizada, agonizante como diría
Unamuno. Tal actitud equivale, en el fondo, a una actitud religiosa.
En su obra maestra, Del sentimiento trágico de la vida
en los hombres y en los pueblos (1915), el filósofo vasco
constata que cada uno de nosotros pone toda su energía
en la subsistencia. Este deseo de supervivencia exige, por lo
demás, la eternidad completa. El hombre concreto, el hombre
de carne y hueso quiere a la vez salvar su yo y abarcar la totalidad
de los seres del Universo. Desgraciadamente, este ser de vida
perpetua y de vida cada vez más plena choca con el obstáculo
dirimente de la muerte. Para intentar escapar a la muerte, los
hombres utilizan numerosos recursos, tan falaces unos como otros.
El sentimiento trágico de la vida cosiste precisamente
en asumir de forma plena esta tensión profunda de nuestro
ser hacia una vida eterna, sabiendo, desafortunadamente, que es
probable que no tenga salida. En lugar de evadirse en un intelectualismo
anónimo o en un optimismo vano, la filosofía tiene
como misión expresar sin cesar esa martirizadora experiencia
de angustia.
Nuestra hambre de inmortalidad personal se sacia en la religión
cristiana, que reposa en esa creencia, y le da a nuestra vida
un sentimiento trascendente. Pero la teología católica
más oficial comete el error de afanarse por justificar
racionalmente el dogma de la supervivencia; intenta apuntalar
la fe, precisamente mediante argumentos que emanan de su adversaria,
la lógica. Unamuno reprocha, pues, al Magisterio cristiano,
su excesiva tendencia al racionalismo.
Hay
que merecer a Dios, colmándole con nuestras solicitudes
e incluso con nuestras inoportunidades que nunca son saciadas.
Ante
esta doble impotencia de la razón y del dogma, Unamuno
plantea sin ningún compromiso la alternativa que se impone
ineluctablemente ante nuestros espiritus, o mejor ante nuestros
inquietos corazones: Tenemos que elegir entre la razón
y la vida, es decir, la fe generosa y sin cálculo. Hay
que aceptar la distinción trágica, la agonía
de la fe inviscerada y ardiente que lucha para arrancarle a su
Dios la promesa segura de la resurrección total y de la
apocatástasis. Hay que merecer a Dios, colmándole
con nuestras solicitudes e incluso con nuestras inoportunidades
que nunca son saciadas.
El entusiasmo sin límite debe sustituir a la razón
discursiva y seca, a semejanza del caballero errante, en defensa
de la viuda y del huérfano, la imaginación ferviente
del creyente será susceptible de transformar el mundo,
gracias a una sabiduría inefable, que no tendrá
nada de pedante ni conformista.
Llena de heroísmo, esta ascensión hacia el Dios
encarnado es un "quijotismo espiritual", impulsado por
el deseo de aventura y la necesidad de justicia, informado por
la esperanza contra cualquier decepción.