Al
sur de la península itálica, en Sicilia, tiene lugar
la segunda eclosión de la filosofía griega, en lo
que era llamado la "Magna Grecia" y en realidad se
trata de un pensamiento de la periferia, en un momento de decrepitud
que sucede a momentos de esplendor.
Continuando
la tradición presocrática en la búsqueda
del secreto último de la naturaleza, encontraron
los pitagóricos que cada cosa podía
expresarse en su forma por medio de los números.
Es
precisamente en estos momentos cuando, a lo largo de la historia,
se fraguan los pensamientos pseudoreligiosos y sectarios, que
saben captar la atención de mentes indecisas y de poderosos
fanáticos. La secta
de los pitagóricos podría haber caído en
estas degeneraciones, si nos atenemos a las múltiples manías
de su fundador y a las tradiciones estúpidas de sus correligionarios:
no comer habas, no pisar las uñas cortadas, etc. Pero Pitágoras de Samos y su secta de Crotona tienen la suficiente entidad para
dar que pensar a lo largo de los siglos. Muchos matemáticos
(Galileo, Fermat) y muchos músicos (Bethoven o Mozart)
se mostraron decididamente pitagóricos. Continuando
la tradición presocrática en la búsqueda
del secreto último de la naturaleza, encontraron los pitagóricos
que cada cosa podía expresarse en su forma por medio de
los números. Así, se hallaba en las formas cuadradas,
su secreto en el cuatro, el dos presidía las formaciones
rectilíneas y un frontón de templo, conteniendo
el triángulo, se resumía en un tres, lo mismo que
la forma de un abeto; mientras que la concha de caracol contenía
un número perfecto, lo mismo que el hombre era expresión
del "tetracton": la numeración ideal. Ampliaron
y ampliaron, debatieron y debatieron sobre la cuestión,
hasta que llegaron a la convicción de que el número
es la causa, sustrato y origen de todas las cosas y que el número
uno, centro del universo, presidía el centro del mismo
en forma de fuego eterno. A partir de él, se subdividía
lo par y lo impar, como imágenes interminables de lo perfecto
y lo imperfecto, una completa armonía en suma, que, como
tal, debía sonar bien: tener su música.
Lo mismo que las notas podían
ser sustituidas por números y sonar bien, así el
universo entero sonaba armónicamente con "la música
de las esferas", latido íntimo y soledad sonora de
un mundo racional, ordenado, donde el hombre podía indagar
la cifra secreta que se ocultaba en todo.
Pero ¿Qué
utilidad última tenía el cultivo de la geometría
y la música? La geometría afinaba la inteligencia
en su búsqueda del control de las formas hasta extremos
increíbles, la música calmaba para esa contemplación
y armonizaba el alma para la misma, de tal modo, que esas dos
actividades, realizadas en el trasfondo del silencio cósmico,
ayudaban al alma en su perfección.
No era lo usual que el griego
considerara al alma como algo más que la armonía
entre todos sus miembros vitales, que, una vez muertos, la hacen
también morir a ella. Sin embargo, Pitágoras y los pitagóricos, llevados por la tradición órfica,
tan antigua como la misma Hélade, que afirmaba el triunfo
del héroe Orfeo sobre la muerte a base de interpretar su
música, llegaron a la conclusión de que, no sólo
por la fuerza el amor, parece necesitarse vivir más y encontrar
cada uno a su Eurídice, sino en razón de la propia
intelección racional, se pedía el cultivo continuado
de la inteligencia y el perfeccionamiento sin fin de la armonía
vital. De ahí que la secta pitagórica diera tanta
importancia a la fortaleza del alma, a la que consideraba, venida
de las estrellas y, hecha de materia sutil, tan delicada para
no soportar fácilmente las estrecheces del cuerpo y malvivir,
si no era educada por la geometría y la música,
hasta la llegada de su huida de tal cuerpo. La prolongación
en el más allá se pensaba en términos órfico-orientales
de la transmigración, donde el alma se sumerge en la continua
rueda de reencarnaciones hasta lograr purificarse plenamente.
Desde la leyenda, que le atribuye,
además de sus rarezas, la invención de la tabla
de multiplicar y su famoso teorema, su tremenda influencia se
hace sentir en muchas filosofías posteriores. Nos queda
de Pitágoras y los pitagóricos, sobre todo, su peso
en la filosofía de Platón por medio de Arquitas
de Tarento, discípulo del siciliano y maestro del ateniense.
Ese peso se evidencia por la importancia que Platón concede
al alma, por su concepción de la misma como encarcelada
en el cuerpo y el consiguiente desprecio platónico hacia
todo lo corpóreo, material y placentero; pero también
se trasluce en la marcha purificadora destinada al alma por Platón
en donde la captación de las formas geométricas,
en el ámbito de lo pensable, reviste la máxima importancia,
antes de adentrarse a pensar en los arquetipos de las cosas. No
en vano, a la puerta de la Academia de Platón, podía
leerse: "Nadie entre aquí que no sepa geometría",
esto es, que no haya dado el salto hacia el pensamiento abstracto.
Maravilloso tributo a sus antecesores pitagóricos que no
necesitaban así ninguna prueba de selectividad (o general
de Bachillerato) para ingresar en estudios superiores.
"Nadie
entre aquí que no sepa geometría"
También en el mundo de
la música resplandecen los pitagóricos. Las cifras
de la armonía tocan el alma de muchos músicos, que,
como ya hemos dicho, se dejaron embaucar a la zaga del pitagorismo
considerando el mundo hecho de secretas armonías con las
que conecta el alma especialmente sensible y purificada. Retornarán
los neopitagóricos en la agonía del mundo helénico,
con más tinte religioso aún, presagiando las sectas
orientales que dominarán el imperio romano. Pero el sueño
pitagórico de encontrar un número para todas las
cosas del universo, volverá a reaparecer en el Renacimiento,
en la prodigiosa mente de Galileo Galilei, que afirmará
pitagóricamente que "la naturaleza está escrita
en caracteres matemáticos" y con ello abrirá
el camino a la separación entre ciencia y filosofía.