Parece
ser que el culto del roble es uno de los orígenes del acto
filosófico en los pueblos de Europa; al menos eso es lo
que afirmaba Sir James Frazer en su monumental e influyente obra
La rama dorada.
La
adoración al dios roble supuso los
cimientos del acto de pensar europeo, iniciado por los pueblos
griego, galos, germano, eslavo y lituano como veremos en las siguientes
líneas.
La adoración
a Zeus en Grecia es más temprana que la adoración
del fornido árbol, pronto...
Aunque la adoración a Zeus
(o Júpiter) en Grecia es más temprana que la adoración
del fornido árbol, pronto se empezó a representar
al "dios-de-dioses" junto a ramitas del árbol
que nos atañe. Incluso a veces el altar del dios del trueno
era puro roble, y las gentes llegaban a confundirlo con la mismísima
divinidad. Se puede decir que Zeus es el dios-roble. Este aspecto
de identificación de la divinidad con una parte de la naturaleza,
en este caso un roble, supone una invitación a pensar que
el panteísmo, del que varios siglos más tarde nos
hablara Spinoza en su Ética, ya imperaba en las
mentes de nuestros ancestros como forma de interpretación
del mundo circundante. Interpretar lo que nos rodea es lo que
nos empezó a diferenciar del resto de animales y puso la
base para el pensamiento filosófico.
En la Italia antigua se seguía
adorando al roble. El concepto de "causalidad" empezaba
a dominar las mentes de los seres humanos y éstos percibían
que allí donde había robles la fertilidad del suelo
y la fecundidad de los ganados aumentaban considerablemente en
comparación con otras zonas de vegetación distinta.
El acto de pensar, es decir de filosofar o maravillarse por tan
extraña cuestión, invitó a los ancestros
europeos a ligar al dios con el roble ya que éste facilita
la fertilidad (de todos es sabido que dios es ante todo "creación").
Es por esto que el roble, aunque no convertido sensu estricto
en Dios sí que se consagró a Júpiter
(imagen especular del griego Zeus). La adoración de Júpiter
y de su árbol consagrado se instituía así
como una religión, como modo de vida y, en definitiva,
como método filosófico para entender la realidad.
Los pueblos celtas asentados en la Galia
francesa, conducidos por los filósofos de su tiempo, es
decir lo druidas, consideraban que el muérdago y el roble
eran los elementos más sagrados de la naturaleza. De hecho,
la imagen céltica de Zeus es un enorme roble. Para más
inri, etimológicamente "druida" significa "hombre-roble".
Estos "filósofos-robles" daban cuenta de la
realidad apelando al árbol-dios. Sus tácticas o
filosofías de guerra, de convivencia, de armonía
social, de satisfacción de necesidades fisiológicas
o espirituales, etc. Se consultaban con el roble. Este árbol
no cumplía más que con la función de conciencia,
concepto éste que no aparecería en el modo de percibir
humano hasta varios siglos más tarde, pero que mientras
duró aportó cierta "calma o satisfacción
intelectual" a los ciudadanos de la época.
Los antiguos pueblos germanos, igualmente,
profesaban una veneración exagerada por los bosques. Además,
como el lector avisado podrá intuir, el rey del bosque
para ellos era el roble, a quien erigían como dios debido
a su asociación con la fertilidad ya que pensaban que su
robustez era la causante de atraer las lluvias y por ende las
buenas cosechas.
Es muy curioso que pueblos tan dispares
entre sí, acudieran al roble para explicarse fenómenos
de la naturaleza.
Apartándonos poco a poco
de la Europa meridional para adentrarnos en su centro nos encontramos
con los pueblos eslavos, quienes también filosofaban a
través de la categoría mental de "roble".
Lo consideraban el fabricador de relámpagos y único
dios de todas las cosas al que se le ofrecían bueyes como
muestra de agradecimiento o por mera petición de lluvias
o de fertilidad para la tierra. Los lituanos, al igual que los
eslavos, y los pueblos europeos meridionales también consagraban
al dios del trueno y del relámpago (a quien denominaban
Perkunas) la figura del roble. De hecho, una vez los misioneros
cristianos se dedicaron a talar todos los robles de la zona para
eliminar las supercherías y el pueblo se levantó
contra ellos por considerarlo la peor de las blasfemias. Asociaban
al roble como hacedor de buenas cosechas, con lo cual había
que cuidarlo con mimo. De hecho llamar dios al roble es lo de
menos ya que está claro y suficientemente demostrado por
la ciencia contemporánea que allí donde hay robles
el suelo se enriquece y por tanto las cosechas son mejores…
Aunque hoy en día no creamos que el roble es un dios sí
que debemos seguir tratándole como tal si queremos aumentar
la riqueza de nuestras tierras. El acto de pensar hoy o ayer es
el mismo, a la hora de la verdad se trata de cuidar a los elementos
cruciales de la naturaleza, aunque las justificaciones sean religiosas,
científicas o filosóficas.
Es muy curioso que pueblos tan dispares
entre sí como los que hemos visto, que jamás tuvieron
contacto entre ellos, deificaran la figura del roble o, mejor
dicho, acudieran a él para explicarse fenómenos
de la naturaleza. Parece como si la mente humana evolucionara
independientemente del difusionismo cultural y vaya aumentando
su complejidad a la hora de explicar la realidad todos a una,
sin contacto alguno entre los pueblos, es decir, el paso del mito
al logos es un universal de la cultura humana.
Identificando al roble con la
verdad máxima y por tanto dotándole de ciertas características
como hemos visto no difiere en nada con la identificación
de verdad que se ha hecho a lo largo de la historia de la Filosofía.
Pero lo importante fue que en los orígenes de los pueblos
de Europa había un nexo común: la necesidad de encontrar
la verdad, y el roble les sirvió de paradigma hasta que
se encontró otro mejor con los filósofos presocráticos.
El proceso racional que dice que la manzana cae del árbol
porque debe haber una ley gravitacional es similar al proceso
lógico que afirma que si hay fertilidad es porque hay un
dios que la facilita y ese dios debe ser el roble porque es el
que se encuentra próximo a ese estado de fertilidad. No
es desmesurado afirmar, por todo lo visto, que el acto de filosofar
por esos pueblos del mundo comenzó gracias a un árbol,
y que la adoración del roble se sitúa en los orígenes
de la cultura europea.