Con el
nombre de las Guerras Carlistas se conoce a las tres guerras civiles
que tuvieron lugar en España durante el siglo XIX por la
sucesión al trono, tras la muerte del rey Fernando VII.
En
ellas se enfrentaron, por un lado, los partidarios de los derechos
al trono de la hija de Fernando VII, Isabel II, y, por otro, los
que defendían la línea dinástica encabezada
por el hermano de aquél, Carlos María Isidro de
Borbón (el infante Don Carlos) y sus posteriores descendientes.
El
conflicto se localizó fundamentalmente en la zona de Cataluña,
Navarra y el País Vasco, con ligeras ramificaciones en
el interior, y estuvo marcado por la desigualdad de recursos y
medios materiales entre uno y otro bando, así como por
sus distintas simbologías y estrategias.
El
"¡Viva Carlos V!" pronunciado en Talavera
de la Reina el 3 de octubre de 1833 por Manuel María
González, luego detenido y fusilado, se considera
el pistoletazo de salida de esta guerra civil.
La
muerte de Fernando VII el 29 de septiembre de 1833 fue el inicio
de este enfrentamiento entre los denominados isabelinos o cristinos,
partidarios de la legitimidad al trono de la regente María
Cristina de Borbón, madre de Isabel II, y los defensores
del infante Don Carlos, los carlistas, que defendían la
validez de la Ley Sálica por la que las mujeres no podían
reinar.La primera
guerra carlista se desarrolló fundamentalmente en el País
Vasco, Navarra, Pirineo catalán y la zona del Maestrazgo,
desde 1833 hasta 1840, y es conocida como la Guerra de los siete
años. El conflicto estuvo desnivelado desde un principio
debido a la neutralidad de los Estados Pontificios y al apoyo
sólo moral de la Santa Alianza (formada por Rusia, Austria
y Prusia) a las posiciones carlistas, frente al apoyo decidido
de los liberales europeos a la causa isabelina (Cuádruple
Alianza formada por Gran Bretaña, Portugal, Francia y España).
La escasez económica y armamentística del carlismo
y la prolongada duración de la contienda, que enmascaraba
los objetivos iniciales de lucha y acentuó los contrastes
ideológicos y socioeconómicos de uno y otro campo,
evidenciaron las dificultades de una solución negociada
del conflicto, además de la demostrada pericia de los militares
carlistas, su profundo conocimiento del medio físico en
que se desenvolvía la guerra y la decisiva complicidad
de la población civil.
El "¡Viva
Carlos V!" pronunciado en Talavera de la Reina el 3 de octubre
de 1833 por Manuel María González, luego detenido
y fusilado, se considera el pistoletazo de salida de esta guerra
civil. El bando de los carlistas comenzó disperso y poco
organizado, hasta la entrada en acción del coronel Tomás
de Zumalacárregui, que lo convirtió en un pequeño
ejército disciplinado y puso en marcha una efectiva táctica
de guerrillas que propició célebres victorias para
la causa carlista. Sin embargo, tras la muerte de este caudillo
militar, en junio de 1835 se produjo un gran retroceso del bando
carlista, plasmado en el desastre de la Expedición Real
en su marcha hacia Madrid y en el repliegue en el norte, lo que
llevo a la firma del Convenio de Vergara entre Espartero y Rafael
Maroto el 31 de agosto de 1839, punto final de las hostilidades
en esta zona y a raíz del cuál Don Carlos se exilió
a Francia. La resistencia del militar Ramón Cabrera y Griñó
en El Maestrazgo prorrogó la lucha en tierras catalanas
hasta mayo de 1840, cuando se consumó la entrada de Espartero
en Morella (Castellón) y la retirada de Cabrera hacia la
divisoria francesa. El cruce el 4 de julio de esta línea
fronteriza por los últimos soldados carlistas supuso el
final de esta primera guerra carlista.
Las expectativas
frustradas de matrimonio entre Isabel II y Carlos Luis de Borbón
y de Braganza, conde de Montemolín y primogénito
de Don Carlos, propiciaron de nuevo el inicio de la contienda
en 1846, en la que se conoce como la segunda guerra carlista o
Guerra dels Matiners. Históricamente se ha conocido a los
protagonistas de esta guerra como los "madrugadores"
(matiners).
En
febrero de 1876 cuando Carlos VII cruzaba el puente de Arnegui,
huyendo de España rumbo al exilio, pronunció
su histórico "volveré", que nunca
se llegaría a cumplir.
En 1847 continuaron
las acciones guerrilleras del bando carlista, que contaba con
hombres muy preparados al frente como Bartolomé Porredón,
más conocido como Ros de Eroles, Benito, Tristany, Juan
Castells, Marçal, etc., logrando incrementar sus efectivos
de cuatro a diez mil hombres a raíz del retorno a Cataluña
de Cabrera, apodado "el tigre de El Maestrazgo". Al
frente de las filas isabelinas se sucedía una sarta de
jefes y capitanes generales (Bretón, Manuel Pavía
y Lacy, Manuel Gutiérrez de la Concha y Fernando Fernández
de Córdova), que eran incapaces de pacificar el conflicto.
La incorporación de elementos progresistas y republicanos
a las filas carlistas, al hilo del impacto de las revoluciones
de 1848 en el continente europeo, complicó aún más
la situación. La abortada venida a España desde Londres del Conde de Montemolín, en la primavera de 1849,
acabó por disolver los reductos carlistas, que optaron,
al igual que Cabrera, por su traslado a Francia, sin quedar rastro
de ellos en Cataluña en mayo de 1849. En
1872 y hasta 1876 las tropas del pretendiente Carlos VII (duque
de Madrid) se enfrentaron con las de los sucesivos adeptos de
Amadeo I, de la I República y de Alfonso XII, en lo que
vino a ser la tercera guerra carlista. Cataluña y el País
Vasco fueron los escenarios principales de estas últimas
contiendas del que se llamó "ejército de Dios,
del trono, de la propiedad y de la familia". Durante estos
años se produjeron un sinfín de enfrentamientos
armados, unas veces favorables a los rebeldes, como las batallas
de Estella, Santa Bárbara, Montejurra, Luchana, Desierto
y Portugalete, y otras que pusieron en evidencia sus errores,
como el sitio de Bilbao, la toma de Cuenca y la marcha hacia Valencia.
En estos años
se produjeron varios acontecimientos reseñables como la
designación del infante Alfonso Carlos al frente de los
combatientes catalanes y la devolución testimonial a este
pueblo de sus fueros perdidos, o las atrocidades del cura Manuel
Ignacio Santa Cruz, encarcelado por los propios carlistas y cruel
excepción que confirma la regla del derramamiento indiscriminado
de sangre inocente.Finalmente,
la restauración de la Casa de Borbón se produjo
en diciembre de 1874 con la subida al trono de Alfonso XII, hijo
de la destronada Isabel II, demostrando, antes de certificarlo
las armas en Cataluña y Navarra, la inutilidad del empeño
carlista por acceder a la corona de España.
En febrero
de 1876 cuando Carlos VII cruzaba el puente de Arnegui, huyendo
de España rumbo al exilio, pronunció su histórico
"volveré", que nunca se llegaría a cumplir.