Justiniano
nació en Iliria. Hijo de unos padres humildes se educó
en Constantinopla. Muy pronto fue nombrado cónsul y sucesor
del trono de su tío Justino.
Justiniano
quedará principalmente en los anales de la historia
por ser el inspirador del Corpus Iurus Civilis.
El reinado de Justiniano entre
los años 527 y 565 es considerado como la primera edad
de oro del imperio bizantino. Se trataba de un personaje comprometido
con su trabajo, autócrata, siempre controlando los entresijos,
por insignificantes que fueran, de su gobierno y defensor a ultranza
de la ortodoxia definida en el Concilio de Calcedonia del año
451.
Justiniano quedará principalmente
en los anales de la historia por ser el inspirador del Corpus
Iurus Civilis. La intención de este código era recopilar
en una serie de leyes la tradicional jurisdicción romana
y armonizarla lo que fuera posible con la cristiana, a fin de
crear un imperio homogéneo. Del mismo modo, desde el punto
de vista del derecho y el gobierno suponía el instrumento
básico de desarrollo de la política absolutista
que la emblemática basílica de Santa Sofía
expresaba en imágenes plásticas. Estaba dividido
en cuatro partes: "El código de Justiniano",
redactado en latín, que resumía los edictos imperiales
desde la época de Adriano en el siglo II hasta el 533,
el "Digesto o Pandectas", que se trataba de una colección
sistematizada de los textos jurisconsultos romanos, las "Novellae",
redactas en griego por el propio Justiniano que indicaba claramente
la ruptura evidente entre las dos partes del Mediterráneo,
y los "Instituta", que constituía un material
para los estudiantes del derecho y una especie de síntesis
de los tres anteriores.
Esta compilación jurídica
de Justiniano recogió de manera clara la herencia del Bajo Imperio Romano que reforzaba la intención de centralización,
separación de lo poderes civil y militar, control general
de las actividades y profesionalización de los funcionarios.
De mismo modo también heredó las debilidades de
esa época, especialmente dos de ellas, la obsesión
enfermiza por recaudar fondos a través de los impuestos
para mantener la política imperialista del monarca y el
gigantismo administrativo. Posteriormente fueron apareciendo más,
como la intención de apropiarse una sola persona de poderes
civiles y militares, lo que ponía en peligro el buen funcionamiento
del Estado.
Su programa de romanizad, inmovilidad
y unidad, era el de un emperador autócrata que tenía
el derecho a decidir en todos los campos. Trató de ser
el quicio de toda política, tanto civil como religiosa,
y para ello mando construir sendos edificios. De una parte el
palacio imperial, sólo conocido por las excavaciones que
se realizaron en él. Por otro la Iglesia de Santa Sofía,
es decir, de la Santa Sabiduría. Existía por tanto
una identificación entre el Dios encarnado (Cristo) y el
representante de Cristo en la tierra
(el emperador). El palacio imperial y la basílica formaban
el núcleo fundamental de la capital, Constantinopla, con
dos lenguas de agua y una muralla de nueve kilómetros que
representaban la garantía de supervivencia del Imperio.
La intención ideológica
del programa de Justiniano tenía como principio fundamental
la unidad intelectual de base cristiana según decía
la definición del Concilio de Calcedonia del año
451. El emperador tomó dos decisiones importantes, por
un lado tomó la determinación de cerrar en el año
529 la escuela o academia de Atenas, el último centro de
cultura clásica pagana en el Imperio, y por otro, controló
de manera firme a los monofisitas, judíos y maniqueos,
hasta llegó a perseguirlos en algunas ocasiones con su
idea de mediador entre Dios y los hombres y de vigilante activo
de la salud espiritual de sus súbditos.
Los resultados de la política
imperial de Justiniano en los temas de religión fueron
bastante irregulares. Los monofisitas, amparados en la emperatriz
Teodora, se hicieron fuertes en las zonas de Siria y Egipto. A
los judíos se les prohibió el casamiento con los
cristianos, fueron inhabilitados para el ejercicio de cargos públicos,
se vieron obligados a hablar el griego en sus liturgias y acabaron
en la mayoría de las veces siendo perseguidos. Con este
panorama cuando los musulmanes entraron en el Imperio Bizantino,
los judíos los anunciaron como auténticos salvadores.
Por último los maniqueos, que se encontraban en las provincias
fronterizas con el Imperio Persa, habían sido también
perseguidos desde el inicio del reinado de Justiniano, lo que
les incitó a convertirse en potenciales colaboradores del
ejército persa.
Entre tanta dificultad para unos
sectores de la población, siempre hay otros que salen beneficiados
de la situación, y en este caso eran los monjes. Fortalecieron
sus posiciones en las ciudades, en especial en la capital del
Imperio, como en algunos monasterios del mundo rural, que en muchos
casos han llegado hasta nosotros, como los de San Sebas en Palestina
y Santa Catalina del monte Sinaí. A partir de Justiniano
estos monjes serían un grupo poderoso de presión
en la historia del Imperio Bizantino.
La segunda parte del reinado
de Justiniano tuvo como problemas principales la pérdida
parcial del control público del Estado, quizás especialmente
en el mundo rural, y la fractura rural que se produjo entre los
grandes propietarios y los pequeños campesinos, además
de un agotamiento claro por su política expansionista.
La gente del campo no protagonizó ningún tipo de
protesta o revuelta de grandes dimensiones, pero su marcha al
monasterio, al ejército, al bandolerismo o a los núcleos
urbanos eran síntoma de la desestructuración del
sector rural bizantino.
De todos modos el programa de
unidad e inmovilidad de Justiniano tenían el objetivo claro
de la reconstrucción física del conjunto del antiguo
Imperio Romano. No podía permitir la fractura del Mediterráneo
entre un Occidente germanorromano y un oriente griego.
Las operaciones militares en
el Mediterráneo Occidental tuvieron su punto de atención
en el reino vándalo del norte de África bajo el
mando de dos generales de reconocido prestigio que derrotaron
sin problemas a los norteafricanos. Hubo también poco después
insurrecciones bereberes que se prolongaron en una guerra de guerrillas,
que aunque terminaban con buen resultado para lo bizantinos suponían
muchos gastos militares que no encontraban compensación
y sí un aumento de la presión fiscal. Además
las consecuencias de la peste debilitaban las posibilidades de
producción y recaudación fiscal, y si tenemos en
cuenta la creciente amenaza persa y de nuevos pueblos como los
búlgaros, eslavos y ávaros, queda bastante de manifiesto
la brillante fachada exterior que tenía el Imperio y su
debilitamiento interior cada vez más grande. Con esas circunstancias,
en el año 565, Justiniano murió.