Los
francos aparecen en Europa en el siglo III. Se establecen en tierras
del Imperio Romano dos siglos después, en la actual Bélgica
y norte de Francia.
Existían
dos grupos étnicos mayoritarios: los salios y los ripurios.
Sus relaciones cordiales con la sociedad galorromana, a pesar
de que la Ley Sálica suponía un problema a la influencia
del derecho romano, permitieron que, una vez finalizada la vida
del Imperio, los francos se asentaran como un pueblo poderoso
en la Galia. Por otro lado estaban los visigodos al sur, al este
los burgundios y un pequeño territorio al lado de París.
Se establecen en
tierras del Imperio Romano dos siglos después, en
la actual Bélgica y norte de Francia.
De todos ellos el más poderoso
parecían los visigodos pero la situación varió
a favor de los francos con la aparición
de Clodoveo (481-511). Con su conversión al catolicismo
consiguió el apoyo del papa y de Bizancio, lo que supuso
una ventaja a la hora de derrotar a los visigodos en Vouillé
en 507 y expulsarlos de la Galia. Reforzaron la zona norte y consiguieron
proclamar a la ciudad de París como la capital. La gran
capacidad organizativa de Clodoveo hizo que repartiera su reino
entre sus cuatro hijos, quienes iniciaron un periodo de dos siglos
caracterizados por una especie de autocracia y anarquía.
En los años sucesivos hubo varias unificaciones, con Clotario
I, Clotario II y el siguiente sucesor, Dagoberto, lo que daba
a entender que la realidad social apoyaba una gran fragmentación
regional.
La historia de los merovingios,
palabra que procede de Meroveo, primer rey de la dinastía,
estuvo protagonizada por la gran cantidad de grupos étnicos
que había en la Galia, por el creciente poder de los obispos
y la creación de los monasterios. Se asentaron en ducados
como la Champaña o Toulouse y sobre todo se hicieron con
las zonas de Austrasia, Neustria y Borgoña. Con el tiempo
estos lugares se fueron haciendo más fuertes por separado
por lo que la figura de los monarcas empezaba a tambalearse por
el poder que cada vez iban reuniendo los denominados "mayordomos
de palacio", que, conscientes del poder de los monasterios
y los obispos, trataron de designar a los ocupantes de las sedes
episcopales a la vez que fortalecían a las nuevas dinastías.
Los que tuvieron más éxito
fueron los mayordomos de Austrasia. Arnulfo de Metz y Pipino de
Landen, principales cabecillas de dos ramas familiares, se unieron
y formaron una verdadera dinastía a través de los
matrimonios de sus hijos. Un nieto de aquéllos, del mismo
modo, Pipino de Herstal, a la manera de un rey merovingio, unificó
de nuevo en su persona los tres reinos en el año 687 y
desde su cómoda posición se aventuró en la
conquista y evangelización de Frisia. Ocupó su lugar
un hijo bastardo, Carlos Martel, cuyo buen hacer puso las bases de la construcción política que realizaría
Carlomagno y su padre Pipino el Breve.
La fama de Carlomagno no es gratuita.
Llevó su ejército a muchas de las fronteras y terminó
ensanchándolas hasta los mismos confines de la cristiandad
latina. Se apoderó de la corona lombarda, ocupó
sin oposición la zona de la Germania cristiana, tuvo la
intención de convertir a los sajones, acabó con
el poder de los ávaros, frena las incursiones del peligroso
imperio islamita, y por último quiso atravesar los Pirineos
deseoso de aumentar la marca o territorio fronterizo que separaba
su reino con Hispania, aunque es aquí donde por fin se
acaba el paseo triunfante de Carlomagno al ser frenado en Roncesvalles.
Existían dos grupos étnicos
mayoritarios: los salios y los ripurios.
Mientras tanto, el papa, ante
el cariz que van tomando los acontecimientos, y las no muy buenas
relaciones con Carlomagno, aceptó la idea de coronar al
franco. El día de Navidad del año 800, León
III, utilizó el ritual de coronación de los bizantinos pero con la peculiaridad de que invirtió su orden: puso
la corona sobre la cabeza del rey y después animó
a la asamblea y al pueblo a aclamarlo. Este orden que a primera
vista podría no ser muy significativo, fijó para
la historia la imagen de que era el propio pontífice quien
concedía el Imperio. Este tema será uno de los motivos
de discusión medieval sobre quién posee la autoridad
hegemónica sobre el pueblo cristiano: ¿el papa por
ser cristiano o el emperador por ser el representante del pueblo?
En ese instante, desde luego, el rey franco era bastante más
poderoso y se aseguró de que el papa no fuera más
que un ministro religioso del Imperio, por supuesto, sometido
al emperador.
Carlomagno murió en el
año 814, siendo sustituido en el poder por su único
hijo con vida, Luis el Piadoso, cuya tarea de mantener el poder
de todo un imperio fue mucho más complicada que el hecho
de crearlo para su padre. Todo poco a poco empezó a derrumbarse
y se multiplicaron los problemas: las dimensiones y variedad del
territorio, la tendencia a la privatización de las competencias
del poder público, la carencia de nuevos objetivos exteriores
que movilizaran las energías de la aristocracia y la forma
de ser del nuevo emperador, mucho más débil que
su padre y que además estaba dejando ganar terreno a la
Iglesia en su intención de recuperar el prestigio perdido
con la coronación del año 800.
Luis el Piadoso tuvo varios hijos,
lo que suponía que por primera vez en la historia carolingia
desde los tiempos de la mayordomía de Pepino de Herstal
en 687, tener que repartir el imperio. En el año 843, por
el tratado de Verdún, la Europa occidental quedó
definitivamente dividida en reinos independientes. La parte central,
signo inequívoco de la artificialidad del reparto, recibió
el nombre de Lotaringia, por su primogénito Lotario, que
ocupaba las dos grandes capitales, Aquisgrán (ciudad principal
en la época de Carlomagno) y Roma, lo cual no le sirvió
para mantener su hegemonía entre sus hermanos. La parte
occidental quedó para Carlos el Calvo y la oriental para
Luis el Germánico.
Esta fragmentación en
partes, junto a la falta de liderazgo de las siguientes generaciones
de monarcas, la nueva autoridad de algunas aristocracias locales
y el fin de la perfecta estructura completa de la sociedad de
tipo antiguo, y si además añadimos los ataques y
saqueos que los territorios estaban sufriendo por las denominadas
"segundas invasiones", acciones llevadas a cabo por
sarracenos, vikingos y húngaros, dejaron el imperio completamente
desmembrado, lo que llevaría consigo posteriormente el
nacimiento de Francia con la dinastía de los capetos. El
último rey carolingio, Luis V, moriría en 987.