Federico
García Lorca, padre de esta notable obra es, según
diversos críticos, el escritor más célebre
de la literatura española, codo a
codo con Cervantes.
Bodas
de sangre, obra inicial dentro de una trilogía
de tragedias rurales (Yerma (1934), La casa
de Bernarda Alba (1935)).
A lo largo de su travesía
en el mundo de las bellas letras, truncada prematuramente por
fuerzas despiadadas y enemigas de la libertad, presenciamos un
universo repleto de simbolismo y temas que obsesionaron a Lorca como: la fuerza de la pasión, el inexorable paso del tiempo,
la soledad y la muerte.
Bodas de sangre, obra inicial dentro de una trilogía de tragedias rurales
(Yerma (1934), La casa de Bernarda Alba (1935), nos adentra en esos pueblos andaluces quemados por un sol abrasador
donde la madre tierra maldice la sequedad de su vientre a pesar
de los esfuerzos de los Hombres por sembrar y cultivarla. Lugares
olvidados en los que se exacerban las pasiones y las tendencias
primitivas. A través de una trama naturalista y sencilla,
el escritor pone de relieve la dura realidad y estrechez del sentido
del honor y de ciertas tradiciones, características de
la sociedad española de la época.
Bodas de sangre es posiblemente la obra más conocida de Lorca, traducida
en varios idiomas, interpretada por múltiples compañías
de teatro, convertida en ballet, supone el inicio del éxito
y de la fama del artista en el extranjero.
Una de las fuentes que dieron a luz a la obra se basa en un incidente
real que fue publicado en un periódico granadino. Mas Lorca
desvía el argumento hacia un mundo irreal donde aparecen
figuras misteriosas y fantásticas.
Obra de teatro en tres actos, Bodas de sangre presenta a entes de ficción anónimos sin rasgos
específicos (La Madre, el Padre, la
Novia, el Novio, las muchachas...) vinculados
irremediablemente con la Naturaleza y un destino fatal. Son seres
genéricos que nos convidan a centrarnos en el poder del
instinto y en una fuerza que controla al Ser Humano reduciéndolo
a una mera marioneta entre sus implacables y traviesas manos.
El propio título nos sugiere
una atmósfera inquietante donde se mezcla en un mismo tiempo,
los deseos y sueños de celebración, de felicidad,
de fertilidad y de continuidad genealógica que acompañan
la unión de una mujer y de un hombre con su contrario,
expresado a través de la sangre. Sinónimo de violencia
y de angustia, que tiene como punto final la angonía y
muerte de los protagonistas.
Las tres primeras escenas del
Acto I acentuan los conflictos entre los requisitos de la pasión
y la sociedad. La Madre del Novio con quien
se principia la obra, aparece vestida de luto llorando en la soledad
el fallecimiento de sus seres queridos. Su imagen encarna la triste
existencia de las mujeres viudas, aisladas de la vida social e
irremediablemente condenadas a llorar por sus muertos. No obstante
sus fuertes aprensiones la Madre intenta alegrarse por
el futuro enlace de su hijo con la Novia. Los padres
de los futuros esposos representan la preocupación por
las propiedades y el dinero, sobre todo en las zonas rurales.
De ahí que el matrimonio refleje las ambiciones de los
padres en un marco social determinado por una tradición
católica y conservadora. Pero por lo contrario, intervienen
la Novia que confiesa su amor incondicional por Leonardo
a pesar de su próxima boda y éste último
no puede ocultar la atracción que siente por la que fue
su prometida, no obstante estar casado y ser padre de familia.
El Acto II recrea todos los aspectos
de la vida con todo el ritmo y afanes humanos, con todos los momentos
alegres y sus insoportables dramas. El júbilo primero después
del sacramento matrimonial y de las festividades se ve aniquilado
por la huida de los amantes. El telón cae sobre el triunfo
de la pasión y de los instintos lo que provoca sentimientos
de furor y deseos de venganza.
A
lo largo del desarrollo del argumento sobresale todo un universo
simbólico con palabras,...
El decorado inicial del último
Acto se desarrolla en un sombrío bosque donde la Novia
y Leonardo intentan esconderse de sus acosadores. Además
seres sobrehumanos interfieren dramáticamente en las vidas
de los Hombres. La Luna con su lívido rostro esparce
su mortal luz para que nadie pueda escaparse de su funesto destino.
Como aliado consorte, el astro nocturno cuenta con la Muerte,
que se disfraza en vieja mendiga en cuya fisionomía, como
en la de la Luna, no es posible discernir un rostro humano.
A pesar de un terrorífico
agobio los amantes se unen abrumados por una fuerza animal alejada
de toda razón lógica y sentido común. Su
entrega resume la fragilidad de unos seres que se ven gobernados
por fuerzas superiores que manejan las existencias de los mortales
a su antojo.
Las muertes de Leonardo y
del Novio se descubren en una escena trágica.
Los familiares derrumbados lloran sus pérdidas a través
de la belleza de la Naturaleza que se marchita presurosamente
y se convierte en polvo.
Entre el comienzo y el fin de la obra encontramos una admirable
semejanza, es decir un inexorable recorrido hacia un punto determinado
donde el sufrimiento de la vida se hace cíclico y predestinado.
Otra vez aparece la imagen desoladora de la mujer envejeciendo
sola, prisionera de una fatalidad sin reparo. La última
escena de la obra nos envuelve en un sentimiento de agonía
de una manera a la vez colectiva y solitaria bajo un prisma rotundamente
pesimista.
Según Gwynne Edwards¹ Bodas de sangre designa la pequeñez y el desdeñable estatuto de
las criaturas humanas : ... las figuras humanas se hallan
circunscritas, de un lado por el Destino y de otro por la Muerte
misma, lo cual nos indica cómo en la vida real los seres
humanos se hallan rodeados, cercados y achatados en su pequeñez
e ignorancia por fuerzas que les controlan.
A lo largo del desarrollo del
argumento sobresale todo un universo simbólico con palabras,
cánticos, nanas, que acarrean un doble y ambigüo sentido.
La representación de la existencia con toda la vitalidad
que estalla cuando se ama, se da la vida está constantemente
acompañada por el acoso temible del infortunio.
Lorca mezcla poesía y drama, prosa y verso para transmitirnos
todo el vigor, el instinto primitivo, el arraigo a la Naturaleza,
el folclore y la aspereza de la tierra andaluza a través
de un decorado huérfano de todo detalle superfluo pero
intensamente significativo.
¹ El
Teatro de Federico García Lorca,
Gredos, Madrid, 1983, pág. 206