EL
crimen de Cuenca
::
Crónica de un desventurado error ::
Cuando
José MaríaGrimaldos López regresaba a su casa
de Tresjuncos se les quejaba a los suyos. No sabía cómo
acabaría el acoso a que le sometían el mayoral y
el guarda de la finca donde trabajaba en Osa de la Vega.
Se
pasaban el día metiéndose con él, burlándose,
gastándole bromas. Se aprovechaban de que el amo, Francisco-Antonio
Ruiz, confiaba en ellos y no aparecía demasiado por el
campo para pedir cuentas o para supervisar personalmente las tareas
emprendidas.
¿Qué
ha podido sucederle al zagal?
José
María Grimaldos trabajaba de pastor. Tenía 28 años
y su vida discurría entre ovejas, a cuyo cuidado dedicaba
la mayor parte del día. José María se había criado
al lado de los animales. Los conocía y los quería.
En cambio, con las personas las cosas andaban de otro modo. Desde
pequeño, había sufrido insultos, vejaciones, abusos.
Su pequeña estatura había contribuido a que se le
llamase "el Cepa". El joven Grimaldos había
tenido una gran suerte cuando entró a trabajar en la finca
de don Francisco-Antonio Ruiz. Allí tendría un sueldo,
y aunque exiguo, asegurado. El trabajo de pastor, ciertamente,
no era una gran cosa ni le iba a permitir hacer progresos en la
vida. Un día transcurría igual a otro, y éste
se hermanaba con el siguiente en una monótona cadena que
muy pocos podían resistir más allá de algunos
meses. El escaso trato con la gente, convertía al pastor
en una persona hosca y de mirada huidiza.
El
20 de agosto de 1910, tras vender unas ovejas, José María
se dirige a La Celadilla dispuesto a bañarse. Por la noche
ya no regresaría a la finca. Al día siguiente de
su desaparición, salta la alarma en Osa de la Vega. ¿Qué
ha podido sucederle al zagal? En la España de comienzos
del siglo XX abunda el bandolerismo. Su tardanza en regresar despierta
los malos augurios. El mayoral, León Sánchez, y
el guarda, Gregorio Valero, se impacientan. Salen con sus cabalgaduras
a dar una batida. No hay rastro del muchacho. Se dirigen, entonces,
al pueblo y dan la voz de alarma. Los vecinos se organizan en
grupos. José María ha podido quedar tendido en los viñedos,
en un campo de olivos o entre las espigas densas y altas de los
trigales. La búsqueda, aunque infructuosa, se prolonga
tras la puesta del sol con la ayuda de los perros y de los fanalillos
de aceite que portan los que han intuido que la noche se presentaría
negra y larga.
Pasan
los días y José María sigue sin dar señales de vida.
En Osa de la Vega cada vez van siendo menos los que miran hacia
el horizonte con la esperanza de ver regresar al zagal de la finca
de don Francisco-Antonio Ruiz. La espera se hace insoportable,
sobre todo para los allegados del desaparecido. Los familiares
no creen que lo haya despedazado un lobo, como comenta el guarda
Gregorio Valero. Poco a poco va germinando una idea en sus cabezas.
Recuerdan que José María se quejaba sin cesar del trato que le
dispensaban el mayoral y el guarda. Acostumbraba describirlos
a ambos como a dos hombretones sin escrúpulos que gozaban
con el sufrimiento que le inferían con sus burlas. Eran
mala gente, sí; eran mala gente, se repetían una
y otra vez, recelosos y desconfiados, los familiares del zagal
desaparecido. Finalmente, no encontraron otra explicación
que el asesinato. Creyeron que León y Gregorio habrían
matado a José María y, tras robarle el dinero de la venta de ovejas,
lo habían enterrado en algún lugar oculto. Persuadidos
de ello, los familiares de José María Grimaldos se presentaron
ante el juez de Belmonte y realizaron la correspondiente denuncia.
Se abren diligencias y en el mes de septiembre de 1911 el juez
considera la causa sobreseída por falta de pruebas en las
que sustentar las denuncias presentadas por la familia.
Dos
años después llega a Belmonte un nuevo juez. Se
trata de don Emilio Isasa Echenique. Es un hombre con una filosofía
de la vida muy definida. El país se desmembra porque no
hay mano dura. La impunidad campea por doquier y los asesinos
no encuentran quien los escarmiente. El juez va poseído
por esa especie de mandato divino que le ordena actuar con severidad.
Sus oídos se hallan muy abiertos para escuchar las acusaciones
de los familiares de José María que insisten en su teoría
del asesinato. El juez Isasa pasa pronto a la acción: manda
detener a los dos sospechosos y los pone en manos de la Guardia
Civil. Son tiempos en los que la Benemérita se compone
de agentes sin ninguna formación. Muchos de ellos, como
gran parte de la sociedad española de aquellos años,
se declaran analfabetos. Con un fusil en las manos se creen los
dueños del mundo. Espoleados, además, por el juez
Isasa, que les da alas, que los arenga y que les marca personalmente
la línea de acción, emplean todo tipo de presiones
y de torturas físicas para que León y Gregorio se
declaren culpables de un crimen que ellos juran no haber cometido.
Mientras tanto, en Osa de la Vega y en Tresjuncos, pueblo de El
Cepa, ya se ha consolidado la creencia de que José María fue asesinado
y que el juez Isasa es un hombre providencial que evitará
que los asesinos queden exculpados. Si alguien hubiera osado poner
en cuestión este hecho, no se le consideraría en
sus cabales. La sentencia popular ya estaba emitida y circulaba
con absoluta unanimidad.
Arropado,
pues, por una opinión pública favorable y, finalmente,
por la confesión de los mismos reos, aterrados ante las
torturas, a finales de 1913 el juez don Emilio Isasa le ordena
al juez municipal de Osa de la Vega que extienda un acta de defunción
en los términos siguientes: "….que José María
Grimaldos López, falleció a las 8,30 o 9 de la noche
del 21 de agosto de 1910 en el palomar de la "Virgen de
la Vega" de este término municipal a consecuencia
de haber sido asesinado por León Sánchez y Gregorio
Valero…".
En el acta de defunción no se determinaba en qué
paraje se había encontrado el cuerpo de la desgraciada
víctima. Tanto el mayoral como el guarda, para huir del
castigo corporal al que estaban siendo sometidos, tras su autoinculpación
señalaron diversos lugares en donde pudiera hallarse el
cuerpo del delito. Pero todas las búsquedas resultaban
infructuosas.
En
1918 los dos reos comparecen ante el juez en la Audiencia Provincial
de Cuenca. Este juicio ha pasado a la historia como paradigma
de un montaje pseudojudicial en el que todos los papeles ya estaban
repartidos y el guión escrito de antemano. Los dos inculpados
no pueden escapar de su condición de víctimas y,
finalmente, son condenados a 18 años de cárcel.
Era el 28 de mayo y, en esa fecha, León Sánchez
y Gregorio Valero ya llevaban 4 años y medio en prisión.
El 4 de Julio de 1925, tras 12 años y 2 meses de condena
cumplida, ambos reos, en virtud de un indulto, son puestos en
libertad.
La
paz y el sosiego ya habían vuelto a las pequeñas
poblaciones de Osa de la Vega y Tresjuncos. Medio año después,
en febrero de 1926, el cura de este segundo pueblo recibe una
carta del párroco de Mira solicitándole la partida
de nacimiento de José María Grimaldo López con la finalidad
de que éste pueda contraer matrimonio. El cura de Tresjuncos
cree morir del sobresalto. Entonces…, si no ha muerto, ¿los
hombres que han pagado con cárcel…? El cura se amilana.
Todo el pueblo, él mismo, han estado convencidos de la
mala naturaleza del guarda y del mayoral. Todos han contribuido
a lapidarlos moralmente antes de que la Guardia Civil los lapidara
físicamente.
¿Qué
hacer ahora?
Su
presencia provoca un auténtico revuelo. Creen estar
viendo a un fantasma. Se frotan los ojos.
Por
lo pronto, el cura de Tresjuncos oculta la noticia. Da la callada
por respuesta. Pero José María Grimaldo, que se impaciencia por
la tardanza de su partida de nacimiento, viaja hasta el pueblo.
Su presencia provoca un auténtico revuelo. Creen estar
viendo a un fantasma. Se frotan los ojos. Finalmente, se persuaden
del error que han cometido con dos hombres que, mientras pudieron
resistir las torturas, siempre habían proclamado su inocencia.
Pero los hechos se hallaban situados ya en la línea de
lo irreversible. En España estalla la indignación
por el error judicial cometido. La prensa contribuye a caldear
el ambiente. Nadie entiende cómo José María ha podido permanecer
16 años sin dar señales de vida y sin enterarse
de la dramática situación que había provocado
en la existencia de dos hombres tras su enigmática desaparición.
El ministro de Gracia y Justicia se ve precisado a intervenir
ordenando la revisión de la sentencia de la Audiencia Provincial
de Cuenca del año 1918. Son muy explícitas las palabras
que se emplean en esta solicitud. Se dice que "hay fundamentos
bastantes para estimar que la confesión de los reos Valero
y Sánchez, base esencial de su condena, fue arrancada en
el sumario mediante violencias inusitadas".
En
esta historia no se concreta muy bien si José María Grimaldos
López llegó a tener conciencia plena del daño
inferido con su desaparición a los dos antiguos compañeros
de trabajo, pero lo cierto es que estos maltrechos hombres ya
no pudieron continuar sus vidas en su pueblo, entre los suyos,
entre unas gentes que los habían condenado sin motivo alguno,
a pesar de que sus voces, recias mientras pudieron, no cesaron
de reclamar su inocencia, su más completa inocencia.