La
"parricida de Santomera"
::
Crimen de una mujer despechada ::
Su semblante desgarraba el alma, incluso la de los menos emotivos.
Su cuerpo, sin fuerzas suficientes, se desmoronaba sobre el de
su marido, un hombre fornido que caminaba a su lado.
El
silencio dejaba oír los sollozos, los ayes desgarrados
de los familiares.
La
pena la envolvía; la desolación se le había
instalado en el rostro mientras seguía el cortejo fúnebre
de sus dos pequeños hijos, Francisco y Adrián, de
6 y 4 años respectivamente, asesinados la madrugada del
19 de enero del año 2002 en Santomera, un pueblo de la
provincia de Murcia, por estrangulamiento con el cable del cargador
de un teléfono móvil.
Los vecinos de Santomera caminaban
detrás de esta madre desgraciada y afligida. Algunos lloraban;
otros callaban, hundida la mirada en el empedrado. El silencio
dejaba oír los sollozos, los ayes desgarrados de los familiares.
Mientras tanto, en la mente de todos germinaba un sólo
pensamiento. Obsesivamente, una sóla idea perturbaba los
ánimos e inquietaba aún más, si cabe, que
el dolor o la indignación: el asesino de aquellos dos pequeños
andaba suelto. La policía no había apresado a nadie.
Tal vez en estos momentos fuese uno de los congregados en el sepelio.
Tal vez las palabras más indignadas saliesen de su garganta,
falsamente, ignominiosamente, como sale una víbora de su
nido sin ser advertida. La madre, Francisca, ha dicho que eran
dos ecuatorianos, se pasaban entre murmullos las gentes. Pelearía
como una leona, los arañazos de la cara así lo evidencian,
sentenciaban los que tenían valor para clavar su mirada
en el rostro compungido de la mujer rota.
La versión que Francisca
González Navarro había dado de los hechos pronto
se conocería en cada casa, en cada grupo que se reunía
para hablar del tema. La noche del 18 al 19 de enero se hallaba
en su domicilio junto a José-Carlos, su hijo mayor de 14
años, y los dos pequeños, Francisco y Adrián.
Su marido, José Ruiz, de profesión camionero, se
encontraba por tierras francesas. En algún momento de la
noche, entraron en su vivienda dos ecuatorianos y la atacaron
en su mismo dormitorio, donde también se hallaban los dos
hijos menores. Perdió el conocimiento y al despertar descubrió
el horrible espectáculo de los niños muertos. Ella
trató de hacer el boca a boca a uno de los dos que parecía
aún con vida, pero infructuosamente. Un cristal roto desde
el exterior y la desaparición de las joyas de Francisca
aportaban cierta credibilidad a sus palabras.
Pero tras el entierro, la Guardia
Civil detuvo a la madre. Había en su declaración
algunos hechos que no encajaban. ¿Por qué se refería
a un ecuatoriano cuando a su familia - a sus cuñados, por
ejemplo- les había hablado de dos? ¿Quién
era esa persona con rasgos ecuatorianos? ¿Cómo era?
¿Por qué aportaba datos sobre su indumentaria – pantalón vaquero, chaqueta de lino y guantes de látex-
y en cambio no explicaba nada sobre sus rasgos físicos.
Y, sobre todo, lo que también alertó a la Guardia
Civil fue la sangre fría que conservaba aquella mujer mientras
hablaba del ataque perpetrado por el imaginario asaltante de su
habitación y que había costado la vida a dos de
sus hijos. Fumaba y tomaba café sin que la voz se le quebrase,
sin que se le notara ese hundimiento desolador y terrible del
alma que se le nota a todo ser humano cuando la muerte ha pasado
a su lado y se ha llevado a dos pequeños e inocentes hijos,
traumática y alevosamente. A los agentes de la Guardia
Civil les repelía esa fría mirada, esa ausencia
de sentimientos en quien debería ser un volcán irrefrenable
de ellos. Mientras tanto las pruebas se acumulaban en contra de
Francisca González. La piel que el pequeño Francisco
conservaba bajo sus uñas estaba siendo analizada. El Instituto
Anatómico Forense de Murcia expedía unas muestras
a su homólogo de Madrid. Las pruebas fueron concluyentes.
Esa piel pertenecía al rostro de la madre de los niños.
El mayor de los dos, en un intento por aferrarse a la vida, debió
arañar a su agresora. La coartada de ésta se desmoronaba
por varios lados. Dijo haber consumido algún gramo de cocaína,
somníferos y alcohol en cantidad considerable. No recordaba
nada, no sabía nada de la muerte de sus hijos. Ella había
hablado de un ecuatoriano que se presentó para robar en
su habitación. Hacia las siete de la mañana, decía.
Los cadáveres de los niños delataban que la hora
de su muerte había sido a las dos y media de la madrugada
¿Qué pasó en ese largo periodo de tiempo?
Ahora ya se sabe todo.
Francisca González estuvo
preparando su coartada, inventando una historia que solo su desvariada
mente podía llegar a creer. Rompió los cristales
de una ventana; pero no como lo haría una mujer sometida
a un ataque de locura. Lo hizo de fuera hacia dentro de la casa,
tal como lo ejecutaría alguien situado en el exterior.
Usó una plancha. Escondió las joyas para que nadie
pudiera encontrarlas y simular un móvil creíble:
el robo. Y, sobre todo, pensó y repensó qué
datos facilitar a la policía sobre su hipotético
y fantasmagórico agresor: un ecuatoriano inexistente, alguien
que sólo existió en la imaginación de su
creadora. Mientras pergeñaba esta historia, en la soledad
de la noche, a su lado yacían dos seres inocentes, inmóviles
y con sus gargantas rotas. Y cuando aún la oscuridad envolvía
aquella tétrica escena, Francisca, salió de su habitación,
depositó su pijama en la lavadora, la conectó y
avisó a su hijo José-Carlos, que dormía en
otra habitación, alertándolo sobre la posibilidad
de que hubiera entrado en la casa algún extraño.
El reloj marcaba ya las siete de la mañana.
Momentos después, José-Carlos corría hacia
la vivienda de su tía Mari- Carmen, hermana de su padre,
a cuya puerta llamaría nerviosa y compulsivamente. A su
casa, explicaba el niño, habían entrado ladrones
y sus dos hermanos, echados sobre la cama, no se movían.
El 27 de Octubre del año
2003 comenzó el juicio sobre el parricidio de Santomera.
En el banquillo de los acusados se sentaba Francisca González
Navarro, madre de los dos niños asesinados por estrangulamiento.
En la acusación particular figuraba el abogado de José
Ruiz, esposo de la acusada y padre de las víctimas. Un
insondable océano de incomprensión y desamor separaba
al matrimonio. Las preguntas del fiscal ponían en evidencia
la relación que ambos habían mantenido en los últimos
tiempos. Francisca, también conocida como Paquita, acusaba
a su marido de malos tratos y de haberla inducido a frecuentar
locales de intercambio de parejas. Ella lo obedecía por
amor, por no perderlo, declaraba la mujer. Él replicaba
que la inductora era ella. En lo tocante a los malos tratos, aclaraba
el hombre que tan sólo la había golpeado de vez
en cuando, pero escasamente. ¿Era eso ser un maltratador?,
se preguntaba incrédulo José Ruiz.
"Te voy a dar donde
más te duele", le espetó a
su marido, clavando la mirada, esa mirada fría
e insensible que nunca la abandona, sobre sus dos hijos
pequeños, a quienes adoraba el padre.
Paquita siempre se había
mostrado celosa del camionero. Sospechaba que le era infiel. Y
eso ella lo soportaba muy mal. Enloquecía tan sólo
de pensarlo. Trató, a su vez, de darle celos a su compañero.
En la sala de la Audiencia Provincial de Murcia así lo
expresó un taxista, Marcos Ruiz, quien declaró que
la acusada solicitó su colaboración para hacerle
creer a su marido que los dos andaban liados. Del móvil
de ella salía mensaje tras mensaje. Asaetaba al marido
ausente por razones profesionales o por otros motivos totalmente
inconfesables, según creía ella. Él perdía
la paciencia. Le contestaba a los mensajes con otros mensajes,
displicentes, desabridos, muy poco conciliadores. La misma noche
del crimen, hasta las dos de la madrugada, se mantuvo Paquita
con el dedo pegado al teclado de su móvil. Su marido corría
por calzadas galas. Discusión a distancia. De pronto, ella
interrumpió sus comunicados. Él se sobresaltó
y dice que la llamó, marcando una y otra vez su número.
Nada. ¿Acaso le rondaba por la cabeza la amenaza que le
lanzó su compañera un día? "Te
voy a dar donde más te duele", le espetó
a su marido, clavando la mirada, esa mirada fría e insensible
que nunca la abandona, sobre sus dos hijos pequeños, a
quienes adoraba el padre. Después…. Después
vino el cable sobre el cuello de un niño. Después,
sobre el cuello del otro. La mujer era consciente de sus actos.
Podía distinguir perfectamente lo que hacía. Así
lo atestiguaron los informes psiquiátricos y así
lo recoge el acta de la sentencia. No pudo soportar los malos
tratos, la vejación y los desprecios que, según
ellas, recibía de su marido. La venganza acudió
a sus manos, como en tiempos lejanos acudió a las de la
maga Medea, y dejó que el destino escribiera, una vez más,
los tristes renglones de un horrendo parricidio. Fue el crimen
de una mujer despechada.
La ley le aplicó a Francisca
González el máximo castigo para este tipo de delitos:
20 años de presidio por cada víctima y unos cuantos
miles de euros para indemnizar a José Ruiz, el padre, y
a José-Carlos, el hermano de los dos niños asesinados
en la pequeña localidad de Santomera.