El
presidente John Kennedy murió tiroteado en Dallas. Era
noviembre de 1963. Nadie pudo determinar si su asesinato se gestó
en las manos de un loco o fue obra de un complot.
Cinco
años después, Robert Kennedy era abatido a tiros
cuando intentaba seguir los pasos políticos de su hermano.
Esta
muerte poseía todos los ribetes de una trágica fotocopia
de la anterior. También en esta ocasión se habló
de un asesino aislado. Pero la opinión pública norteamericana
quedó convencida de la existencia de un complot que se
cebaba con los Kennedy y lograba arrancarles sus sueños
y sus vidas en plena juventud.
Robert
-o Bob- Kennedy se presentó como aspirante a la candidatura
del Partido Demócrata para las elecciones de 1968.
Tras
la llegada de John Fitzerald Kennedy a la presidencia de los EE
UU, su hermano Robert caminó, inseparablemente, a su lado.
Se encargó del área de Justicia y se ocupó
de promover leyes dedicadas a proteger los derechos de las clases
más desfavorecidas o débiles. Durante el mandato
Kennedy -noviembre de 1960 a noviembre de 1963- , fatalmente acortado
por balas asesinas, mejoraron su situación los emigrantes,
los trabajadores, los ciudadanos de diversas razas y las mujeres
en general. La extraordinaria juventud de Robert Kennedy, 35 años,
no le impidió moverse con desenvoltura en un Departamento
tan complejo como el de Justicia.
Cuando John F. Kennedy cayó asesinado en Dallas el 22 de
noviembre de 1963, hubo muchos americanos que pensaron que esa
bala la había disparado algún sector especialmente
molesto por las reformas o por las decisiones de esta singular
familia.
Pero
quien conociera a los Kennedy a fondo sabía que, entre
sus miembros, saldría un nuevo líder, alguien capaz
de aglutinar los viejos sueños, y que apuntaría
una vez más hacia la Casa Blanca con el propósito
de erigirse en Presidente de la Nación. Esta era una familia
imbuida del deseo de entrar en la gloria por la puerta de los
hechos grandiosos. Cuando en 1942, en plena segunda guerra mundial,
el mayor de los Kennedy sucumbió al estallar su avión
en el aire, había surgido la figura del siguiente de ellos,
John, hasta entonces un joven apocado, tímido y mediocre
en los estudios. Cuando tomó el relevo, John se había
metamorfoseado hasta convertirse en un político brillante,
decidido y tremendamente hipnotizador. A
un Kennedy le había sucedido otro Kennedy. Y a John F.
Kennedy, cuando lo asesinó una mano negra en Dallas, le
sucedió en el reinado familiar el siguiente varón
de la lista, Robert Kennedy.
Robert
-o Bob- Kennedy se presentó como aspirante a la candidatura
del Partido Demócrata para las elecciones de 1968. Esta
candidatura la consigue quien obtiene más votos de compromisarios
en los distintos estados americanos. Desde el magnicidio de Dallas,
Robert había logrado recuperarse anímicamente y
comparecía en la escena política con ese brillo
en la mirada y con ese arrebatador carisma que había exhibido
su hermano tiempo atrás. La ilusión que generaba
esta familia renacía de nuevo entre unos rescoldos que
algunos creían -y deseaban- extinguidos para siempre. Los
viejos temores de quienes se habían sentido perjudicados
durante el trienio en el que gobernó un Kennedy afloraron.
Robert era la viva estampa de John. Tenía el mismo verbo
electrizante, el mismo fondo político, el mismo encanto
personal. Se le auguraba un fácil tránsito hacia
la nominación del Partido Demócrata y su fulminante
éxito en las presidenciales que se iban a celebrar en noviembre
de 1968.
A
cinco meses de estas elecciones, el 6 de junio, Robert ganó
las primarias de California. El triunfo significaba un buen augurio
porque en este próspero estado se iniciaba la carrera hacia
la nominación. Bob no había defraudado las esperanzas
depositadas en él. La satisfacción entre los componentes
de su equipo era grande y acudieron al hotel Ambassador, en los Ángeles, para celebrarlo. Entre los actos programados figuraba
un pequeño discurso del candidato, agradeciendo los votos
de sus seguidores. Sus palabras enardecieron a un público
que ya comenzaba a adorarlo. Resueltos a estrechar su mano, a
ver a su ídolo lo más cerca posible, muchos de los
concurrentes llenaban los pasillos por donde Kennedy debía
abandonar la sala. Atravesar esa muralla humana era, en cierto
modo, una temeridad. Bill Barry, antiguo agente del FBI y a la
sazón encargado de la custodia del emergente político
demócrata, decidió que se buscase una nueva salida
sin tanto riesgo. La puerta de la cocina brindaba una solución.
El maitre Karl Vecker se apoderó del brazo de Kennedy y
tiró de él hacia esta segunda puerta. Tras ellos
iban Bill Barry y Roosevelt Grier, otro guardaespaldas, fornido
como un oso.
La puerta que da acceso a la cocina produce un balanceo que obliga
a esperar unos segundos a la siguiente persona que trata de entrar.
En el primer impulso habían pasado el maitre y Robert,
mientras que los guardaespaldas se habían quedado ligeramente
rezagados.
De pronto, veloz como una flecha, de la manera más imprevisible,
Sirham Bishara Sirham, un joven de raza árabe, aprovechó
el vaivén de la puerta y se coló al interior de
la cocina. En una de sus manos esgrimía un arma de fuego,
a la que enseguida obligó a escupir el plomo que llevaba
en el cargador. La
víctima, como en Dallas, iba a ser un Kennedy. Una bala
se alojó en la cabeza de Robert; otra, se le coló
por la axila; y una tercera, le perforó la base del cuello.
El joven político, de tan sólo 42 años, caía
al suelo herido de muerte. Veinticuatro horas después fallecía
en el hospital.
Nuevamente
se reproducía aquella pesadilla que había vivido
el pueblo americano en 1963. Los viejos fantasmas de ayer comparecían,
evocados por esta nueva tragedia. Se desempolvaban las preguntas
que tanto habían mortificado a la opinión pública
cinco años atrás. ¿Quién era el asesino?
¿En nombre de qué o de quién había
actuado? ¿Había sido una acción solitaria
o se trataba de un complot? El estado de ánimo del estadounidense
medio era una exacta fotocopia del experimentado con la muerte
del primer Kennedy.
Al
igual que Lee Harvey Oswald -el hipotético asesino de Dallas-
el agresor de Robert Kennedy era un ser insignificante. De complexión
física menuda, Sirham había tratado, sin conseguirlo,
de encontrar un empleo como jockey. Nadie comprendía cómo
un ser de tan extrema pequeñez había podido burlar
a expertos policías que, además, exhibían
unos corpachones que infundían pavor por su enorme tamaño.
Tras los disparos, reducir al minúsculo asesino, les costó
a estos atletas esfuerzos ímprobos, y esto alentó
la teoría popular de que Sirham pudiera hallarse hipnotizado
y haber actuado únicamente como señuelo o falso
asesino, siendo en realidad otro quien realizara los disparos
que acabaron con la vida del senador.
La
sombra de la CIA y del FBI planeaba una vez más sobre
la muerte de un Kennedy.
Sea
como fuera, el tiempo para la especulación había
llegado. Se contabilizaron los disparos. La versión más
extendida habla de diez. En la recámara del arma de Sirham
-un revólver del calibre 22- sólo cabían
ocho balas. Tres de ellas impactaron en la víctima. Una
cuarta se alojó en el tejido de su chaqueta. Las restantes
produjeron cinco heridos entre los presentes y diversos agujeros
en paredes y techo. Ante tanto impacto, alguna bala debió
tornarse mágica, culebreando de la manera más impensable.
De nuevo comparecían factores que ya se vivieron cinco
años atrás en la muerte de John. Sobre todo, lo
que mayor relieve adquiría era la inoperancia de la policía
y el número de tiros indeterminado. Los que piensan que
hubo más de un agresor esgrimen la teoría de que
Robert presentaba un tiro a quemarropa en su frente, cuando todos
los testigos aseguran que Sirham no se le acercó nunca
a menos de un metro de distancia. ¿Qué otro pistolero
compareció, pues, en las cocinas del Ambassador aquel 6
de junio; y, si fue así, por qué nadie lo delató,
pudiendo salir tranquila e impunemente del escenario del crimen?
La
sombra de la CIA y del FBI planeaba una vez más sobre la
muerte de un Kennedy. Había voces que señalaban
acusadoramente a estas dos organizaciones. El Presidente John
y su hermano Robert habían intentado desde el poder limpiar
los corredores de estos siniestros departamentos. La limpieza
tal vez había molestado a algunos grupos y lo que hacían
ahora era simplemente pasar factura. Pero las especulaciones se
volatilizaban con la misma rapidez que se generaban. Ni una sola
prueba, ninguna implicación clara. Sirham, desde el momento
en que fue detenido, se comportaba como un zombi. Nada sabía.
Nada recordaba de lo que había hecho, pistola en mano.
Días antes de llevar a cabo el asesinato se le había
visto acompañado por una muchacha rubia y un hombre blanco.
La policía no supo encontrarlos. Se habían esfumado
sin dejar rastro. Demasiados fallos de nuevo. Ante la opinión
pública, ante el mundo, un solo asesino, un insignificante
asesino sin otra característica que el miedo reflejado
en sus ojos.
En
1969, Sirham Bishara Sirham fue declarado culpable de la muerte
del senador Robert Kennedy y sentenciado a cadena perpetua. Hoy
en día, pese a sus múltiples peticiones de revisión
del caso, continúa encarcelado. A su lado, entre las cuatro
paredes, oxidándose con el paso del tiempo, se hallan las
verdaderas razones de este enigmático crimen.