El periodo
barroco musical abarca desde finales del siglo XVI hasta mediados
del siglo XVIII. El nombre de dicho periodo era utilizado en sentido
peyorativo por los críticos del estilo artístico
de esta época, caracterizado por una abundante ornamentación
que llevó a los creadores al llamado ‘terror vacui’
o miedo al vacío.
Sin embargo, musicalmente
hablando no se debe más que a una concordancia con el periodo
histórico, pero será una etapa revolucionaria en
la historia que provocará numerosos cambios en la música
que se conocía hasta el momento.
De
esta época destacan Johann Sebastián Bach, Frederick
Häendel, Antonio Vivaldi, François Couperin,...
Lo primero a destacar
de la música barroca es su utilización
como instrumento de propaganda: por las monarquías absolutistas
para fortalecer su imagen frente a su pueblo, y por la Iglesia
de la Contrarreforma como método para apoyar sus planteamientos
frente a las ideas luteranas y para influir emocionalmente al
cristiano. Esto se debe en gran parte a que la música pasa
a convertirse en signo de educación y abandona los recintos
privados para pasar a ser escuchada de forma pública en
grandes teatros, ya que de esta forma llegaba a un público
más extenso de forma simultánea. Además su
gran interés provocaba también que poetas y escritores
participasen en su creación y que apareciera la crítica
periodística y la especializada en los semanarios de la
época.
La ópera
destaca ampliamente entre las nuevas formas vocales profanas que
se crean en la época, aunque también son reseñables
la cantata o la zarzuela, típicamente española.
La ópera responde a la idea de crear un efecto similar
al realizado por el coro griego en el teatro, y aunque tuvo varios
antecedentes en la Edad Media no cobra importancia hasta el nacimiento
en 1670 de la ópera seria en Nápoles. Era una composición
de carácter aristocrático creada para voces solistas
(los castrati o sopranos varones) en la que la melodía
predominaba sobre el texto, con temas mitológicos, y que
se dividía en tres actos subdivididos a su vez en cuadros.
La primera ópera completa conocida es ‘Eurídice’
(1600) de Jacobo Peri y Giulio Caccini. En este género
destacan figuras como Scarlatti (1660-1725) o el genial Claudio
Monteverdi (1567-1643), con operas como ‘Orfeo’
(1607) o ‘L’incoronazzione di Poppea’
(1642), donde nos da muestras de su llamado estilo agitado (combinar
una declamación dramática con sorprendentes efectos
en la orquesta).
En los intermedios
de estas óperas serias fueron surgiendo lo que dio en llamarse
óperas buffas, obras de carácter popular en las
que personajes de clase media parodian a la aristocracia. Las
formas musicales son más libres y las voces son naturales.
La más famosa de estas óperas fue ‘La
serva padrona’ (1733) de Pergolessi (1710-1736).
En cuanto a las formas vocales religiosas, cobraron una especial
importancia el oratorio, la cantata y la pasión. La primera
era una forma vocal religiosa de carácter narrativo que
carecía de representación escénica. La cantata
estaba compuesta sobre un texto religioso lírico en el
que intervienen solos, orquesta y coros, y que está compuesta
por arias y recitados (como las óperas). A diferencia del
oratorio, el coro tiene poca importancia en la cantata. Por último,
la pasión, que es una enorme cantata cuyo tema principal
gira en torno a la Pasión de Cristo, hecha para la celebración
de este suceso.
El nombre de dicho
periodo era utilizado en sentido peyorativo por los críticos
del estilo artístico de esta época.
Pero también
la música instrumental experimenta un cambio y por primera
vez iguala su importancia con la música vocal. Aparece
la sonata, la suite, el concierto... que siguen las técnicas
que se emplean para la música coral: varios instrumentos
actuando a modo de coro; contraposición de planos sonoros
y timbres entre orquesta (tutto), grupo (concertino) y solo o
solista (lo que se llama estilo concertato), contraposición
de movimientos lentos y rápidos, uso del llamado bajo continuo
(línea melódica del bajo que acompaña toda
la canción); y monodia (tipo de canción de armonías
simples y apoyada en una línea de bajo, que rechaza los
complejos contrapuntos) en la que algún instrumento hace
de solista.
La sonata, cuyo
nombre significa música para ser sonada, presenta un claro
contraste en sus movimientos (primero grave, después allegro,
moderato y termina con vivo) y puede ser para un único
instrumento, para un dúo, o para tres instrumentos. La
suite es la unión en una sola obra de varias danzas de
distinto carácter. Y el concierto es una forma orquestal
formada por tres movimientos (allegro-lento-allegro) en la que
se produce un diálogo de contraste entre el concertino
y la orquesta. Puede ser concerto grosso si es para un grupo de
instrumentos y la orquesta o concerto sólo si es para un solista
y la orquesta.
También
digna de mención es la relevancia de la música polifónica
o de contrapuntos, de la que incluso aparecen nuevas formas como
el canon, que consiste en la imitación o repetición
literal del tema fundamental por parte de otra u otras voces que
le siguen. También aparece la fuga, en la que encontramos
un sujeto que establece el principio de la composición,
un contrasujeto que supone la respuesta al sujeto, el cual no
calla sino que continúa en ‘contrapunto’, y
también suele haber voces, que son otras tantas líneas
melódicas simultáneas a sujeto y contrasujeto.
En cuanto a las
figuras más relevantes de esta época destacan Johann
Sebastián Bach, Frederick Häendel, Antonio Vivaldi,François Couperin, Tomaso Albinoni, Giovanni Gabrielli,
Arcangelo Corelli, Claudio Monteverdi, etc.