¿Puede
matar el periodismo? ¿Puede la libertad de expresión
degenerar en genocidio? Se pregunta Marlise Simons, periodista
del New York Times, en un artículo publicado el El País
(4/03/2002). La respuesta parece ser afirmativa a todas luces.
Cuando
se cumplen 10 años de la masacre que acabó con la
vida de más de 800.000 personas en Ruanda, el nombre de
una emisora "La Radio de las Mil Colinas", conocida
también como la "Radio del Odio", todavía
retumba en las silenciosas calles de un país de huérfanos
y viudas.
Una
vez que se inició el genocidio, cambió el carácter
de las transmisiones y empezó a dar detalles de aquellos
que debían ser acosados y asesinados.
Todo
comenzó la noche del 6 de abril de 1994, cuando el avión
en el que viajaban los presidentes de Ruanda, Juvenal Habyarimana,
y de Burundi, Ciprian Ntayamira, fue alcanzado por dos misiles
en el momento en que iba a aterrizar en el aeropuerto de Kigali.
Tras la muerte de ambos mandatarios, extremistas hutus ruandeses,
etnia a la que pertenecía el presidente Habyarimana, iniciaron
una sangrienta persecución contra la población tutsi.
Durante la masacre, la radio fue el medio más efectivo
para arrojar mensajes de odio de forma directa y simultánea
sobre una amplia audiencia.
Entre los tutsis, inmersos desde 1990 en una guerra civil intermitente,
era palpable hacía años la influencia que las ondas
podían ejercer entre los bandos enfrentados. Según
un informe de HRW, en 1991, aproximadamente el veintinueve por
ciento de los hogares tenía una radio. Al inicio del conflicto
el número de equipos se incrementó considerablemente.
En algunas áreas el propio gobierno distribuyó radios
gratuitamente a las autoridades locales antes del genocidio.
Antes de la guerra sólo existía Radio Ruanda, era
la voz del gobierno y del propio presidente, anunciaba discursos
nacionales, nombramientos y cambios en los puestos del gobierno
y los resultados de los exámenes en la escuela secundaria.
En ocasiones emitía información falsa, en concreto
sobre los progresos de la guerra, pero la mayoría de la
gente no tenía acceso directo a otras fuentes de información
independientes para verificarlo.
En
marzo de 1992, Radio Ruanda anunció que los líderes
hutus en Bugesera iban a ser asesinados por los tutsi, una información
falsa que estimuló a los hutus a iniciar la masacre. Tras
la llegada al poder del gobierno de coalición en abril
de ese mismo año fue nombrado director de la emisora un
opositor del presidente Habyarimana. Entonces las facciones hutu
más extremas decidieron crear su propia radio.
La Radio Television Libre des Mille Collines (RTLM) comenzó
a emitir en agosto de 1993. En los primeros meses, hasta el inicio
del genocidio de abril de 1994 difundió de manera divertida
y sutil propaganda anti-tutsi. La evidencia de que era divertida
es que las guerrillas tutsi del Frente Patriótico de Ruanda
preferían escuchar RTLM en vez de su propia estación
de radio. Una vez que se inició el genocidio, cambió
el carácter de las transmisiones y empezó a dar
detalles de aquellos que debían ser acosados y asesinados
al punto de ofrecer descripciones individuales y número
de placas de automóviles.
"Si
un miliciano o un soldado pasaba junto a tu casa y te oía
escuchar otra radio que no fuera la de las Mil Colinas, por ejemplo
la radio nacional o emisoras extranjeras, te daban muerte de inmediato.
Había que agradarlos, escuchar los que querían que
la población escuchara", relata Léa,
que vivía en el barrio sur de Kigali, en un informe del
Parlamento Internacional de Escritores. Esto no era tanto prédica
a favor del odio o la violencia como un involucramiento directo
en los asesinatos, instando a una población pobre, sin
educación y fácilmente influenciable a que colaborase
con el ejército en la exterminación. "Los
tutsis no merecen vivir:hay que matarlos –relata Léa
al recordar los mensajes radiofónicos-. Incluso a las mujeres
preñadas hay que cortarlas en pedazos y abrirles el vientre
para arrancarles el bebé".
La
lección había sido aprendida y, en un afán
por prevenir una repetición de aquella masacre, en
Burundi la actividad periodística se orientó
hacia la reconciliación.
Dos
fueron las estrategias propagandísticas utilizadas en Ruanda.
Una consistió en crear eventos que dotaran de credibilidad
a la propaganda. La segunda estrategia fue conocida como "Acusación
en un espejo", según la cual un bando imputaba al
enemigo exactamente lo que ellos mismos planeaban hacer. Con esta
táctica se podía persuadir al oyente de que ellos
estaban siendo atacados por lo cual estaba justificada cualquier
acción que fuera necesaria para legitimar la defensa.
Con el fin de validar sus mensajes, los responsables de esta maquinaria
propagandística hacían referencias a autoridades
políticas e intelectuales, algunos eran afines al gobierno
desde el principio, otros accedieron a escribir mensajes falseados
por temor a represalias o a perder su empleo. En ocasiones los
mensajes estaban escritos en lenguaje religioso o aludían
a pasajes bíblicos. En un país donde el noventa
por ciento de la población se consideraba cristiano y el
sesenta y dos por ciento era católico, las referencias
a la religión ayudaban a hacer la doctrina del odio y el
miedo más aceptable.
Los
mensajes, construidos en base a las lecciones que los ruandeses
habían aprendido en la escuela, incidían en las
diferencias que separaban por naturaleza a ambos grupos. Según
avanzaba el conflicto, los llamamientos se iban haciendo más
explícitos, especialmente después de abril de 1994
los medios hicieron circular la historia de que la minoría
tutsi planeaba un genocidio contra los hutu. Los rumores en la
calles se convertían en historias reales que a su vez la
radio convertía en noticias.
En la vecina Burundi, donde las tensiones étnicas eran
muy elevadas y la violencia era un hecho cotidiano en un clima
de odio y desconfianza, la masacre ruandesa había puesto
de manifiesto el poder que tienen los medios de influenciar los
corazones y las mentes. La lección había sido aprendida
y, en un afán por prevenir una repetición de aquella
masacre, en Burundi la actividad periodística se orientó
hacia la reconciliación. El resultado lleva el nombre de
Studio Ijambo ("palabras sabias", en Kirundi), una emisora
independiente que opera desde 1995, en la que un equipo mixto,
de hutus y tutsis trabaja en la producción de programas
de radio para promover el diálogo y la paz. A Studio Ijambo
también se le acredita, jugar un papel clave en la descentralización
de medios en Burundi y en la construcción de capacidad
local para la cobertura de noticias.